Gabriel Boric: un paso de esperanza colectiva

Joan Ramos Toledano y Carla Llamunao Vega

El pasado 19 de diciembre fue un día histórico para Chile. En una segunda vuelta muy polarizada —con dos candidatos radicalmente opuestos—, Gabriel Boric se alzó con la victoria y, a sus recién cumplidos 36 años, será presidente del país. Su contrincante, José Antonio Kast, había ganado contra todo pronóstico las primarias en la derecha, y también logró el primer puesto en la primera vuelta de las elecciones chilenas. Algo que hacía augurar una segunda vuelta compleja, porque Kast se había erguido como el abanderado de la derecha más rancia, recalcitrante, violenta y fascista que este país ha visto probablemente desde tiempos de Pinochet. Los/as chilenos/as tenían, por tanto, dos opciones bien distintas. Una, la de un candidato joven, surgido de movimientos estudiantiles de una década atrás, fruto de una estrategia colaborativa entre movimientos novedosos en la izquierda, sumado a la izquierda más tradicional (algo así como lo que en España ha resultado ser Unidas Podemos). Una opción, por tanto, de poner límite por una vez a un Estado que, como el chileno, ha basado su estabilidad económica y su crecimiento en una insoportable desigualdad, en una negación de sus pueblos originarios, en una protección a ultranza de la propiedad y en un racismo y machismo institucionalizado que, en gran parte, provocaron el estallido social de 2019 (de aquellos polvos, estos lodos…).

Enfrente, la opción era la de un candidato profundamente tradicional, cuyo partido llegó a cuestionar el derecho a voto de la mujer, o a proponer la militarización de una parte del país (fundamentalmente, el sur de Bío-Bío y La Araucanía, territorios en los que el pueblo mapuche viene reivindicando contra la política de usurpación y ocupación de tierras, que resultó especialmente sangrante durante la dictadura). Un candidato que se negó persistentemente a criticar o condenar la dictadura pinochetista, y que estaba meridianamente en contra de cualquier libertad sexual, reproductiva o sexo-afectiva entre la población. Era, en ese sentido, el candidato más cercano al dictador que ha tenido Chile en estos 30 años de democracia. Hay que recordar, sin embargo, que el entramado jurídico-político, institucional y cultural chileno es heredero claro de la dictadura, mucho más que lo que ocurre en otros países con dictaduras recientes como Portugal, España o Argentina. Por poner un ejemplo, en Chile todavía hoy la Constitución es la aprobada en plena dictadura, aunque con algunos cambios no excesivamente profundos. Esta situación, por suerte, parece que va a cambiar a partir del trabajo de la Convención Constituyente, órgano elegido por elecciones libres y que se encarga de redactar una nueva Constitución. Ello surgió de las marchas de octubre de 2019, y muestra el cambio de rumbo claro que la sociedad demandó a partir de ese año, harta de un Chile que, a pesar de crecer económicamente a ritmos más altos que sus vecinos latinoamericanos, lo hacía dejando atrás un sinfín de personas, colectivos y posibilidades.

La victoria de Boric es un paso hacia la esperanza, aunque todavía está por ver cómo gobernará y cuál será el alcance real de sus medidas. Hemos visto otros gobiernos en Latinoamérica con muchas posibilidades, y en no pocas ocasiones se han visto frustrados por elementos impredecibles o al menos no fácilmente controlables (golpes internos, militares o blandos, intervención externa, corrupción, etc.). Pero, al margen de lo que ocurrirá con la presidencia de Boric —no asume su cargo hasta el 11 de marzo de 2022—, lo que sí resulta posible es destacar algunos elementos que han hecho de su victoria un hito importante, cuyo inicio puede encontrarse en la revolución estudiantil de principios de siglo, y que culmina con la conquista del poder con una contundente y democrática victoria.

La victoria de una generación

Gabriel Boric era ya conocido antes de su candidatura porque fue la cara visible del movimiento estudiantil conocido por su oposición a la privatización del sistema educativo, que se arrastraba desde los años de Pinochet. Este movimiento recibió el nombre de "Revolución pingüina", y tuvo un primer empuje en 2006 y otro en 2011. Se trató de una oposición al modelo educativo que puso en jaque tanto al gobierno de Michelle Bachelet como al de Sebastián Piñera, y logró una importante victoria al obtener la conocida “gratuidad” para la educación. Ello no implicaba, ni mucho menos, potenciar el sistema público educativo, pero sí que el Estado se encargara de financiar los estudios a ciertas personas sin recursos, de manera que, en la práctica, más gente pudiera estudiar a bajos o nulos costos. Eso sí, el Estado realiza esas transferencias, en muchos casos, a centros de enseñanza privados, que en Chile acaparan la enseñanza de calidad, así como el grueso de las universidades privadas.

Aunque el recién elegido presidente fuera la cara visible de ese movimiento, se trató de un poderoso actuar colectivo que movilizó a chicos y chicas de todo el país. Además, había un trasfondo de crítica que iba más allá de la gratuidad en la enseñanza, y que se trataba de un reclamo hacia un tipo de Estado distinto, que aparcara sus políticas ultraneoliberales para disminuir la desigualdad atroz que durante décadas había estado haciendo mella en la sociedad. Así, junto a Boric estaban también otras personas representativas de aquel movimiento estudiantil como Camila Vallejo y Giorgio Jackson, que le han acompañado durante esta campaña electoral, y que muestra lo importante de aquel colectivo. Un dato anecdótico, pero relevante (y, ciertamente, esperanzador): durante el primer gobierno de Sebastián Piñera (2010-2014), éste se negó a recibir en el Palacio de La Moneda a los dirigentes estudiantiles mencionados. Apenas una década después, el mismo Piñera (ahora durante su segundo mandato) se verá obligado a traspasar el máximo poder político del país, la presidencia, al mismo estudiante al que se negó a recibir. Se trata de un hecho puntual, pero que nos permite pensar en lo relevante de los movimientos sociales, y apreciar el esfuerzo y empeño de cada persona que, individualmente, conformó aquel colectivo que supuso el germen de lo que está deviniendo Chile.

Ese colectivo no se reduce solamente a estudiantes, pero sí es necesario reconocer su papel principal en la vertebración del movimiento. Aquellos estudiantes, que ahora son una generación de entre 30 y 40 años, han servido de ejemplo a las nuevas generaciones, y han permitido conformar una cada vez más amplia mayoría social que ha cristalizado en la victoria de Boric. Se trataba de la primera generación nacida en democracia, y ello quedaba reflejado en sus reclamos. Como ellos mismos decían, no tenían miedo porque eran hijos de la democracia, aunque a su vez nietos de la dictadura. Al no haber vivido las atrocidades de un régimen como el de Pinochet —blanqueado hasta la saciedad en medios de comunicación, gobiernos y élites político-culturales del país, hasta el punto de que el dictador todavía hoy tiene un amplísimo apoyo social— sus reclamos fueron continuados, insistentes y con gran movilización en las calles, lo que pilló desprevenidos a unos gobiernos (de Bachelet, primero, y de Piñera, después) poco acostumbrados a que personas de tan poca edad provocaran una paralización tal del sistema educativo.

El papel fundamental de la mujer

La candidatura de Boric se había convertido en un último clavo de esperanza al que agarrarse para muchos colectivos, que valoraban seriamente la posibilidad de un gobierno protofascista al estilo Bolsonaro o Trump. Algunos de estos colectivos habían sido muy críticos con el propio candidato, su programa o su posición en algunos aspectos. Pero toda esa izquierda dividida (esas dinámicas que tan bien describe Albert Recio en su nota de este mes) se aglutinó en torno a Boric, y probablemente lo habría hecho con cualquier otro candidato o candidata con un talante democrático distinto a Kast. Así, ante el miedo que generó la primera posición del ultraderechista en la primera vuelta, colectivos de mujeres, LGTBIQ+, pueblos indígenas, sindicatos, animalistas, colectivos de protección del medioambiente, pro Derechos Humanos, etc., se pusieron a tratar de auspiciar la campaña de Boric en todos los medios posibles: redes sociales, contactos con amigos, mensajes de móvil, opiniones en revistas o periódicos. Si el germen del movimiento fue claramente colectivo —partiendo de la revolución estudiantil y pasando por el estallido social de 2019—, también lo estaba siendo la resistencia ante el embate ultraderechista que ponía en riesgo el mayor logro de este colectivo: una nueva Constitución y una Convención Constitucional con una correlación de fuerzas clarísimamente favorable a la izquierda.

Sin embargo, es necesario destacar el papel del colectivo femenino (y feminista) por encima de los demás, y ello por dos razones que consideramos fundamentales. En primer lugar, porque la victoria de Boric no podría explicarse sin arrojar luz sobre la que fue su jefa de campaña y probablemente la persona mejor valorada de todo el equipo del nuevo presidente: Izkia Siches. Nacida en el desértico norte del país, aunque criada en Santiago, Siches se graduó en medicina y se especializó en cirugía en medicina interna. Siempre ligada a ciertas asociaciones o federaciones de estudiantes, no se significó políticamente, aunque durante los últimos cuatro años desempeñó el cargo de presidenta del Colegio Médico de Chile. Ello le ha valido una gran reputación, entre otras cosas por su manejo de la pandemia y sus críticas o recomendaciones al gobierno. A sus 35 años, su amplia formación, experiencia profesional, poca ambición política al menos de inicio (declinó presentarse a las elecciones presidenciales por falta de experiencia) y gran aceptación popular han resultado sin duda un enorme apoyo para Boric. Mucha gente ha visto —o ha querido ver— en el nuevo presidente a un extremista, un estudiante promotor de altercados que se ha aliado con la izquierda más radical y el partido comunista para convertir Chile en algo parecido a Venezuela (un discurso que, sin duda, es bien conocido en España). Pero esa percepción era difícil de atribuir a Siches, una mujer calmada y tranquila, con un impecable historial profesional, y que ha contribuido a suavizar la percepción de Boric y todo su proyecto, haciéndolo más atractivo para una masa de gente de izquierda moderada o incluso de centro. Es apreciable, en ese sentido, la forma distinta de hacer política liderada por Siches, que recuerda a lo que en España está ocurriendo con algunas dirigentes de Unidas Podemos (pensamos en Yolanda Díaz), con unas estrategias de negociación y comunicación menos “testosterónicas”.

En segundo lugar, el triunfo tampoco habría sido posible de no ser por las mujeres como colectivo. Diversos medios reconocieron que ellas fueron el motor de la victoria de Boric. Más del 60% de las mujeres de entre 20 y 50 años votaron por el candidato que finalmente ganó, lo que impulsó sin duda sus posibilidades. Estas cifras habían sido 10 puntos menores en la primera vuelta, lo que probablemente explica que Kast fuera capaz de obtener el primer lugar en esa ocasión. Es importante resaltar, por tanto, que muchas mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, asumieron la responsabilidad —por ellas mismas, pero también por el país— de acudir a votar por un candidato que, aun sin ser probablemente su ideal, se contraponía en mucho a Kast, un ultraderechista que cuestionaba de llano ese rol protagónico que las mujeres llevan décadas reclamando. Recordemos, en este sentido, que en Chile todavía no existe derecho alguno al aborto, y que el cuidado de los/as niños/as recae, en su gran mayoría, en las mujeres, así como ocurre con los/as ancianos/as.

Esta victoria, en definitiva y como se ha tratado de mostrar, es fruto de la acción y esfuerzo colectivo de muchas personas de diversa opinión, ideología y tradición cultural. Falta por ver qué será capaz de lograr el gobierno que forme el presidente Boric, pues los desafíos que tiene por delante son diversos y no menores: apoyar, garantizar y desarrollar una Constitución que rompa definitivamente con el régimen pinochetista; ofrecer a los pueblos indígenas el respeto que largamente se les ha negado, además de una salida pactada a sus legítimos reclamos sobre la tierra y su cultura; revertir definitivamente la senda de terrible desigualdad que asola a las clases trabajadoras de este país; reconocer y defender los derechos reproductivos de las mujeres, así como los reclamos del colectivo LGTBIQ+; terminar con un sistema de capitalización de pensiones que obliga a muchas personas a trabajar hasta el final de sus vidas, mientras que el ejército y la policía gozan de pensiones dignas vitalicias. Se trata de algunos de los principales temas candentes en la sociedad chilena, de compleja resolución, pero que el nuevo presidente deberá acometer si quiere cumplir con las expectativas que se han puesto en su (siempre colectiva) victoria. 

29/12/2021

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