Skip to content

Juan Ramón Capella

El final del rock and roll

Son muchísimos los que no se creen, no se pueden creer, que esto se ha acabado. No conciben un mundo sin botellones si son adolescentes, sin discotecas si son jóvenes, sin viajes al exotismo si se los pueden pagar. No acaban de creerse que las dificultades de las fábricas de automóviles para hacerse con delicadas materias primas o elementos esenciales sean algo más que un incidente temporal, no, en cambio, el indicio de otra cosa. No pueden creer que los camioneros estén hartos y quieran dejar de serlo de una vez, y haya dificultades con los transportes. Tampoco creen que los tornados que destruyen las casitas de madera de los Estados Unidos sean fruto del cambio climático (siempre los ha habido), y consideran indebido que un ministro del Gobierno español ponga en cuestión cierta industrialización de la ganadería. Creen que todo eso son bobadas. ¿Cambio climático? Ya aparecerá un mesías tecnológico y lo arreglará todo. Una fe idólatra que destruye la esperanza.

Aunque a muchos no se lo parezca, se ha acabado el rock and roll.

Los estúpidos gobernantes de Bruselas, los sabios de la Unión Europea, creen que para facilitar lo que llaman la transición energética basta considerar energías verdes a las centrales nucleares y de gas. Verdes. Ni siquiera se les ocurrió dorar la píldora llamándolas energías ámbar: están convencidos de que las centrales nucleares son una necesidad, y lo están porque creen que se puede seguir produciendo igual, o sea creciendo. La magnitud de la estupidez europea casi nos induce a pedir socorro. No solo estamos en un momento histórico de transición muy difícil sino que quienes deciden las políticas a seguir son unos solemnes borricos, no se sabe si más estúpidos que criminales.

Eso en lo que concierne a lo más cercano. Detrás, políticamente hablando, está la enorme crisis del Imperio Americano —que nos abraza—. El aún país más poderoso de la Tierra en términos militares, cuyo sistema social va ligado a los gastos bélicos, un tigre del que no sabe descabalgar dado el doble sistema de amarre: las puertas giratorias entre altos mandos militares y la industria de guerra, y la astuta distribución de las fábricas de armamento por todos los estados de la Unión (de modo que cualquier proyecto de cierre de alguna fábrica implica que los trabajadores amenacen a los senadores y políticos del estado con no votarles, para evitar el paro). En USA casi no es la política la que determina las armas: son las industrias de armamento las que determinan la política. El malestar que eso crea entre la población, aunque no lo vea o no lo entienda —millones y millones de dólares de los impuestos gastados en armas, sin que sirvan para nada útil, en un país sin seguridad social y con casitas de madera fuera de las grandes ciudades degradadas— se traduce allí en crisis de la política: eligieron a Trump, y éste casi se atrevió a dar un golpe de Estado para no irse. Probablemente volverá, pues el partido republicano le sigue apoyando. El sistema político del corazón del Imperio renquea. Le puede dar un infarto. Un infarto que nos amenaza a todos.

Los medios de masas no van a la zaga de los adoradores del rock. Esta misma tarde he oído en un programa supuestamente cultural de Radio Nacional de España la afirmación siguiente: “Alemania expresó hacia fuera su sed de sangre y Rusia la expresó hacia dentro”. Así de bonito. Como si los nazis no hubieran gaseado a sus propios judíos, gitanos y homosexuales, además de a los ajenos, y como si la gente de la Urss no sufriera un cruento régimen de terror. Avidez de Sangre. De Países. Majadería. A cualquiera emplean como periodista, pues la verdad ya nada importa y la educación popular se realiza repitiendo eslóganes sin que parezca que lo son.

En los años sesenta sospechábamos que éramos inducidos a ciertos comportamientos consumistas mediante la inclusión de imágenes subliminales en las películas y spots televisivos. No hay evidencia de que esa fuera una práctica importante. Pero sí hay propaganda subliminal constante en los medios de masas: consiste en dar por buenos conceptos más que dudosos como el pib, el producto interior bruto, que además de mezclar en un totum revolutum la producción y la extracción, no cuenta el deterioro ecológico. Es como si una empresa de sastrería no computara el coste de los retales del tejido no aprovechable pero que ha pagado, o en general que las empresas no computaran como gasto los residuos de sus materias primas. Si obraran así quebrarían. Y, sin embargo, todos los días nos dan la lata con el PIB, que además presentan como bueno si crece. Presentan como bueno el crecimiento cuando lo que nos exige la crisis ecológica es un decrecimiento racionalizado: decrecer en bienes de lujo, ante todo, para poder crecer o al menos mantenerse en bienes básicos como la salud, la educación o las pensiones.

Además del mantra de que los USA son buenos —y pueden serlo sus gentes, pero no su sistema político, en que, p. ej., hay que apuntarse cada vez para votar—, los medios de masas aceptan acríticamente la falsa idea de que Rusia no es Europa, de que es un peligro para Europa, o hablan del expansionismo chino porque lleva agricultores a África o financia infraestructuras allí. Que Rusia no es Europa es un viejo invento británico, heredado por los EE. UU., para mantener a Europa dividida. Hoy, con razón, Rusia se siente amenazada por la agresividad de la Otan. Que los chinos no pongan bases militares fuera de sus fronteras, como hace en cambio el Imperio del capital, debería hacer reflexionar siquiera a los comentaristas de la tele, pero éstos, en su mayoría, no están para reflexionar, sino para defender a su patrón económico o político. Todo por no hablar de la reescritura de la historia… Esos documentales en que la imagen es verdadera aunque el montaje manipula la realidad y en que la palabra es falsa, tan de moda ahora en las televisiones. Un deliberado proyecto de reescritura de la historia apoyado en imágenes reales y mentiras también reales.

El rock and roll se acaba porque pertenece a una civilización abocada a cambiar por su doble defecto estructural: de un lado el paroxismo del capital privado, que es incapaz de dar empleo o subvención para vivir a todas las personas. La retracción del empleo por la informática utilizada al modo del capitalismo neoliberal lleva a sociedades bárbaras, al barbarismo, pues no se puede soportar que multitudes de personas, trabajando, no puedan formar una familia, ni tampoco puedan hacerlo quienes ni logran trabajar de una manera mínimamente estable. El desorden y los desórdenes están garantizados.

Al lado mismo está la crisis ecológico-civilizatoria.

Hay que emprender una etapa de aprendizaje —en vez de repetir el modo de vivir del pasado— para que lo que producimos y consumimos llegue para todos sin dañar a nuestro nicho ecológico. Por eso es necesario criticar a quienes todavía no lo ven, y a los antisociales y lunáticos —con comportamientos como el de negarse a ser vacunados—, pues lo que está en juego es la vida de los jóvenes y más aún la de los futuros hijos de los jóvenes. Por eso es necesario convencer u obligar a todos a repensar, a informarse, a reflexionar, y a arrimar el hombro. De no actuar así solo conseguiríamos tener en común una sola cosa: la ruina, la ruina de todos.

14 /

1 /

2022

Para millones de personas el trabajo es la única actividad que los desasna y civiliza. Para otros una forma de embrutecerse a cambio de pesebre o de dinero.

Rafael Chirbes
En la orilla (2016)

+