La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
La muchacha del siglo pasado
Foca,
Madrid,
Montserrat Sendra
Éste es un libro rico y denso, en que el lector es llevado firme pero lentamente a captar su verdadero sentido: un sentido atípico. Es la historia de una relación íntima de veintiséis años. Lo que pasa es que se trata de una relación extraña: la historia de amor entre una militante y su partido. Entre esta muchacha del siglo pasado y el partido comunista italiano. Desde su ingreso —y las cosas que lo hicieron a la vez posible e inevitable— hasta su expulsión a mediados de 1969, que se podía evitar, pero nadie intentó hacerlo. A lo largo de este turbulento período, van cambiando ella, el partido e, inevitablemente, la relación entre ambos.
Para una lectora que vive en el presente, el testimonio es extremadamente valioso. Son los años que van de la resistencia a la explosión de 1968. Pero son también los años de los electrodomésticos, de los antibióticos, del automóvil de un amigo, del incipiente uso de los anticonceptivos y de la conquista de Italia por la comida meridional (pizza y espaguetis). También hay una pequeña historia del marxismo italiano, donde los nombres que hoy consideraríamos clásicos son absolutamente desconocidos (por lo menos, hasta la mitad de los sesenta). Así van las cosas, parece decir Rossanda en sorna muchas veces: Herbert Marcuse era un desconocido antes de mayo; después de la revuelta, era un número uno en ventas. No es el único, por supuesto.
El contenido de este libro cuenta una historia extrañamente feliz. Feliz porque creyeron estar construyendo algo. La historia se detiene tras el “otoño caliente”. El análisis de lo que entonces no se vio (o no se quiso ver) es convincente. Lo que pasa es que ella ya no estaba en el PCI para intentar cambiar el rumbo. Al final, hay un inmenso pesar por lo que vino después: por los años de la reacción, por el empuje que se llevó al PCI por delante y, con él, todas las ilusiones que representó durante la juventud de esa muchacha, allá por el siglo pasado.
7 /
2008