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Dos libros sobre el amor y la memoria

Antonio Giménez Merino

Henning Mankell

Arenas movedizas

Tusquets, Barcelona, 2015, 374 pp.

La obra con la que se despide Mankell de sus lectores es una preciosa reflexión sobre la vida que, lejos de cerrar puertas, las deja bien abiertas a nuestra capacidad de transformarnos, individualmente y como especie. A partir de la enfermedad del autor, éste echa la vista atrás con ojos renovados, aproximándose a la vida con humildad para reflexionar apasionada pero serenamente sobre la necesidad de comprendernos a través de los demás. Plenamente consciente del sinsentido antropológico, social y ecológico característico del presente, Mankell también apela a nuestra capacidad de resistencia en un testimonio vital destinado a perdurar y a actuar en la cabeza de quien lo lea y que, por tanto, no podemos dejar de recomendar con entusiasmo.

John e Yves Berger

Rondó para Beverly

Alfaguara, Madrid, 2015, 54 pp.

Padre e hijo dialogan con su madre a poco de morir ésta. Su evocación, a través de la palabra y de la imagen, nos recuerda de nuevo que estamos hechos de memoria, algo sin lo que no puede existir la conciencia ni la responsabilidad que nace de ella. Como en el libro anterior, nos encontramos con literatura llena de verdad: ambos se sitúan en una proximidad cercana con el lector, en el plano de un diálogo íntimo donde escenarios de la periferia (el África negra en el caso de Mankell, los Alpes franceses en el de los Berger) operan como el marco adecuado para el distanciamiento y la reflexión necesarios sobre el devenir de los tiempos modernos.

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2016

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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