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Joan M. Girona

Que la próxima primavera florezca de verdad

La situación emocional de la comunidad escolar

A pesar de la situación anómala que provoca la pandemia que estamos viviendo, intento mantener contacto con amigos y amigas que están trabajando en escuelas e institutos; y con algunas monitoras de tiempo libre que han podido llevar a cabo actividades algunos días. Constato que la excepcionalidad del momento afecta a todo el mundo; a diferente escala, pero sin que ninguna persona, adulta o joven, quede al margen. Con el agravante de que criaturas y adolescentes se han visto privados de actividades de ocio y extraescolares durante la mayor parte de los meses de este curso.

Xavier Besalú, profesor emérito de la UdG, nos recordaba a Freire en uno de sus últimos artículos: ”Nadie educa a nadie y nadie se educa a sí mismo, sino que nos educamos en comunidad, mediatizados, interactuando, con un mundo que nos interroga y nos desafía”. Una cita muy adecuada para reflexionar sobre cómo se está viviendo, o se ha vivido, en las escuelas en este año de convivencia con el virus de la Covid, cuando el curso en Europa se está acabando. Maestros y maestras están desbordados: han tenido que hacer un esfuerzo muy superior al de cursos anteriores; han padecido los efectos de la acumulación de meses y meses de tensión, miedos, incertidumbres y necesidad de decidir sobre el terreno aquello que las administraciones dejaban en sus manos.

Nos educamos en comunidad y necesitamos las relaciones interpersonales. En un triple nivel: entre todo el claustro del centro, entre profesorado y alumnado, y en el del alumnado entre sí. La organización de grupos-burbuja, los consejos de limitar los contactos, los cambios de horarios, la diversificación de entradas y salidas (tiempos y espacios) no ayudan. Por el contrario, dificultan y perjudican las necesarias relaciones.

El aumento de horas en soledad, la no presencialidad total, las limitaciones, la imposibilidad de los abrazos y de los contactos físicos han perjudicado la salud mental y física de la comunidad educativa de los distintos centros escolares. Cuando se reviertan las medidas sanitarias habrá que tenerlo en cuenta, concienciar acerca de la necesidad de cuidar y cuidarnos mutuamente.

No dudamos que las medidas han sido dictadas con buena intención para frenar los contagios de la Covid. Pero no podemos evitar recordar las imprevisiones, algunas debidas al desconocimiento de los efectos de la pandemia y otras, desgraciadamente, a las contradicciones de los políticos y gobernantes más atentos a réditos electorales que a la salud de la población escolar y adulta en general. Tampoco podemos olvidar el nefasto papel de las industrias farmacéuticas: han puesto (y continúan poniendo) siempre los beneficios económicos de las vacunas fabricadas por delante de la salud de la población mundial, cuando su investigación y elaboración de las vacunas ha sido posible gracias a las subvenciones de realizadas con un dinero público proviniente de los impuestos que pagamos.

Sea como fuere, en los centros escolares se está viviendo un curso académico lleno de dificultades. Un curso precedido por centros cerrados en los últimos meses del curso 2019-20. Y con la perspectiva de que el próximo septiembre probablemente continuarán las medidas extraordinarias. ¿Por qué los gobiernos e industrias farmacéuticas continúan pendientes de sus intereses particulares? ¿Por qué no se avanza decididamente en el calendario de vacunación y se dejan atrás medidas contradictorias?

Con ese pasado y las espectativas presentes las incertidumbres aumentan. Aumentan las angustias, los miedos, las depresiones; y disminuyen las ganas de trabajar, de estudiar, de ir a la escuela cada día para aprender. Costará retomar las actuaciones habituales y volver a los niveles de antes de la pandemia. No sólo a los niveles de conocimiento y/o aprendizaje, sino también a los relativos a los vínculos establecidos con tutores o tutoras, con compañeras o compañeros.

El alumnado, por edad, puede no ser totalmente consciente de la situación y del futuro, pero de alguna manera lo percibe y lo expresa (o se lo guarda), no es indiferente. Puede asociar vacaciones con confinamiento, por ejemplo, con todo lo positivo o negativo del mismo según hayan sido sus vivencias. Sería por tanto necesario que desde los centros y desde el ámbito familiar se prestara la adecuada atención a esto, para evitar que más adelante se haga evidente aquello que ahora no es tan visible.

El profesorado, compuesto por personas adultas, es más consciente del problema y por tanto lo sufre más. Puede desanimarse, puede pensar y sentir que no está a la altura de lo que se le pide, que no puede hacer frente con éxito a las dificultades del día a día. Puede tener angustia por relacionarse poco, por perder la complicidad del resto del claustro de la escuela o del instituto.

Porque no estamos mediatizados e interactuando con la naturaleza, sino con la pandemia (provocada por acciones irresponsables en el medio natural), con las medidas anti-Covid, con las actuaciones erráticas de los estados a nivel europeos y mundiales. Este nuevo mundo nos interroga y nos desafía: en las relaciones con la naturaleza, en las relaciones con las otras personas, en las relaciones con uno mismo y también en las relaciones con el misterio, con aquello que nos conmueve y no acabamos de comprender. Es un atrevimiento hacer analogía con el texto de Freire, pero ello nos permite pensar cómo nos ha tocado vivir estos cursos académicos y como nos interroga y desafía la situación que vivimos en todo el planeta. Es ciertamente un misterio, nos conmueve y no lo acabamos de comprender. Probablemente el personal docente es el más afectado dentro del ámbito educativo, pero no podemos olvidar a todas las personas que trabajan en las escuelas y participan de las mismas angustias y preocupaciones, ni de los familiares del alumnado que, desde fuera o de lejos, sufren de manera diferente y quizás más solitaria.

Con menos contactos, con movimientos coartados, la enseñanza pierde mucho. Y a pesar de todo, en los centros escolares se está resistiendo, actuando al máximo nivel posible en todos los campos de la docencia. Sin vernos enteramente, quedan las miradas, los ojos, que expresan más que las palabras y permiten mantener un buen nivel de relación.

La vida en el mundo y en la escuela ha cambiado, y esto nos obliga a improvisar, a idear, a imaginar para adaptarnos a la nueva normalidad de la que se habla. Con intención de transformarla también. No olvidamos que todo este proceso, largo y continuado en el tiempo, implica un gran desgaste intelectual y emocional.

Seguro que se conseguirá superar la pandemia, seguro que se aprovechará la ocasión para continuar transformando la enseñanza y la educación; pero, mientras tanto, habremos sufrido, nos habremos cansado y desanimado. Debemos hablar, expresarlo, compartirlo con nuestro entorno, porque nos encontramos dentro de la misma situación vital.

Que la próxima primavera florezca de verdad.

[Joan M. Girona es maestro y psicopedagogo. Una versión en catalán del mismo texto en https://www.rosasensat.org/que-la-propera-primavera-floreixi-de-debo-la-situacio-emocional-de-la-comunitat-escolar/ ]

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5 /

2021

La barbarie está inscrita en el concepto mismo de la cultura: como concepto de un patrimonio de valores que es considerado independiente no del proceso de producción en que los valores nacieron, sino de aquel en que perduran. De este modo, por bárbaro que pueda ser, sirven para la apoteosis de este último.

Walter Benjamin (1892-1940)

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