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Joaquim Sempere

En la muerte de Arcadi Oliveres

A la edad de 76 años ha muerto Arcadi Oliveres en su domicilio de Sant Cugat del Vallès, de un cáncer de páncreas. Los médicos le habían anunciado lo irremediable del proceso dos meses largos antes de su muerte, y él decidió vivir esos dos meses con una plena consciencia y aceptación del final, con un vivo recuerdo hacia su hijo Marcel muerto diez años antes, también de cáncer, a los 28 años de edad, cuyo final lúcido y sereno era para él –según no se cansó de repetir— un modelo de afrontar la muerte. Su familia tuvo el acierto de abrir un sitio web donde quienes quisieran pudieran mandarle mensajes de saludo o de despedida. Recibió en torno a dos mil mensajes. Y es que Arcadi era un personaje ampliamente conocido, amado y respetado en toda Cataluña.

Pero ¿quién era Arcadi Oliveres? Nació en una familia de clase media de Barcelona. Sus padres eran católicos. Él hablaba del pacifismo que su padre le inculcó, y que marcó el eje en torno al cual giraron sus posiciones políticas y morales. Arcadi abrazó la defensa de la justicia social, los derechos humanos y la lucha por la paz con gran radicalidad y con una entrega personal intensa. Fue a la escuela de los escolapios, que, según su testimonio, le despertaron sus inquietudes cívicas y políticas, incluida su rebeldía izquierdista. Recuerda dos maestros de esa época: Francesc Botey, hermano de Jaume Botey, y Lluís Mª Xirinacs, que le marcaron profundamente. Otra de sus escuelas fue el movimiento de los boy scouts. Estudió Económicas en la Universidad de Barcelona, donde recibió enseñanzas del historiador Jordi Nadal y de Manuel Sacristán. Se orientó a la economía del desarrollo y a los temas militares y armamentísticos. Su tesis doctoral versó sobre la industria militar en España.

En los años 60 del siglo pasado se integró en la lucha antifranquista. Como estudiante participó en las asambleas –ilegales pero abiertas— que eligieron a los representantes que formaron una estructura paralela a la del SEU falangista, la cual había de tomar forma en la asamblea constituyente del SDEUB (Sindicat Democràtic d’Estudiants de la Universitat de Barcelona) que se celebró en 1965 en el convento de los capuchinos del barrio barcelonés de Sarrià, por eso conocida como “capuchinada”. En esos mismos años participó en las “marchas europeas por la paz”. En los meses que precedieron a la muerte del dictador participó en la Assemblea de Catalunya, organismo unitario decisivo en la articulación de las fuerzas políticas democráticas, y en otras iniciativas que iban dando cuerpo a la alternativa democrática, como las asociaciones de vecinos de varias ciudades catalanas (participó personalmente en la de su barrio barcelonés del Ensanche).

Su activismo, sin dejar de abarcar muchos frentes, se fue polarizando hacia las luchas por la paz y contra el militarismo, que movilizaban sobre todo a católicos progresistas. De la mano de Frederic Roda, se adhiere a Pax Christi y luego al primer centro de estudios para la paz de Cataluña: el Institut Víctor Seix de Polemología. Desde Pax Christi es uno de los promotores de la marcha de la libertad de julio de 1976. En 1982 se une a Justícia i Pau, de la que fue primer vicepresidente bajo la presidencia de Joan Gomis, una entidad pionera durante muchos años en derechos humanos, justicia social, ayuda al desarrollo y promoción de la paz.

Luchó siempre contra la pena de muerte, y contribuyó a que el Papa de Roma mandara a Franco una petición de gracia para Salvador Puig Antich, que el dictador desoyó. En 1986 hace campaña desde Justícia i Pau para el no a la OTAN; en 1988 participa en la primera campaña contra el comercio de armas; también en la campaña de apoyo al movimiento de objeción de conciencia al servicio militar obligatorio y en la de objeción fiscal al gasto militar del estado español. Promueve en 2000 la campaña para la abolición de la deuda externa de los países empobrecidos. Es activo en el movimiento antiglobalización: va a Seattle en 1999 y a la cumbre alternativa contra la OMC. Se vincula con las cumbres mundiales organizadas por el Foro Social Mundial creado en Porto Alegre. Se le encuentra en la denuncia de todas las guerras: exYugoslavia, Chechenia, Afganistán, Iraq, Libia, Siria…

No se limita a las proclamaciones ni a los movimientos por arriba. Lo encontramos en el campamento ante el Palacio Real de Barcelona para reclamar el 0,7% del PIB para ayuda al desarrollo a los países del Sur. En 2001 se encierra en la iglesia del Pi, en Barcelona, como parte de la campaña de encierros en iglesias de toda Cataluña por la regularización de los inmigrantes sin papeles, campaña que logra resultados. Aparece en la plaza de Cataluña de la capital catalana en 2011 con los indignados del 15M contra los recortes de los gobiernos y a favor de otro modo de hacer política. En ese contexto participa, junto con la monja Teresa Forcades y otras personas, en la creación del Procés Constituent, una organización que quiere encarnar el espíritu del 15M y que ha contribuido a agrupar a activistas en dinámicas que han desembocado en los Comunes, las Mareas y otra iniciativas para renovar la política de izquierda radical. Es partidario de la independencia de Cataluña, aunque no participa en las batallas del procés. Y preguntado, al final de su vida, qué le parece más urgente, si el final de la monarquía española o la independencia de Cataluña, se inclina por lo primero.

Presidió la Universitat Internacional per la Pau ubicada en Sant Cugat, el Consell Català de Foment de la Pau, la Federació Catalana d’ONG per la Pau y la entidad Finançament Ètic i Solidari (FETS), promotora de una transformación de los mecanismos financieros para ponerlos al servicio de iniciativas ecologistas, cooperativistas y solidarias. Fue fundador del Centre Delàs d’Estudis per la Pau, que hoy es uno de los focos más activos de antimilitarismo y  pacifismo en el país.

Este listado es significativo de su actividad incansable y del reconocimiento que recibía en estos ámbitos de lucha. Pero puede dar la idea engañosa de que era un “figurón”: nada más lejos de la realidad. Arcadi tenía cargos en todas las entidades mencionadas, y en otras, sobre todo porque no sabía decir “no” cuando se trataba de causas justas en las que se sentía implicado. Pero lo suyo era pisar el terreno, hablar a la gente y con la gente, ir a los barrios y a los pueblos de Cataluña y de España entera –también viajó en varias ocasiones a América Latina— a llevar su mensaje, a denunciar las injusticias, a difundir sus propuestas de rebeldía e insumisión. En su agenda había al menos un acto diario, y casi siempre más de uno. Es sabido que Jordi Pujol recorrió toda Cataluña desde los años de dictadura hasta sus tiempos de presidente, dándose a conocer en todas partes, y que así construyó su figura política y su popularidad. Pues bien, se dice que la única persona que puede competir con él en patear el terreno, y tal vez incluso superarle, ha sido Arcadi Oliveres, que tampoco en esto sabía decir “no” cuando se le invitaba a hablar, aun en el pueblo más pequeño y remoto. No es de extrañar que su despedida haya movilizado tantos mensajes de agradecimiento, solidaridad y estima. Si leyera la anterior lista de cargos que ocupó, se dibujaría en su rostro su personalísima sonrisa, entre benévola e irónica, y pensaría algo así como: “no hice más que lo que debía”.

Sus clases de economía en la universidad vieron ya desfilar a unos 17.000 alumnos y alumnas, según estimaciones publicadas estos días. Quienes lo tuvieron de profesor dicen que sus clases no dejaban indiferente a nadie. Además, impartió conferencias y seminarios, apareció en los medios de comunicación, escribió, publicó… En los años noventa un grupo encabezado por Arcadi tuvo –tuvimos— la idea de negociar con el comité de empresa de los trabajadores de Santa Bárbara, fábrica de armas del País Vasco, para elaborar conjuntamente un plan de reconversión industrial y profesional que permitiera al personal de la empresa ganarse la vida sin fabricar instrumentos para matar. La iniciativa fracasó, pero revela que Arcadi no se contentaba con predicar.

Arcadi Oliveres tenía el don de la palabra. Sabía describir y exponer con una claridad meridiana cuestiones muy diversas y a veces complejas. Carecía de inhibiciones cuando su diagnóstico le resultaba indiscutible. De ahí la contundencia de sus críticas y de sus calificativos, que soltaba en público con indignación pero sin odio. Capitalismo: un sistema criminal. Monarquía española: un régimen inaceptable y corrupto. Gran banca privada: una institución propensa a la especulación y al abuso, como revelan los desahucios de viviendas. La capacidad para convencer al auditorio se basaba en una información muy cuidadosa y detallada, y para disponer de ella no cesaba de leer e informarse. Quien esto escribe recuerda haberle visto, a sus 72 años de edad, tomar notas afanosamente como un estudiante aplicado en un acto de presentación de un libro de economía y ecología.

Arcadi será recordado como un hombre entrañable, que generaba a su alrededor un clima de sosiego. No había en él signo alguno de vanidad, pese a que conocía la simpatía que le rodeaba; ni de agresividad, pese a la fiereza de sus denuncias. Dejará una herencia de voluntad radical de transformación democrática, igualitaria y pacifista; y de bondad. En una entrevista de TV3 emitida póstumamente dice que le gustaría que le recordaran como un hombre que trató de ser bueno. Creo que tiene totalmente asegurado este deseo.

15 /

4 /

2021

Para millones de personas el trabajo es la única actividad que los desasna y civiliza. Para otros una forma de embrutecerse a cambio de pesebre o de dinero.

Rafael Chirbes
En la orilla (2016)

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