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Sin Ítaca. Memorias 1940-1975

Trotta,

Madrid,

321 págs.

Antonio Giménez Merino

 

Tengo entre las manos, aún con olor a imprenta, un libro de memorias con poco que ver con el sólito esfuerzo de autojustificación que suele mover a quienes han practicado este género. Aquí, la motivación es dar cuenta en primera persona de una experiencia de resistencia en un periodo de nuestra historia reciente profundamente tergiversado por quienes luego han sabido nadar a favor de corriente. No ha sido el caso del autor, que ordena sus recuerdos con intención de dar perspectiva a los pelotaris dispuestos a seguir luchando en un frontón que seguirá escupiendo una y mil veces la bola. A través de este relato, literariamente muy bello y con buenas dosis de humor, es posible comprender —y ahí reside otra de sus bazas— cómo es posible que la progresiva toma de conciencia de estar viviendo en un sistema profundamente clasista y violento se transforme finalmente en acción, en medio de unas condiciones tan adversas como las proporcionadas por una dictadura. Hay que agradecer a Capella sobre todo la sinceridad que recorre el libro, pero también la elaboración de un exhaustivo y muy práctico índice onomástico al final del libro. De lectura obligada.

4 /

2011

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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