Urgencias

Cuaderno de augurios: 21

Albert Recio Andreu

En la política económica, la prioridad está asociada a la adopción de una respuesta de urgencia. Naomi Klein argumentó en La doctrina del shock que esto forma parte de la estrategia neoliberal: aprovechar las situaciones críticas para imponer programas de reformas antisociales. Que las urgencias se utilizan para colar propuestas favorables a las élites es obvio. Que esto sea una estrategia totalmente elaborada es más discutible, pues supone que primero se ha tenido que fabricar la crisis. Y eso no está claro que ocurra siempre. Al menos las dos grandes crisis recientes, la financiera de 2008 y la actual de la covid-19 no fueron premeditadas, más bien expresan alguno de los fallos sistémicos del capitalismo moderno. Lo que sí es cierto es que en situaciones de crisis las élites cuentan con propuestas más elaboradas, con mayores voceros y, en ausencia de una alternativa fuerte, están en condiciones de imponer sus recetas.

Pero esta idea de urgencia suele también plantearse por otros sectores con razones diferentes. Hace más o menos un año, desde la Asociación de Economía Crítica elaboramos un manifiesto en el que situábamos lo que a nuestro entender eran las razones principales de la crisis covid-19 (los problemas derivados del impacto humano en la naturaleza, la globalización y la densidad de conexiones, el descuido del cuidado de la vida...) y proponíamos salidas que iban en una orientación ecosocialista feminista. Conseguimos bastantes adhesiones, pero alguna negativa de amigos de la corriente poskeynesiana. Su argumento era que nuestro programa era demasiado utópico, de largo plazo, y que lo que teníamos delante requería medidas más de corto plazo respecto a garantía de rentas y recuperación del empleo. O sea, olvidarnos de rectificaciones de calado hasta mejores tiempos. Es obvio que las garantías de rentas deben formar parte de todo programa de transformación que aspire a garantizar la subsistencia universal. Pero renunciar a discutir transformaciones que siempre llevan tiempo conduce a olvidarse de ellas.

Esta misma noción de urgencia reaparece una y otra vez. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona propuso desarrollar un Pacto de Ciudad, un gran número de asociaciones y entidades sociales planteamos la necesidad de repensar el modelo económico de la ciudad. El actual modelo adolece de una excesiva especialización turística, causante principal de la fuerte caída de actividad, y de un modelo de empleo polarizado entre el high tech, los servicios y la especulación urbana que genera desigualdades insufribles e irreducibles. Aquí la respuesta fue menos amable y ponderada. Osciló entre la hostilidad abierta de los representantes empresariales (lógica, pues su punto de mira es defender la permanencia de su modelo), el desprecio del Partido Socialista que pilotaba el pacto (que se explica por su ignorancia y su estrecha relación con las élites económicas) y el silencio de los Comuns (que no comparecieron, sospecho, porque no tienen ningún proyecto pensado). Mi experiencia se corresponde con la que tiene toda la gente próxima y que se puede traducir en “No incordiéis, la situación es muy difícil y lo que toca ahora es volver a la normalidad cuanto antes”. Entendiendo por tal la simple reactivación de lo de siempre.

En esta misma posición suelen estar muchos líderes sindicales, para los que la defensa del empleo pasa por mantener las actividades existentes y olvidarse de experimentos, aunque lo de siempre sean minas contaminantes, producción de armamento, coches o cualquier otra cosa que genere empleo. En este campo soy más benevolente respecto a las actitudes sindicales, por cuanto para muchos trabajadores, incluyendo a sus delegados sindicales, la pérdida del empleo concreto significa casi siempre un desastre a corto plazo. La responsabilidad está, en este caso, en las altas esferas sindicales incapaces de desarrollar proyectos que sirvan a la vez para reorientar la actividad y el empleo. Una incapacidad fruto, en parte, de la asunción de que la función sindical prioritaria es de intervenir en la distribución de la renta sin entrar en el contenido de la producción.

En el contexto actual, dada la naturaleza de la crisis covid-19, todo apunta a que gran parte de la recuperación puede ser automática a medida que la crisis sanitaria vaya menguando. Todo depende, en el caso español, de la velocidad de recuperación del turismo, que puede ser variable en función de diversos parámetros: en qué medida el miedo al contagio puede afectar a los hábitos de viajar (por lo visto hasta ahora no parece que se hayan producido cambios, más bien que existen ganas de recuperar el tiempo perdido), la inferencia de las políticas antipandemia que restrinjan los viajes (como apunta en el caso británico) y el impacto de la caída de ingresos sobre las posibilidades de gasto. Pero esta no es una cuestión que requiera una atención esencial. Los problemas están en otro lado, que son los que precisamente deben centrar la preocupación. Sobre todo porque cualquier cambio complejo tiene siempre que contar con un largo tiempo de desarrollo.

Y, en este sentido, la pandemia ha puesto de manifiesto diversos problemas que exigen respuestas de larga mirada. De varios tipos:

Financieros. La crisis ha generado un nuevo endeudamiento privado y público. Su gestión puede dar lugar a una nueva crisis financiera o justificar una nueva política de recortes de efectos dramáticos. Postergar el debate de la financiación a salir de la crisis constituye la mejor forma de generar una situación de shock a lo Klein.

Sociales. Es cierto que las políticas aplicadas en esta crisis, los ERTE, la introducción del Ingreso Mínimo Vital, los programas puestos en marcha por muchos ayuntamientos... han reducido parte del impacto negativo de la crisis. Pero se han mostrado insuficientes. Empezando por los propios déficits de plantilla y equipamiento en los servicios públicos de empleo. Y siguiendo por otros muchos aspectos, desde las dificultades que experimentan muchas personas para moverse en la gestión digital hasta los requisitos cicateros para acceder a programas que deja a mucha gente fuera. Agravado todo ello por la creciente masa de trabajadores extranjeros a los que se les excluye de derechos sociales y políticos. Hay una contradicción entre la preocupación que las élites expresan por la crisis demográfica y su ausencia de reflejo en políticas de cuidados y migratorias adecuadas. Y, sumado a todo ello, la ausencia de una política potente de vivienda social.

Económicos convencionales, por darles un nombre. Que se reflejan en la excesiva dependencia de sectores como el turismo, en la variada gama de situaciones de colapso que puede generar el hipercomplejo e hiperespecializado sistema productivo actual. Lo hemos experimentado al principio de la pandemia con las carencias de suministros sanitarios, lo hemos vuelto a ver recientemente con el bloqueo del canal de Suez por el fallo de un solo buque, o en el colapso de los oleoductos estadounidenses, o del sistema de la seguridad social española. Cuestiones que afectan también al modelo de distribución de la renta en una sociedad enfocada en generar empleo high tech (a menudo de una dudosa utilidad social, como es el de la potente industria de los videojuegos, una nueva modalidad de capitalismo de adicción tan suculento en términos de beneficios).

Económico-ecológicos. Sin duda los que pueden generar trastornos más graves y los más difíciles de manejar para el pensamiento económico convencional. También son los que se concentran en los problemas derivados de la falta de materiales, y los provocados por trastornos como el calentamiento global. En cierta forma, se trata de un dilema sin solución: o la falta de combustibles fósiles bloquea el sistema, o su consumo excesivo genera un cambio climático devastador. De esto último ya hemos tenido algún anticipo en forma de grandes tormentas y nevadas.

Todos estos desafíos exigen grandes cambios. Difíciles de llevar a cabo sin tiempo adecuado, sin un mínimo de coherencia que tenga en cuenta los impactos de cada propuesta. Que los capitalistas intenten bloquearlos para mantener vivos sus negocios es entendible. El capitalismo es incompatible con un modelo social autocontenido en lo material, igualitario, democrático. Pero que las fuerzas sociales que tratan de representar al resto de la población, incluyendo los científicos naturales y sociales que tienen conciencia de los problemas, no entiendan la urgencia de afrontar estos problemas resulta suicida. Porque la urgencia está en reconocer que el cambio y la adaptación no será fácil ni inmediata. Pero si no planteamos desde ya propuestas profundas de cambio, lo que probablemente ocurrirá es que vuelvan a imponerse políticas antisociales o que simplemente alguno de los colapsos se traduzca en una coyuntura caótica difícil de manejar. Lo urgente pasa hoy por tomarse en serio el largo plazo.

30/5/2021

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