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Alocución de los Reyes Magos

En estos tiempos en los que la solidaridad ha pasado a ser un aderezo navideño de los discursos complacientes y de las mercancías más diversas, queremos hacer la siguiente declaración:

La solidaridad no ha de ser confundida con la beneficencia. No se ha de pervertir la solidaridad convirtiéndola en un elemento al servicio del incremento y conservación del poder y de la riqueza. Asistimos preocupados a la conversión de la solidaridad en un adorno incluido en anuncios publicitarios, campañas varias, programas televisivos, mercancías Entendemos que no hay que dejarse engañar por este espectáculo, especialmente en este tiempo de celebración tan dado al exceso consumista. Recelamos así mismo de la conversión de las grandes multinacionales en agentes solidarios.

Creemos firmemente que la solidaridad transformadora tiene que ver con el reparto del poder y de la riqueza entre las personas. Apoyamos y animamos por ello a todas aquellas personas y colectivos que trabajan sobre las causas de la explotación, la pobreza, la miseria y la violencia ejercida sobre las personas. Estamos al lado de los que luchan por la condonación de la deuda externa, la limitación del gasto militar o exigen al Gobierno que cumpla su compromiso de dedicar el 0,7% del PIB al desarrollo de los países más pobres. Pensamos que lo ocurrido en Barcelona, el domingo 19 y el lunes 20, cuando la policía cargó contra los que trataban de plantar sus tiendas de campaña en un parterre con el fin de recordar al Gobierno su compromiso, da muestra de cómo se inquieta el poder ante la solidaridad transformadora. El poder se suma a aquellos usos de la palabra solidaridad que no plantean transformaciones. Ahora bien, cuando la solidaridad plantea transformaciones en serio y aborda las raíces de los problemas, entonces se vuelve política, social y económicamente peligrosa y es reprimida.

Ante este orden de cosas, animamos a los movimientos sociales y a las izquierdas políticas y sindicales a recuperar la dignidad de la solidaridad.

[Trascripción a cargo del Timbaler del Bruc,
estas fechas en funciones de paje real]

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2005

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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