La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
Espejos. Una historia casi universal
Siglo XXI,
Madrid,
365 págs.
Antonio Madrid
Es éste un libro para leer a sorbitos. Si se hubiera escrito en otra época y en otra tradición se podría haber titulado Vademecum de ejemplos predicables. El libro recoge cientos de pequeñas historias que siempre cuentan algo: desde lo más antiguo a lo más cercano. Todas las historias que aquí se cuentan tienen los mismos elementos en común: recordar cómo es nuestro mundo, llamar a cada cosa por su nombre, explicar qué ha sido de los vencidos y cómo los vencedores adornan su victoria… aclarar y recordar.
El libro recoge una parte de la historia de la humanidad. Como si de granos de mostaza se tratase, Galeano planta en el papel historias que hablan de los mitos, las guerras, la música, las iniquidades miles, el fútbol, la vida de la gente o la pintura. Si se lee de corrido puede parecer un libro de curiosidades, bien leído abre el apetito.
11 /
2008