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La natura del potere

Laterza,

Roma-Bari,

99 págs.

Giaime Pala

Hay una característica que hace del helenista e historiador Luciano Canfora un intelectual estimulante: la de pivotar su análisis político sobre la historia y la filología antes que en la ciencia política y la filosofía. Hacer esto implica rechazar las propuestas librescas y presentistas a las que nos tienen acostumbrados muchos politólogos y filósofos, para poner el acento en el estudio del pasado como fundamento del presente y en la lingüística histórica en tanto que instrumento que nos ayuda a aprehender el correcto significado del vocabulario político de nuestros días. En suma, Canfora sabe utilizar las herramientas de su oficio para realizar un agudo ejercicio de reflexión política sobre la actualidad.

Igual que con una parte importante de su producción anterior [1], éste es el método que emplea nuestro autor para hablar de la naturaleza del poder del siglo XXI en un librito denso y erudito, en el que Canfora entabla un diálogo con pensadores antiguos y modernos (desde Maquiavelo, Tucídides y Julio César hasta Benjamin Constant, Marx y Gramsci) para hablar de conceptos como “élite”, “cesarismo”, “utopía”, “manipulación política” y “crisis de la democracia”. La conclusión es clara: el poder ya no reside en los lugares y sujetos que estaban llamados a vertebrar la democracia moderna (parlamentos, partidos, sindicatos, sociedad civil, etc.), sino en otros más oscuros, ligados a intereses económico-financieros determinados y difícilmente controlables por parte de la ciudadanía.

Como siempre, estamos ante un Canfora sugerente y brillante, y por ende recomendable, aunque menos optimista que en otras ocasiones. Tal vez porque escribió este libro después del inicio de la devastadora crisis económica que aún estamos padeciendo.


[1] Cfr. los siguientes títulos: Crítica de la retórica democrática, Crítica, Barcelona, 2002; La Democracia. Historia de una ideología, Crítica, Barcelona, 2004; Exportar la libertad, Ariel, Barcelona, 2008.

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2012

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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