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Albert Recio Andreu

Peligro de naufragio en una coyuntura inclemente

O los dilemas de Sumar

La izquierda alternativa o transformadora quiere cambiar el mundo. Hacerlo más justo, más sostenible, más igualitario. Pero choca una y otra vez con una realidad tozuda, con estructuras de poder muy sólidas, con situaciones que escapan a sus posibilidades de control, a coyunturas enrevesadas en las que cualquier alternativa que se adopte puede conducir al precipicio o la inanidad. La coyuntura actual es de este tipo. Y todo el proyecto del espacio Sumar corre, una vez más, este tipo de peligro. Con una situación complicada tanto en el plano internacional como en el interno.

En los tiempos presentes —donde a corto plazo no se vislumbra ninguna posibilidad de cambio radical—, que una izquierda impugnadora (aunque sea de forma parcial) del modelo dominante siga manteniendo un peso institucional es muy necesario, tanto para conseguir algunos avances como para impedir la total marginación (y hasta criminalización) de todo el magma social transformador que persiste en movimientos sociales, entidades cívicas, sindicatos, agrupaciones feministas, organizaciones de derechos humanos, grupos ecologistas… Que esta representación pueda debilitarse hasta desaparecer no es despreciable. Ha ocurrido en países de nuestro entorno, por ejemplo Italia (que antes era uno de los referentes donde se miraba la izquierda de mi generación, la reformista y la radical). Y, por eso, es relevante saber leer la coyuntura y tratar de navegar en aguas revueltas. Como las que enfrentan Humphrey Bogart y Katherine Hepburn en La reina de África.

En el plano internacional, el tema crucial es el del rearme europeo. Hay una imposición sobre España de aumento del gasto militar, hay un clima de guerra insoportable, y hay una crisis en la OTAN. Hay buenas razones para oponerse al rearme y plantear en otros términos el problema de la seguridad, dando mucho más peso la acción diplomática y cuestionando el papel de la OTAN en la guerra de Ucrania. Hay una situación que debería comportar el fin de la OTAN, de la tutela estadounidense, y de reorganizar y repensar la seguridad europea. Pero este planteamiento va a enfrentarse a un acoso mediático que ya se ha iniciado. Y que trata de colocar como trasnochado al movimiento pacifista, de irresponsable (desenterrando la figura de Chamberlain) o, directamente, de colaboracionismo prorruso. Es algo que siempre ocurre en todas las guerras; los pacifistas son las primeras víctimas (Jean Jaurès lo fue en sentido estricto), el preludio de lo que vendrá después.

En el plano nacional, la mala coyuntura viene determinada por los resultados electorales de julio, que dieron a Junts per Catalunya un papel crucial en el equilibrio de bloques. Un Junts que sólo se diferencia de la derecha por la cuestión nacional, que ahora se ve amenazada por la aparición de un Vox a la catalana, y que el procés dio alas a un nuevo liderazgo más impredecible y desquiciado. El resultado de todo ello es el bloqueo de muchas de las modestas reformas que Sumar impulsa desde su acción de Gobierno. Ya ha ocurrido con la Agencia Nacional de Salud, y corre el riesgo de experimentarlo en otras cuestiones como la reducción de la jornada laboral. Un bloqueo que neutraliza todo el esfuerzo reformador. Tampoco el PSOE lo pone fácil; las medidas se retrasan, y muchas veces se rebajan. Algo inevitable cuando no se tiene un peso suficiente. Y no sólo se reduce la visibilidad de la política, sino que dejan espacio a que fuerzas como Podemos puedan impugnarlas (a veces con buenas razones, otras por mera demagogia) y reforzar la imagen de inutilidad de la presencia de Sumar en el Gobierno.

En ambos casos, la política de Sumar se mueve entre dos alternativas sumamente dañinas. La primera, la de mantenerse en el Gobierno aceptando el núcleo de las políticas militaristas, con el falaz argumento de que ahora las cosas han cambiado y Europa requiere un rearme, y sometida a un desgaste paralizador en la mayor parte de propuestas de cambio. La segunda, la de proponer una alternativa frontal que acabe hundiendo al Gobierno y propicie la llegada de un Gobierno de extrema derecha (otra cosa no se puede esperar de una coalición PP-Vox, como ya estamos experimentando en muchas autonomías). Lo destaco con trazos gruesos para subrayar los peligros. Y porque es posible que, en mayor o menor grado, pueda haber gente en el interior del espacio que se mueva en alguno de estos extremos. De lo que hay que ser conscientes es de que tanto una política seguidista respecto del poder como un rupturismo insensato pueden conllevar una debacle electoral que no nos podemos permitir.

Es tiempo para la alta política. Para saber defender los principios con inteligencia, para construir un bloque de resistencia a la paranoia militarista, para defender propuestas que se orienten en una justa dirección en la crisis ecosocial, en frenar el ascenso de la extrema derecha es necesario saber orientar las acciones, controlar los tiempos, elegir bien las batallas. Ni es fácil ni se lo van a poner fácil. Ni por parte de los poderes establecidos, de los grandes medios alineados con lo dominante. Ni por parte de esta izquierda, de estos activistas más proclives a la simplificación, al maniqueísmo, al todo o nada que prefieren el heroísmo trágico que la supervivencia corriente.

Sumar empezó bastante mal en su proceso de construcción de una alternativa. Por errores de sus promotores y también por actitudes irresponsables de sus detractores. Ahora la cosa es más difícil, con sus reformas atoradas y la presión de un militarismo peligroso. No puede cometer más errores. Y tampoco puede salirse por sus propias fuerzas. Lo que se juega no es sólo el mantenimiento de una coalición electoral. Lo que se juega es un proceso que amenaza con destruir todo el tejido social de la izquierda por muchos años. Por eso es necesario tanto entender la naturaleza de los problemas como generar respuestas desde todos los ámbitos de actuación que sean conscientes de los límites que impone la coyuntura, y que sepan encontrar formas viables de sortearla.

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2025

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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