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Honrarás a tu padre y a tu madre

Anagrama,

Barcelona,

219 págs.

Rosa Ana Alija

Una cosa son los secretos de familia, esos silencios que se palpan porque flotan pesados entre las cortinas, y otra bien distinta los agujeros negros familiares, la ausencia de una parte que en realidad es vacío porque la historia ha sido borrada. La periodista Cristina Fallarás, criada en una familia de buena posición, nieta por parte de madre de un militar franquista, nieto a su vez del presidente mexicano Benito Juárez, quiso explorar las razones que llevaron a su abuelo mexicano a posicionarse con tanta convicción del lado de Franco en la guerra civil española. Y ese paseo por su pasado la condujo al precipicio: la nada en la que se encontraba la historia de su abuelo paterno, fusilado por los nacionales en 1936. En Zaragoza. Donde su abuelo materno se desempeñaba de alférez en el bando franquista por aquellas fechas. Donde tal vez fue testigo del fusilamiento de su abuelo paterno. Y Fallarás se lanza al precipicio. Con una honestidad abrumadora, sin ocultar el impacto que en ella ha tenido ese descubrimiento, echa a andar y conduce su relato como un bulldozer que, imparable, aplasta con sus revelaciones todo lo que encuentra a su paso. La periodista se mueve entre la crónica y la ficción, con la que rellena los huecos de su historia familiar, y tira de un realismo a veces mágico, a veces descarnado, que a menudo rezuma rabia, pero también ternura cuando reconstruye esa parte de su pasado que le ha sido negada y que está repleta de injusticia. De esa forma entreteje un relato con varios niveles en el que, a la vez que retrata las clases sociales, la política y la vida pública, el espacio doméstico en la sociedad española del siglo XX, reivindica la necesidad vital de conocer el pasado familiar, porque la memoria no son solo nuestros recuerdos, sino también las historias que han adoquinado el camino para que existamos. Y existir con la memoria cercenada supone deambular por una carretera llena de baches demasiado profundos.

30 /

8 /

2018

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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