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Juan-Ramón Capella

Samaranch: la Transición

El movimiento olímpico nació ligado a las manifestaciones culturales de la derecha social. Lo iniciaron aristócratas con el apoyo de reyes y gobiernos conservadores. Samaranch lo transformó en el gran negocio mediático y publicitario que es ahora.

Samaranch fue un jerarca falangista años y años. Durante la guerra se pasó al bando franquista. En Google es sencillísimo encontrar fotos que le muestran con su uniforme de falangista, o al jurar cargos arrodillado ante Franco y Carrero, o al levantar el brazo en el saludo fascista. Estas fotos no han aparecido en la prensa ordinaria, salvo la excepción de Público, ni hasta hoy en la televisión, que debe tener kilómetros de imágenes de archivo. Porque así se reescribe la historia.

Como la transición misma.

Samaranch fue un hombre hábil en la política: cambió de chaqueta a tenor de las circunstancias. Presidió la federación española de patinaje, algo muy apropiado. Los ancianos del lugar le recuerdan una campaña cuyoslogan era: Quiero llevar el deporte a las cortes. Naturalmente, a las de Franco, en 1964: allí estuvo hasta el final del régimen. Ya había organizado como concejal del Ayuntamiento barcelonés unos Juegos del Mediterráneoen la época en que el franquismo buscaba reconocimiento internacional por la vía deportiva. Fue «Delegado nacional de deportes», esto es, la máxima autoridad política en este campo en el régimen anterior. Entró en el Comité Olímpico Internacional y en seguida consiguió el nombramiento de embajador de España en Moscú, para atraerse a las poderosas federaciones de la Europa oriental: quería llegar a la presidencia del COI. Por los servicios prestados le dieron la presidencia de La Caixa en 1986. Lograr la sede olímpica de Barcelona tapó aquí la sombra de los escándalos financieros en torno las olimpiadas de Salt Lake City. Barcelona 92proyectó al mundo la imagen de que España era un país normal. Aunque en sus cunetas hubiera decenas de miles de cadáveres enterrados: el genocidio sobre el que saltó alegremente la transición modélica. Samaranch quedó redimido mediáticamente; le dieron la medalla de oro de la Generalitat catalanaun título nobiliario y numerosos doctorados honoris causa. Descansará en paz; no como las víctimas del franquismo. Las autoridades, incluidas las progres, se mostraron compungidas en sus funerales. Los otros no han podido tener siquiera uno privado.

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2010

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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