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Tiempos modernos

J.-R. C.

Ha llegado a los cines la copia restaurada de una de las grandes cumbres del arte cinematográfico: Tiempos modernos, de Chaplin; la última aparición en pantalla del personaje al que nosotros llamamos Charlot, el universal «vagabundo» no sometido a las convenciones económicas y sociales del capital. Un personaje, no hay que olvidarlo, que hizo reír a personas de todo el mundo: a árabes, asiáticos o africanos tanto como a europeos y americanos. Tiempos modernos es también una película en cierto modo inclasificable: es ya cine sonoro, pero rodada esencialmente con las técnicas expresivas del cine mudo, del que constituye una despedida inolvidable y merecida. El buen cine casi no necesita palabras. Pero a eso se aludirá después.

Chaplin inicia su película con una bien meditada crítica de las técnicas tayloristas de organización del trabajo, del mantenimiento autoritario de la división manufacturera del trabajo en la gran industria capitalista moderna, que descarga su perversidad sobre los trabajadores. La idea crítica está tomada de otro gran film, À nous la liberté, de René Clair, pero Chaplin desarrolla y concreta al Clair filoanarquista con una lógica de comicidad hasta ahora no superada por nadie. Chaplin nos deja además un fugaz testimonio sobre la Gran Depresión norteamericana, cuyos documentos fílmicos casi han sido borrados de las pantallas, en la secuencia en que su «vagabundo» recoge el trapo rojo de aviso caído de un camión, corre para devolverlo, y forma tras de sí una manifestación masiva de obreros en paro que siguen la bandera roja, lo que ocasiona, como es fácil de adivinar, la represión de la policía. Ya tenemos al «vagabundo» en la cárcel.

De la estancia del «vagabundo» en la cárcel Chaplin nos dará en primer lugar una franca descripción de los efectos inmediatos de la coca, impensable en el farisaico cine posterior; y luego una pequeña venganza sobre el cine sonoro del gran cineasta que se ve obligado a abandonar mal que le pese su territorio mudo, sátira que lo es al mismo tiempo de los bienintencionados «de arriba», de los explotadores bondadosos. La expresividad del lenguaje mímico del Chaplin actor, con tanto talento como el Chaplin director cinematográfico que no tolera ni una gota de inconcreción en sus imágenes, se labra a pulso la reputación de comunista por la que fue perseguido por el Comité de Actividades Antinorteamericanas, aquel invento en cuyas sesiones fue posible fotografiar juntos a lo mejorcito de Norteamérica: al paranoico senador MacCarthy, a Nixon y a Ronald Reagan.

En Tiempos modernos Chaplin tuvo que enfrentarse al problema de hacer hablar al personaje de su «vagabundo». No podía dejar de hacerlo en una película sonora. Pero ¿en qué idioma podía hablar un personaje que ya era perfectamente comprendido por rusos y árabes, por anglófonos y gentes de cualquier otra lengua? Hacer hablar al «vagabundo» representaba un problema intelectual aparentemente insoluble. Pero Chaplin halló la solución genial, irresistiblemente cómica, que dejó para el final de la película.

Da risa y lástima a la vez que las generaciones jóvenes ­como he comprobado reiteradamente­ no conozcan este film, que sin embargo ha permanecido siempre asequible en diferentes soportes. Esta ignorancia de Las meninas del cine da que pensar acerca de la educación formal e informal que programa los cerebros de los jóvenes en nuestra cultura. Educación que se parece bastante al alimento para perros. Lectores: hay que ir a lo esencial. Chaplin es un clásico, no una moda. Merece la pena ver o volver a ver Tiempos modernos. No os arrepentiréis si lleváis a ver a vuestra gente, en pantalla grande, esta grandísima película. Viéndola recuperaréis un gusto fugaz, tal vez olvidado, muy raro de encontrar. Es el perdido gusto de la inocencia.

9 /

2003

La barbarie está inscrita en el concepto mismo de la cultura: como concepto de un patrimonio de valores que es considerado independiente no del proceso de producción en que los valores nacieron, sino de aquel en que perduran. De este modo, por bárbaro que pueda ser, sirven para la apoteosis de este último.

Walter Benjamin (1892-1940)

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