La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
Tor, Tretze cases i tres morts / Tor, la montaña maldita
La Campana y Anagrama,
Barcelona,
Juan-Ramón Capella
Tor es un libro-reportaje que enseña mucho sobre la cultura de uno de los sectores más tradicionales de la sociedad catalana, y también mucho sobre el funcionamiento real de jueces, policía, periodistas, abogados, contrabandistas, empresarios andorranos y especulación inmobiliaria. Porta se ha topado con una historia que se sitúa entre la “cultura del pelotazo” —pero en un ambiente muy Solitud— y las mejores historias de odios y venganzas; a partir de ahí ha construido un libro magnífico. Que se lee como una fluida y realista novela negra. El tandem integrado por el todoterreno de montaña y los tipos que lo llevan, recurrente en este libro, resulta un indicador importante del abismo que separa la tecnología y sus avances de la ética y sus exigencias.
10 /
2006