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Exportar la libertad. El mito que ha fracasado

Ariel,

Barcelona,

119 págs.

Joan Lara Amat y León

Luciano Canfora viene dedicándose a mostrar el uso ideológico de conceptos políticos que crean fácilmente adhesión, al estar fuertemente asentados en nuestro imaginario. Para ello, contrasta el concepto teórico con su puesta en práctica a lo largo de la historia. Se dedicó al estudio de los usos y abusos de la palabra democracia en Crítica de la retórica democrática y sobre todo en La democracia. Historia de una ideología (a este último se le vetó su publicación en Alemania).

Prosiguiendo esta línea de análisis, en Exportar la libertad nos hace un repaso a otro de los grandes tótems de nuestro tiempo: la libertad, palabra que ha quedado desgastada y ya parece que sirva para designar cualquier cosa. Por ello Canfora recorre su utilización desde nuestro origen político mítico, la Grecia Clásica, hasta la reciente guerra de Irak. En el camino vemos como la perversión de su uso ha servido para el dominio de las sociedades y para llevar a los ciudadanos a la guerra, tal es el caso de la Atenas imperialista, del “libertador” Bonaparte, antaño los soviéticos y ahora los estadounidenses en Afganistán, la “liberación” de Irak I y II… es decir todo lo contrario de lo que se podría esperar de una concepción de libertad igualitaria.

Estos tiempos de desmemoria histórica han llevado a que individuos como Kissinger y Brzezinski, o sus versiones neocons, hayan sido quienes han llenado de contenido la palabra libertad y además la han pretendido exportar. Por esta razón, Canfora nos recuerda en su libro que “antaño se dijo, y se escribió, que la alternativa al socialismo era la barbarie. A lo mejor estamos llegando a ese punto”.

4 /

2008

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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