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El Lobo Feroz

Tuvieron que hacerlo

Aunque era de esperar, fueron más allá de lo constitucional: prohibir las manifestaciones republicanas, esos que se llenan la boca de «estado de derecho», el día de la toma de posesión (pues eso fue).

Tuvieron además que «practicar» —como dicen ellos— detenciones, alguna tan estúpida como la de Verstrynge.

Por supuesto, llenaron el recorrido de los nuevos reyes, del congreso al palacio, de flores y banderitas. Y de maderos y soldados, de armas en las azoteas —no se fuera a colar algún dron, debieron pensar—. Y, en las aceras, los mirones que querían verle —pues fotogénico sí es—, convenientemente vigilados por la policía (bueno, en todas partes cuecen habas, no vayamos a exagerar).

El nuevo rey, en su discurso, repitió una bobada que ya había dicho antes de serlo: habló de devolver la dignidad a los parados. Lo que supone identificar paro e indignidad. Pues no: estar en el paro no le quita la dignidad a nadie. Quien debe avergonzarse del paro son los empresarios, incapaces de sostener al mismo tiempo el empleo y sus beneficios, y el estado, incapaz de cumplir él sus compromisos constitucionales y de hacer cumplir sus deberes fiscales a los contribuyentes ricos.

Primer botón de muestra de esta nueva y epitelial transición desde arriba que acaba de empezar.

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2014

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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