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Señora de

España,

J.-R. C.

Patricia Ferreira es una de las mejores directoras de cine españolas, y seguramente la dotada de mejor punto de vista. Algunas de sus películas —Sé quién eres, Para que no me olvides— permanecerán siempre en nuestra memoria cinematográfica.

Ahora, en 2010, presenta un documental, Señora de, que no tiene desperdicio. Gracias a él se penetra a fondo en lo que fue la vida de las mujeres del pueblo llano en la sociedad del franquismo. Ha impactado en profundidad en la consciencia personal de quien escribe estas líneas, que recomienda incondicionalmente ver esta película como sea, en el cine o en el eventual formato digital.

Sin embargo también hay que subrayar las dificultades de difusión de una obra de esta naturaleza. En Barcelona se ha estrenado en el especialísimo horario de las 12.15 h. del mediodía. Y, por si esto fuera poco, el pasado 15 de noviembre un tal J. O. publicó en El País una crítica titulada simplemente «Otro documental» (puede leerse en internet) que muestra fundamentalmente dos cosas: la incapacidad del crítico para una tarea que vaya más allá de la propaganda consumista y su decidida voluntad de cargarse una obra de arte. Según J.O. al documental «le pierde la pereza narrativa»; tiene «poco que aportar cinematográficamente hablando»; «acude sin remedio al maniqueísmo» y es «otro documental que pasará por los cines sin pena ni gloria».

Por mi parte sólo puedo decir que las obras de Patricia Ferreira, y en particular este documental de ahora, tienen la cualidad esencial de cualquier obra de arte verdadera: la capacidad para suscitar una emoción auténtica, no sentimental sino estética y moral, en quien las contempla. Cosa que falta, como es natural, en las obras de entretenimiento que los críticos de El País suelen publicitar con engañosos halagos. Esos críticos se desacreditan al llevar a espectadores inteligentes a perder el tiempo en cines con obras de poca monta.

No es el caso de Señora de. Que es hasta ahora una de las más importantes contribuciones cinematográficas a nuestra memoria, a nuestra historia. No de la gente «de palacio», sino de la gente corriente.

12 /

2010

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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