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Agustín Moreno

La mejor juventud

Les han catalogado con mil etiquetas sin preguntarles: generación X, jóvenes aunque suficientemente preparados o, últimamente, generación nini, para definir a los jóvenes que ni estudiaban ni querían trabajar. Pero era evidente que había muchos más que sí estudiaban y sí trabajaban o aspiraban a ello, aunque explotados y con bajos salarios (mileuristas).

Ahora existe una amplia generación que son universitarios, están debidamente formados, saben idiomas, informática, pero forman parte de ese 43,5% de tasa de paro juvenil; están de becarios, son precarios de diverso tipo que no llegan a mil euros, no se pueden emancipar, se ven sin pensión, renuncian a los hijos. Ninguneados, despreciados, aunque sepan más que sus jefes, muchos están pensando en irse al extranjero.

Pero por fin, ha cuajado un movimiento. Se definen como jóvenes sin trabajo, sin casa, sin futuro (según el sistema). También como juventud sin miedo. Por eso, el pasado 15 de mayo se manifestaron, autoconvocados por una miríada de pequeñas organizaciones y redes sociales, junto con personas de diferentes edades y condición, padres e hijos. Y llenaron las calles, desde abajo y sin permiso de las grandes formaciones políticas y sociales, que no tomarán nota, ensimismados en su irrealidad y esperando que sean una tormenta en un vaso de agua. He estado allí y he visto a esos ciudadanos críticos que siempre hemos querido educar y sentí que no todo está perdido, sino por ganar, y que es posible.

Es un movimiento complejo, que se inspira en las revueltas árabes, en la contestación griega, francesa y sobre todo en su propia desesperación. Son los indignados que se han echado a las plazas a pedir Democracia Real Ya. Protestan por la crisis, los ajustes sociales, el saqueo de los mercados legitimado por una democracia que se reduce a votar cada cuatro años a opciones para ellos análogas. Cuando muchos lamentaban la pérdida de las utopías, de pronto reaparecen: quieren cambiar un mundo hecho a la medida de los poderosos. Con la expectativa de vivir peor que sus padres, la generación más preparada de la historia de este país no se resigna y es una esperanza de futuro si lucha y se organiza. Que se les oiga.

7 /

2011

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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