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Agustín Moreno

Investigación

Históricamente España ha sido un país muy dependiente en ciencia y tecnología, aunque con excelentes científicos como Ramón y Cajal y Severo Ochoa. Una pequeña época dorada fue la Segunda República, gracias a políticos como Negrín que afirmaba que el conocimiento es universal y no tiene dueño y promovió la movilidad de los científicos. Pero la guerra y la dictadura interrumpieron la modernización en este campo.

La Ley de Ciencia de 1986 creaba un sistema público que se instrumentaba a través del Plan Nacional de Investigación. Incluso llegó a tener un ministerio propio. Todos los discursos políticos han hablado de cambio de modelo productivo, de apuesta por I+D+i y por la sociedad del conocimiento, pero los recursos públicos siempre fueron escasos. Y menores los privados: la cultura empresarial ha preferido acumular beneficios y presionar a la baja los salarios, aunque perdiera competitividad, vez de invertir en I+D.

Con la crisis se ha ido por la borda toda la Estrategia de Lisboa de la UE, para aumentar la inversión en conocimiento, reforzar la investigación, la formación y la educación. El objetivo era un 3% del PIB en I+D para 2010, pero estamos en un 1,35% del PIB, frente a un 1,83% de la media de la UE-27. Los Presupuestos Generales del Estado para 2012 recortan la inversión en I+D un 25%, bajando a los niveles de 1983. Otros países, como los EE.UU. de Obama, suben un 10% esta partida por considerarla de eficiencia económica.

Las consecuencias de los recortes son la eliminación de empleo (oferta pública cero, reducción de becas y contratos, la pérdida de científicos que retornaron del extranjero) y el abandono de programas. La situación es tan grave que 22 premios Nobel han criticado los recortes en ciencia y educación en una declaración pública en Valencia. Es la misma denuncia de 40.000 investigadores y ciudadanos que exigen medidas de apoyo. Es evidente que para mantener la excelencia investigadora se necesita dinero y estabilidad profesional. Además, hay un principio que dice que hacer ciencia es mucho más que dinero: es tiempo, para consolidar equipos y líneas de investigación, para no quedar descolgados de los procesos de forma irreversible.

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2012

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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