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La mano invisible

Seix Barral,

Barcelona,

384 págs.

Albert Recio Andreu

Isaac Rosa sigue en su empeño de desarrollar una escritura crítica que rompe los códigos de la narración normal. En este caso aborda el tema del trabajo, en concreto del trabajo manual. Vuelve la clase obrera, pero no una clase obrera mítica y protagonista, sino el mundo del trabajo manual de la posmoderninad. Un mundo donde los trabajadores han sido despojados del aura de clase alternativa, donde el discurso de la cualificación profesional y la carrera individual, de la crisis de la idea de socialismo, ha vuelto a convertir los empleos “manuales” en un espacio de marginalidad. Rosa construye una ficción que le permite describir la naturaleza real del trabajo de millones de personas. Una descripción particularmente útil y certera. Se aprende mucho del mundo del trabajo en estas páginas, lo que lo convierte en una lectura obligada para todo izquierdista ilustrado, sobre todo para aquellas personas con poca relación con los empleos manuales. Y se aprende mucho de los mecanismos que consiguen de la gente un esfuerzo laboral innecesario. Y ello sin caer en un maniqueísmo innecesario. Los hombres y mujeres que llenan el libro son personas con valores, con subjetividad, no meros comparsas, por más que en la obra predomine una visión estructural. Quizá existe una cierta minusvaloración de la complejidad real de estas actividades, pero esta es una cuestión menor, y discutible, respecto a lo mucho de reflexión e información que contiene una obra de una escritura magnífica.

27 /

4 /

2012

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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