La izquierda perpleja

Albert Recio Andreu

I

La aplastante victoria electoral de la derecha en la Comunidad de Madrid ha dejado sin aliento a la izquierda. La retirada de Pablo Iglesias es la imagen más obvia de esta reacción, aunque, si nos atenemos a la estricta matemática electoral, él fue uno de los ganadores de las elecciones. Su histriónica decisión no sirvió para derrotar a las diferentes versiones del trumpismo madrileño, pero sí para consolidar la presencia institucional de Unidas Podemos. El gran derrotado fue el PSOE; le salió mal la jugada de Murcia y peor aún su campaña de Madrid.

Más allá de un mal resultado electoral, estas elecciones plantean dos cuestiones candentes. En primer lugar, la de explicar las razones que han llevado al electorado a dar la victoria a un partido que ha gestionado fatal la pandemia, en términos tanto sanitarios como económicos. En segundo lugar, la de preguntarse si estamos ante un fin de ciclo político, especialmente de lo que en su momento representaron el 15-M, la eclosión de Podemos y las candidaturas municipalistas.

Cuando las cosas van mal suele imponerse la búsqueda de culpables de lo que está ocurriendo, y en este campo la izquierda es muy tradicionalista. Aparece todo el abanico de fórmulas para cargarle el muerto a algún oponente. Una de las predilectas es la de los que piensan estar en posesión de la guía correcta a la revolución, lo que les permite recordarles al resto en qué momento nos desviamos del camino. Otros emplean una técnica más tradicional, simplemente aplicarle el epíteto de “traidor” a quien no gusta. Hay otras muchas variantes, desde la autoflagelación hasta la de culpar a la alienación de los votantes que no han entendido qué se estaba dirimiendo. Son todas ellas respuestas comprensibles: todos tenemos nuestra propia idea de qué debería hacerse, todos tenemos una opinión sobre nuestros líderes (y, hay que reconocerlo, el mundo de la política y las organizaciones está lleno de trepas, oportunistas y egos insufribles), todos pensamos que nuestras ideas son mejores y más respetables que las de la derecha, todos conocemos lo bastante los datos sobre la pandemia y la economía en Madrid para concluir que el Gobierno de Ayuso ha sido el más nefasto de toda España... Sin embargo, más que ayudar a reconstruir el espacio de la izquierda tras la derrota, el efecto de estas respuestas, emocionales, acaloradas e irreflexivas, suele ser provocar desánimos y divisiones.

II

A la hora de entender los comportamientos sociales, de los que los electorales forman parte, considero útil partir de dos hipótesis complementarias. La primera es que el comportamiento real de la gente, de todos nosotros, se aleja de la presunta racionalidad basada en valorar pros y contras, en comprender los efectos de cada decisión y obrar en consecuencia. La segunda es que nuestros comportamientos están dominados por nuestras prácticas cotidianas y que éstas están, en gran parte, constreñidas por las estructuras sociales de las que participamos.

El supuesto de la conducta racional es el que sustenta buena parte del andamiaje teórico de la teoría económica neoclásica, una verdadera insensatez a la luz de los avances en otras disciplinas científicas por cuanto se basa en la existencia de individuos omniscientes, capaces de prever todos los efectos de cada una de sus acciones, no influenciables por su entorno, capaces de diferenciar nítidamente entre fines y medios... El mundo real es totalmente distinto: tomamos decisiones con información imperfecta, somos influenciables por el entorno, a menudo no están claros ni los fines ni los medios (pues son complejos, etéreos), la incertidumbre domina nuestros horizontes, muchas vaces reaccionamos con respuestas irreflexivas, las pasiones juegan su papel... Hay numerosas páginas de buena ciencia, de gran parte de la economía heterodoxa (e incluso de algún economista académico prestigioso), que permiten descifrar la complejidad de los procesos de decisión, de actuación. En cambio, una parte de la izquierda ignora estos hechos y reduce el comportamiento de la gente al esquema racional-irracional o a la versión más sofisticada de conciencia-falsa conciencia; en el fondo es una lectura idealista de comportamientos que se entienden mejor mdiante un análisis de las condiciones reales de la vida social. Esto nos conduce a considerar la segunda hipótesis.

La vida de cada cual está influida poderosamente por nuestra experiencia individual, por la familia y el país en el que nacemos, por el barrio donde residimos, por nuestra experiencia educativa, por la información y el adoctrinamiento que recibimos; en definitiva, por nuestra socialización y nuestra esfera relacional. Todo ello es bastante obvio. Más complicado es entender cuáles son las estructuras dominantes en cada momento histórico, y en esto en la izquierda hay demasiada tendencia a retrotraerse a los análisis marxistas clásicos antes que a tratar de entender la realidad concreta del momento.

Y esto que en Marx hay intuiciones fértiles, como la de señalar que el capitalismo (y la lucha de clases) tiende a revolucionar continuamente las condiciones materiales de la existencia y, por tanto, a cambiar los marcos en los que transcurre la existencia social.

La sociedad capitalista actual es bastante más compleja que la que vio nacer las políticas keynesianas. En aquellas sociedades las divisiones de clase eran más nítidas, lo que facilitaba la propia comprensión de las políticas sociales. Las clases medias se limitaban a una estrecha franja de empleados en los puestos de mando intermedios y a la aún extensa pequeña burguesía propietaria. Hoy el porcentaje de población asalariada es mucho mayor que nunca en la historia, pero su situación real está mucho más diversificada. Las transformaciones en la agricultura y el comercio han empequeñecido el papel de la vieja pequeña burguesía, pero en cambio ha emergido una extensa capa de “asalariados formados” que ocupan lugares diferenciados en la jerarquía social y salarial. A su crecimiento han contribuido tanto la propia dinámica del capitalismo, con el crecimiento de grandes burocracias empresariales y la necesidad de técnicos, como el desarrollo del Estado de bienestar en campos como la extensión de la educación, la sanidad o los servicios sociales. Una gran parte de los que han accedido a estos buenos empleos han tenido que pasar por un selectivo sistema educativo que no ha hecho más que reforzar la convicción de que el ascenso es una contrapartida al propio mérito. Hay que señalar además que, en lo que respecta a la renta, el hecho de que la mayoría de la gente tienda a aparearse con personas próximas a su entorno tiende a reforzar las desigualdades, puesto que la renta familiar de dos personas con ingresos altos se dispara respecto a la de las familias con ingresos bajos (y aún más si éstas tienen empleos a tiempo parcial o se trata de familias monomarentales). También la clase obrera manual ha experimentado cambios con los procesos de deslocalización, la pérdida de peso de la actividad industrial y el aumento de las actividades de servicios (donde proliferan no sólo los salarios bajos, sino también los empleos “atípicos” de temporada, a tiempo parcial, con jornadas irregulares...). Y a ello se añade el impacto de los nuevos procesos migratorios (nuevos sobre todo por el marco de políticas migratorias mucho más restrictivas que en el pasado), que generan que una parte de esta clase obrera esté segregada en términos de derechos sociales y políticos y que, al mismo tiempo, los inmigrantes sean percibidos como una amenaza para gran parte de la población autóctona.

Todo este proceso de transformación social ha tenido lugar en un período en el que ha coincidido un importante cambio tecnológico que ha impactado en las formas de organización de la vida cotidiana, en la configuración espacial, en los procesos de socialización (el automóvil, el televisor, el móvil). Ha tenido lugar, al menos durante un tiempo, en un proceso en el que el crecimiento de los empleos “con formación” ha promovido la imagen de que el ascenso social era posible y la educación, su principal vía de acceso. Y ésta es la inercia sobre la que siguen manteniéndose las expectativas sociales de gran parte de la población.

Las políticas neoliberales han tenido, además, consecuencias sobre estas propias prácticas. Por ejemplo, las políticas de suelo y vivienda han favorecido que muchas personas se hayan convertido en potenciales especuladores de su propio hogar. Lo hemos experimentado en multitud de luchas vecinales contra instalaciones indeseadas (tanatorios, mezquitas, centros de atención a drogodependencias, centros de acogida de sin techo, etc.); una parte de la oposición la impulsan personas que temen que la instalación devalúe el valor de sus activos. Ciudad Meridiana, el barrio barcelonés que constituye el ejemplo más brutal de crisis habitacional, empezó su drama cuando una buena parte de sus antiguos moradores vendieron a precios desorbitados sus viviendas a inmigrantes. Cuando la construcción se hundió y los nuevos habitantes se quedaron sin ingresos, los bancos practicaron desahucios a mansalva, dejando a gente en la calle y un inmenso “banco” de viviendas vacías. Las políticas neoliberales también han generado respuestas en campos como la educación y la sanidad. Los recortes en la sanidad pública han favorecido la expansión de los seguros privados (sin perder de vista el hecho de que Muface, la mutua de los funcionarios públicos, ha sido desde siempre una de las vías de penetración de la sanidad privada), y el sistema educativo dual —público y concertado— constituye un mecanismo privilegiado de segregación escolar. (El artículo de Bernabé publicado en este mismo número complementa muchas de estas reflexiones.) Además, es obvio que estas políticas también generan la cultura antiimpuestos de la derecha. La expansión del urbanismo disperso de las urbanizaciones añade otro factor a estas lógicas: genera individualismo, un uso más intensivo de los recursos y una dependencia del vehículo privado mucho mayor que en las ciudades compactas, y alienta formas de vida mucho más individualistas, encerradas en el núcleo familiar, en el miedo (en este sentido es ejemplar la campaña publicitario-cultural que desarrollan las empresas de alarmas).

Las clases sociales y la vida de la gente han sido modeladas por el capitalismo. Para muchas personas no hay otro horizonte posible. Cualquier cosa que altere su precario equilibrio es vista como un peligro insoportable. Y esta ideología la sustenta una potente maquinaria cultural (hace tiempo que nuestro amigo Josep Torrell nos mostró que hay más transmisión ideológica en la publicidad y el márketing, más subliminal e indetectable, que en los telediarios y los discursos políticos) con recursos y saberes encaminados a influir en las percepciones del personal. Nada que ver con los viejos sistemas de transmisión oral en los que la gente se socializaba y que, hasta cierto punto, la izquierda copió de las confesiones religiosas. (E. P. Thompson dedica parte de su magnífica obra sobre los inicios del movimiento obrero a analizar el trasiego entre activismo obrerista y religioso.)

Ni las estructuras sociales, ni la vida cotidiana ni los procesos de socialización son los de antaño, y la mayor parte de los cambios conspiran contra las tradiciones organizativas y sociales de la izquierda. La mayoría de las organizaciones políticas y sociales basan su existencia en un puñado de personas con convicciones fuertes (a veces se cuela algún trepa, aunque en la mayoría de las ocasiones dura lo que tarda en reconocer que ha escogido un mal lugar para hacer carrera), pero con pocos recursos. Tienen que hacer frente a potentes organizaciones privadas, con múltiples tentáculos, recursos, funcionarios o asesores bien pagados y presencia en los medios, y que cuentan, además, con un estructurado sistema de leyes y un aparato judicial que sirven para bloquear reformas que atenten contra alguno de sus intereses. Lo he experimentado en primera persona: el intento de promover la municipalización de la gestión del agua en Barcelona ha generado una brutal campaña del grupo Agbar por tierra, mar y aire (desde recursos jurídicos hasta espionaje y amenazas, pasando por una obscena campaña de propaganda y compra de voluntades clientelares) de la que hemos sido objeto el propio Ayuntamiento y una variada gama de entidades y movimientos sociales. En Barcelona esto comienza a ser habitual.

III

Es con estos condicionantes estructurales que hay que construir las políticas alternativas, siempre a la contra, y ello genera flaquezas, sesgos y errores. Jugamos un juego con recursos desiguales y reglas de juego sesgadas. Por esto lo normal es que los resultados electorales sean desfavorables y tan lentos los avances reales en materia de consolidación de derechos y mejoras sociales.

Los triunfos de la izquierda suelen obedecer a situaciones críticas. Son más fogonazos en un momento adecuado que avances sostenidos. Las victorias de Podemos, las confluencias y los municipalistas en 2015-2017 obedecieron a una situación de crisis en la que había a la vez demandas de cambio, esperanzas sobrevaloradas y cabreos. Fueron un éxito (la única vez que quizá haya sentido que ganábamos algo sustancial fue el día en que Ada Colau obtuvo la alcaldía de Barcelona, sin desmerecer otras victorias parecidas en otras ciudades), pero este tipo de victorias son inestables porque se sustentan en pilares débiles, en una oleada de optimismo social que espera resultados vistosos a corto plazo, en un auge de la militancia con expectativas aún más exageradas (es el gran momento de los aspirantes y de los vendedores de soluciones ideales). Pero después del éxito llega la resaca, que adopta formas diversas: ilusiones que no se cumplen (muchas eran imposibles), protagonismos frustrados, luchas de poder que estaban larvadas y acaban emergiendo... El ejercicio real del poder muestra también sus límites, que operan en muchas líneas: falta de cuadros preparados, dificultades para movilizar a una burocracia pública con sus tradiciones, sus prebendas y sus inercias, presiones de los poderes fácticos y de los oponentes políticos, campañas mediáticas devastadoras... Todo conspira para que el paso de la izquierda por los espacios de poder sea breve, se genere desilusión, se produzcan roces y divisiones internas; para que estos períodos de auge sean tan solo esto, sustos que los de abajo conseguimos darles algunas veces a los poderosos. Yo empecé a entenderlo muy pronto, cuando tras el Mayo francés (que para muchos de mi generación fue uno de estos momentos clave) De Gaulle arrasó en las elecciones convocadas poco tiempo después.

Esto es lo que les ha ocurrido a Podemos y sus aliados, que además han tenido que sortear cuestiones tan peliagudas como el procés de Catalunya y ahora la crisis de la Covid. Que los resultados actuales de Unidas Podemos o de Els Comuns vuelvan a situarse en los niveles básicos de Izquierda Unida o Iniciativa per Catalunya muestra que, al menos, hay un suelo electoral resistente sobre el que hay que partir para cualquier apertura. Es difícil saber exactamente quién forma parte de este suelo, pero todos los indicios apuntan a que incluye a la mayor parte de los cuadros más politizados de muchos movimientos sociales. Es decir, de la gente que tiene una vida social activa más allá de la militancia partidista.

El ciclo de Podemos no muere con la retirada de Pablo Iglesias. Había acabado antes, aunque, justo es reconocerlo, su habilidad (o la de Ada Colau a escala local) ayudó a que el declive electoral fuera menos abrupto y permitiera prolongar algunos de sus efectos. Ahora la situación es diferente y hay que plantear en serio cómo conseguir que en el próximo ciclo electoral se puedan mantener avances y consolidar posiciones.

IV

El objetivo de esta nota no es abundar en el pesimismo generado por las elecciones madrileñas. Una política alternativa sólo se puede construir sobre el conocimiento de la realidad, del poder de las estructuras, de los puntos débiles y fuertes propios. La acción política, especialmente la de la izquierda transformadora, siempre se mueve por unos ideales de cambio, por unas respuestas éticas a los problemas y las injusticias, por deseos y aspiraciones a un mundo mejor. Y a menudo cae en propuestas que resultan erróneas, difíciles de mantener, poco consistentes. En fracasos. Y cuando esto ocurre suelen proliferar los ajustes de cuentas y las estampidas, que lo único que hacen es agravar las dificultades. Si algo tenemos que aprender del capitalismo (o de los deportistas de élite) es que los fracasos nunca deben ser paralizantes, sino una llamada a aprender y a volver a intentarlo haciéndolo mejor.

Analizar bien los límites estructurales es fundamental para detectar dónde se puede intervenir, qué líneas de trabajo hay que emprender, dónde se van a plantear las dificultades. Reconocer que se está en un cambio de ciclo ayuda a detectar cuáles pasan a ser tareas esenciales y cuáles hay que congelar. (Por mi afición a los deportes de equipo he aprendido que en muchos de ellos la figura fundamental es el jugador que controla el ritmo de juego, que sabe interpretar en cada momento si hay que acelerar o introducir una pausa; leer los tiempos es esencial.) Saber que, cuando menos, hay una base social suficientemente amplia para desarrollar iniciativas nuevas debe considerarse un buen punto de partida.

Vienen tiempos convulsos. Nunca se fueron. Con una derecha cada vez más brutal. Con una crisis de imprevisible final y con nuevos problemas en el horizonte, de signo diverso: crisis energética y climática, problemas derivados de la deuda, crisis financiera... Pero, al menos, puede que tengamos una pauta en el ciclo electoral. Dos años son poca cosa, pero hay que aprovecharlos para generar respuestas. Y ello requiere activar, conectar las diversas redes activistas, promover acciones que ayuden a mejorar la cultura política, social y ecológica de la población, generar redes que ayuden a generar buenos proyectos, formar cuadros... Lo que siempre han sido tareas de la izquierda transformadora y que ahora devienen una necesidad urgente. Esto es lo que las bases tenemos la obligación de exigirles a quienes pretenden liderarnos.

30/5/2021

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