La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
Antonio Giménez Merino
Por un frente amplio contra el lado patriarcal de la derechización social
¿Pero quién dijo que las coaliciones solo lo son de gente enamorada? No, no hay que estar enamorados los unos de los otros. Pero permaneces en ellas porque las fuerzas del fascismo y el autoritarismo, como vemos, están aumentando (J. Butler).[1]
Una de las claves para entender los vientos reaccionarios que azotan el mundo, la nueva versión radical y desafiante de las derechas que pretende demoler importantes conquistas sociales, es —se dice con bastante insistencia— la frustración de una masa considerable de personas ante un presente y un futuro que parecen cerrar muchas puertas: la del ascensor social que aseguraba una vida digna basada en el trabajo con el sostén del salario indirecto; la de la aspiración de las personas a construirse su propio proyecto de vida, lejos del hogar familiar; la del derecho a migrar en busca de oportunidades mejores que las que proporcionan los territorios de origen; la de imaginar la cohabitación en un mundo más saludable y libre de conflictos violentos; etc.
Este componente psicológico va de la mano con otro que aflora con intensidad en estos tiempos: el resentimiento de muchas personas frente a lo que es percibido como un deseo ilegítimo de igualdad por porciones de población sin derecho a ello, al menos en la medida en que implica la sustracción de algo que pertenecería a los primeros (puestos de trabajo, ayudas sociales, habitación, espacios públicos, etc.). Esto es justamente lo que, en opinión de Michel Feher (Producteurs et parasites, La Découverte, 2024), conforma el verdadero «pegamento» de la extrema derecha.
Tenemos manifestaciones muy próximas y diversas de este fenómeno, confluyente con la distopia global neoautoritaria a la que estamos asistiendo. Por poner tres ejemplos: los movimientos neonacionalistas basados en el odio al extranjero, y su consiguiente intento de restaurar las jerarquías raciales; la reciente polémica en Catalunya a propósito de la «identidad charnega», reivindicada por Eduard Solá en su discurso en los Premios Gaudí por su película La casa en llamas, donde hemos asistido a una reacción virulenta por quienes siguen defendiendo una noción cerril y excluyente de la llamada «identidad nacional»; o también la oleada transexcluyente y antiprostitución, que trata, desde posiciones conservadoras, de situar el esencialismo biológico (con preeminencia del discurso sobre los derechos reproductivos) como base específica de las políticas feministas, sin percibir que quienes están atacando al feminismo son los mismos que violentan a las personas diversas. En todos estos ejemplos supura la sensación purista y reaccionaria del «algo nos están robando», es decir, resentimiento.
El problema abordado es un fenómeno que descansa sobre otro de mayor trayecto y calado: la archiconocida disolución progresiva de la conciencia de clase y su no reemplazo por instrumentos amalgamadores suficientemente fuertes como para seguir construyendo respuestas organizadas, inclusivas y obedientes a estrategias de largo alcance. No es una de ellas, desde luego, la identidad considerada aisladamente.
Una manifestación de todo esto es la (ciertamente previsible) reacción antifeminista que está poniendo en jaque importantes avances sociales de las mujeres y de las minorías sexuales (no sólo en el plano político, sino también en el simbólico)[2]. Detrás de ello, como causa palpable, anida la frustración masculina ante su pérdida relativa de poder en relación con las mujeres, a quienes se acusa de una especie de vendetta en forma de legislaciones que criminalizarían a los varones[3]. Pero ¿es esto inevitable?
Si queremos dar una respuesta negativa a esa pregunta, hay que abordar las dos grandes fallas que se coligen del análisis anterior con políticas estratégicas a construir desde la base social.
La primera falla está muy bien explicada por Steffano Ciccone en Maschi in crisi? Oltre la frustrazione e il rancore (Rosenberg & Sellier, Turín, 2019). Se trataría de la falta de modelos de referencia alternativos al de la masculinidad dominante capaces de dotar de sentido a los proyectos de vida de los varones: en qué contextos podrían los hombres redefinir más satisfactoriamente su identidad, su relación con el trabajo, su lugar en las relaciones personales. Esto requiere de grandes dosis de imaginación, que cuenta ya sin embargo con bastante bagaje entre los grupos de hombres igualitarios y en la literatura sobre la masculinidad, hacia la cual están mostrando un creciente interés algunos sectores avanzados del feminismo.
La segunda, decisiva, encontrar el modo de hallar unidad no sólo entre los feminismos, sino entre éstos y los varones, sin cuyo concurso masivo va a ser difícil asentar una base social y cultural suficiente para contrarrestar la ofensiva reaccionaria. Como señala Clara Serra, el feminismo (o por mejor decir, las políticas antisexistas) no puede convertirse en una causa particular y subalterna que sólo interpele o convoque a una parte de la sociedad.
Por ello, es más necesario que nunca apelar a una estratégica política de miras amplias, no sólo internamente al campo feminista (estableciendo acuerdos si se quiere de mínimos sobre las posiciones sociales conquistadas que demandan ahora resistencia), sino más allá de él, con el concurso de todos aquellos los varones que buscan construir un mayor compromiso con el cuidado de los demás a través de una comprensión distinta de su relación con el trabajo, el dinero, el poder (tan desigual entre los propios hombres), la sexualidad o el modo de ser hijos y padres. Es a través de este frente amplio por donde podemos vincular la cuestión del género con el futuro de nuestras democracias.
Notas
- «¿Quién teme al género? Doni Holloway: Conversación con Judith Butler», Viento Sur, de msnbc.com. ↑
- En el campo institucional acabamos de ver cómo la Sección de Apelaciones del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha absuelto al futbolista Alves con base en la inconsistencia de los elementos probatorios, empezando por el testimonio reiterado de la víctima. Se soslaya así el elemento del consentimiento, articulador de la Ley Orgánica 10/2022, o ley del solo sí es sí). ↑
- Sobre la frustración masculina por la pérdida de privilegios tradicionales, es imprescindible la lectura de los trabajos de Michael Kimmel. Sobre el papel de la nueva extrema derecha estadounidense en el primer triunfo electoral de Trump, ahora ampliado, vid. Hombres (blancos) cabreados. La masculinidad al final de una era, Barlin Libros, Valencia, 2020.↑
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