La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
La vida en sordina
Anagrama,
Barcelona,
J.-R. C.
Estamos ante una novela —si puede llamarse así, pues Lodge rompe ciertas convenciones del género; en todo caso, se trata de narrativa— verdaderamente divertida, de esas que te atrapan en el placer de la lectura. Un texto reflexivo que probablemente se disfrutará en relación directamente proporcional a la edad del lector; sobre todo si está jubilado y empieza a sordear.
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2010