La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
Voces de Chernóbil
Debolsillo,
Barcelona,
408 págs.
Albert Recio Andreu
El Nobel de Literatura ha propiciado la traducción de los grandes libros de la periodista bielorrusa. Empiezo por el de Chernóbil, que creo que es un texto estupendo. Construye un discurso coral que permite captar lo que realmente significa un accidente nuclear. Como destacan algunos de sus protagonistas, es otro tipo de guerra, sin un enemigo claro, sin, a menudo, efectos directamente visibles, o que sólo aparecen al cabo de mucho tiempo. Pero una guerra, al fin y al cabo, que provoca lo que todas: muertes, enfermedades, desplazamientos masivos de personas, territorios dañados irreversiblemente… El libro permite también conocer de primera mano aspectos esenciales de la sociedad soviética, de la brutalidad de las formas de ejercer el poder, de una sociedad a la vez ingenua y obediente, a la vez solidaria e ignorante. Entender Chernóbil es más necesario que nunca, cuando el accidente de Fukushima ha puesto en evidencia que aquello no fue una mera chapuza soviética, sino que es un riesgo evidente del uso de una tecnología indeseable.
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2016