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Luz Bel

Los milagros de Juan Pablo II

Las curaciones milagrosas no son las únicas en las que está especializado el papa Woytila. Hay muchos casos más:

Maverick Granados, estudiante colombiano, necesitaba urgentemente una beca. Su madre, desquiciada, le solicitó que le preparara una tila. «Woy con la tila», gritó Maverick. Al día siguiente su nombre figuraba en la lista de becarios.

Jonahtan Albéniz, también estudiante, de Sevilla, le pidió al difunto papa que le tocara la lotería, y le tocó un gordo.

A Kevin Mendelsohn, de Baviera, que solicitaba la intercesión de su admirado Juan XXIII para salir del paro en que llevaba mucho tiempo, se le apareció Woytila y le dijo: «Eso has de pedírmelo a mí». Así lo hizo, y al día siguiente obtuvo un puesto de trabajo como informador de la CIA.

Luz Morais do Nascimento, de Minas Gerais, en Brasil, pensaba en abortar por no poder mantener al hijo del que estaba embarazada. «¡Ayúdame, Juan Pablo!», gritó en un momento de desesperación, sin atreverse a realizar su anticristiano propósito. Tuvo un parto quíntuple y así acceso a la ayuda estatal para las familias numerosas.

Sor Mary Poppens, del convento de las clarisas de Sacramento, padecía una depresión grave. Las hermanas de su convento decidieron orar una noche entera pidiendo la intercesión de Juan Pablo II para su curación, que alcanzó plenamente al amanecer. La Congregación Vaticana para las Causas de los Santos, sin embargo, no ha tomado en consideración este milagro debido a la posterior huida de Mary Poppens para convivir en San Francisco con la benedictina Ann Sullivan, exclaustrada de Los Ángeles.

El carácter práctico de algunas de estas intervenciones de Woytila no debe sorprender. Ya en vida demostró ser muy práctico; por ejemplo, al hacerse construir una cruz pontifical que al mismo tiempo pudiera servirle de cómodo báculo.

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7 /

2013

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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