La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
El gran silencio (1968)
Impulso,
La Laguna,
La Puri (Oficina Soviética para el Cine)
Han pasado veinte años desde que se publicó este libro por primera vez. Le costó salir a la luz precisamente porque lo que alumbraba eran las vergüenzas y las desgracias de la época franquista. Y lo hizo incluyendo en su relato componentes culturales, sociales, políticos, religiosos, económicos y jurídicos. Al narrar con calma la vida de Antonio Bayo, explica el ambiente en el que le tocó vivir.
Ojo, que os conozco, y vais a montar un cirio de agárrate y no te menees. Para que te enteres: hay dos películas con el mismo título y salidas al mismo tiempo. Una es del oeste y la otra una de cartujos, a mayor gloria de su dios. La nuestra no es la segunda —¡ábrase visto!— sino la primera. Que lo sepas, monada. “¡Joder, si que vais fuertes! ¡Para navidad un espagueti western!” Oye, vosotros informaros antes de hablar, porque la peli ésta la recomendaban incluso la Rote Armé Fraktion. Porque éste, tontolaba, es un espagueti con pedigrí. Por ejemplo, en España ni se estrenó, porque la censura se olió el percal. ¿Por qué? Porque ésta es una de las rarísimas pelis que permite entender la historia de los Estados Unidos. O séase, una peli del Oeste típica acaba bien: con los malos barridos. Al domingo siguiente, viene otra del oeste, y lo mismo: los malos, barridos y fregados. Siempre lo mismo, pueblo tras pueblo. Pero resulta que no se entiende que una vez limpitos los pueblos, vayan y voten a la banda de carroñeros que mandan a Washington. Y no se entiende que traten de convertir el planeta en un far west privado. Entonces, en el 1968, se les ocurrió a unos chicos que, para entenderlo, habían de terminar la película pero que muy mal, o sea: con maldad y recochineo. El productor no lo veía muy claro y, por si un aquél, mandó rodar un final alternativo, y si no funcionaba la película, se remontaba y a otra cosa mariposa. No hizo falta: El gran silencio funcionó precisamente por su final. Era el 1968, claro. Algunos propagandistas fueron famosos (a uno le suicidaron en una cárcel alemana de gran seguridad), como Andreas Baader, cuando era dirigente estudiantil, que llenó las salas con su alegato en favor de una peli que dejaba como un trapo sucio los calzoncillos de banqueros y cazadores de recompensas. Ahora se ve con la nostalgia de un tiempo que ha cambiado, y, la verdad, ya no existen pelis comerciales como ésta. En las navidades, es el plato más suave del menú audiovisual que he encontrado para estas fiestas, porque iréis de comida (de la otra) hasta el buche y no os enterareis de lo que veis.
12 /
2007