La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
Años interesantes. Una vida del siglo XX
Crítica,
Barcelona,
408 págs.
La obra del historiador E. Hobsbawm es una lectura imprescindible para todo buen activista social. Tanto en sus estudios sobre las clases trabajadores como en sus grandes síntesis de la historia de las sociedades capitalistas o sus aportaciones a diversos debates de la izquierda, aporta reflexiones básicas para comprender el pasado y reflexionar sobre el presente. Aquí nos permite volver a repasar la historia del siglo XX desde la perspectiva de alguien que se implicó en el movimiento comunista siendo a la vez un importante académico. En su reflexión desapasionada hay valiosos elementos para el debate actual. Interesante también su reflexión sobre la «academia de izquierdas», este espacio de privilegio en el que a menudo pervive la izquierda intelectual. Hobsbawm nos dice que el viejo modelo de la izquierda está finiquitado, pero que tenemos el deber de trabajar por la construcción de uno más consistente.
10 /
2003