La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
Antonio Antón
Identidades, interseccionalidad y universalismo
Este ensayo tiene dos partes. La primera es analítica, con la valoración de la movilización feminista, joven e interseccional en este 8 de marzo. La segunda, al calor de esa experiencia, es más teórica y en ella trato el sentido de la identidad, la conveniencia de la identificación feminista, la identidad colectiva como inseparable del sujeto social, la combinación de identificaciones y el significado de la interseccionalidad.
Un 8 de Marzo joven e interseccional
Este 8M ha vuelto a demostrar la gran vitalidad del movimiento feminista, con múltiples manifestaciones, concentraciones y actividades en las principales ciudades españolas (y del mundo) en defensa de los derechos de las mujeres, de su libertad e igualdad respecto de los varones. A pesar de algunas divisiones, sus principales características continúan siendo su capacidad unitaria, su diversidad y su coherencia con un feminismo transformador, crítico, autónomo y popular.
Especialmente expresiva, reivindicativa y masiva, a pesar de la lluvia, ha sido la manifestación en Madrid convocada por la Comisión 8M, por un feminismo antirracista, antifascista y más. Desde el punto de vista sociológico, destacaría dos rasgos principales: la amplia composición de mujeres jóvenes, y la orientación interseccional e inclusiva.
Distintos estudios demoscópicos señalan el avance y la consolidación de las posiciones igualitarias en las relaciones de sexo/género, sobre todo entre las mujeres jóvenes, aun con reacciones machistas en una parte minoritaria de varones, especialmente jóvenes, al calor de la involución ultraconservadora.
En un estudio reciente de IPSOS, empresa de investigación de mercados, el 58% de las mujeres se consideran feministas, por el 44% de los hombres; pero favorables a la igualdad de género la media es del 75% (82% en las mujeres y 68% en los varones). En un asunto controvertido sobre si se ha llegado demasiado lejos en la igualdad de género, una minoría de mujeres (el 44%) dice que no y una mayoría de hombres (60%) dice que sí; se explican las significativas reticencias masculinas y las mayoritarias exigencias femeninas de seguir adelante, a pesar de las ofensivas conservadoras.
Podemos citar el último gran estudio del CIS, más fiable, de hace poco más de un año, sobre la percepción de la igualdad entre hombres y mujeres y los estereotipos de género, con datos sobre el nivel de conciencia feminista. Más de dos tercios de mujeres (67,2%) y algo menos de la mitad de los hombres (48,2%) consideran que las desigualdades entre hombres y mujeres son ‘muy grandes’ o ‘bastante grandes’, y una minoría (8,2% y 18,6%, respectivamente) las consideran ‘casi inexistentes’.
Son interesantes las respuestas sobre el grado de simpatía hacia el movimiento feminista y la percepción subjetiva de pertenencia al feminismo, con diferencias significativas por sexo. Agrupadas en tres grandes bloques, tenemos que, entre las mujeres es muy mayoritaria (58,2%) la respuesta de ‘mucha simpatía’ y ‘bastante simpatía’, mientras que, entre los hombres no llega a la mitad (47,1%); en el otro extremo, con ‘ninguna o poca simpatía’ hay una minoría significativa de mujeres (13,2%), más elevada entre los hombres (22,2%); en una posición intermedia, de solo cierta simpatía, se sitúan menos de un tercio (27,6% y 30,3%, respectivamente).
Esos datos se pueden complementar con la percepción subjetiva que indica el grado de pertenencia colectiva a la corriente sociocultural feminista. Así, agregando las respuestas en esos tres bloques, en el caso de las mujeres se consideran ‘muy feministas’ o ‘bastante feministas’ casi dos tercios (60,7%), ‘algo feministas’, menos de un tercio (29,2%), y ‘nada o poco feministas’, solo una pequeña minoría (8,6%). En los varones estos porcentajes disminuyen hasta menos de la mitad (46,6%), en el primer caso, aunque es un nivel relevante que destacar, y aumentan en los otros dos (38,3% y 13,7%, respectivamente).
Por último, conviene recordar la respuesta de ambos sexos al enunciado ‘se ha llegado tan lejos en la promoción de la igualdad que ahora se está discriminando a los hombres’. Pues bien, una gran mayoría del 65,5% de mujeres y el 54,6% de hombres responden ‘poco o nada de acuerdo’, aunque hay una minoría significativa (32,5% y 44,1%, respectivamente) que responde ‘muy de acuerdo o bastante’; en ella se basa la reacción derechista (anti woke) contra la llamada ‘ideología de género’, así como la demanda de paralización del cambio feminista. Aunque desde hace un año ha habido un ligero retroceso y una reafirmación conservadora de una minoría de varones, el grueso de la sociedad, especialmente mujeres, persiste en la igualdad de género.
Este tema ha sido controvertido, también entre las izquierdas, ya que afecta a la valoración sobre las políticas feministas llevadas a cabo por el Ministerio de Igualdad en la anterior legislatura y a la reorientación más moderada del Gobierno actual. Sin embargo, debe considerarse que ese freno conservador se enfrenta a la mencionada mayoritaria posición transformadora del feminismo y por la igualdad de género, tanto entre las mujeres como entre los varones, que legitiman una acción reformadora consistente y un cambio igualitario de relaciones y de mentalidades, real y sustantivo, lo que implica hacer pedagogía con la minoría relevante.
Como avanzaba, el motor del cambio feminista son las jóvenes menores de treinta años, con mayor conciencia de su injusta situación de desventaja respecto de los jóvenes varones en un contexto, tras la crisis socioeconómica, de precariedad juvenil, vital y habitacional, más gravosa para ellas.
Por otro lado, en una situación de incertidumbre vital, también para los varones jóvenes, acostumbrados a mantener ciertas ventajas posicionales, aunque sean relativas, en una minoría de ellos, acomodados y conservadores, que llega a la cuarta parte, se ha producido una reacción machista, que pretende bloquear el cambio feminista y abunda en posiciones ultraderechistas y patriarcales.
Ese avance feminista mayoritario se ha combinado con una ola de indignación cívica por esas brechas y desigualdades sociales, con una apuesta sociopolítica más progresista o de izquierdas, así como con una exigencia personal y colectiva por unas relaciones sociales y laborales igualitarias, incluidos los cuidados, por la libertad sexual y contra las violencias machistas, lo que conforma la cuarta ola feminista.
La discriminación femenina y de los colectivos LGTBIQ+ afecta a una amplia y profunda segmentación por sexo/género y opción sexual y sus desigualdades de estatus, reconocimiento y poder en ámbitos como las relaciones laborales, sexuales y de género o la paridad representativa. Afecta, cada vez más, a dos aspectos que han cobrado relevancia en este 8 de marzo.
Por un lado, las desigualdades por motivos étnico-culturales o de raza, con particular impacto en las personas inmigrantes, con un fuerte crecimiento en España, y la necesidad de priorizar la defensa de sus derechos e intereses; se trata de desarrollar una cultura antirracista, decolonial e intercultural, clave para la integración y convivencia en las clases populares españolas y europeas.
Por otro lado, la ofensiva política, relacional y cultural de carácter reaccionario y ultraconservador de las nuevas fuerzas de extrema derecha que pretenden hacer retroceder los derechos feministas hacia un modelo tradicional y patriarcal de subordinación femenina; requiere una trayectoria democratizadora y antiautoritaria, común a otras fuerzas sociales.
De ahí, el carácter más multidimensional, interseccional e inclusivo del presente feminismo, abarcando toda la diversidad y complejidad de la acción emancipadora, con la conformación de un proceso unitario y complementario de problemáticas singulares, sujetos colectivos e identificaciones parciales, en una dinámica cooperativa de respuesta y, al mismo tiempo, de conjunción y superación, en un proceso identificador feminista más global e interrelacionado respecto de las especificidades y la diversidad de cada dinámica particular, que evite sus efectos disgregadores.
Se trata de fortalecer el feminismo frente al machismo, de articular procesos identificadores de ese sujeto colectivo, anclados en la realidad de opresión específica pero asociada a la dinámica social y cultural progresista y los valores universalistas de igualdad, libertad y solidaridad, constitutivos del feminismo en estos más de dos siglos. Supone continuidad emancipadora y renovación y adecuación práctica y teórica ante las nuevas realidades sociales.
El sentido de la identidad
Desde la sociología crítica la pertenencia e identificación colectivas progresistas se van formado a través de las relaciones sociales, sobre la base de una práctica social prolongada, una interacción relacional solidaria tras los objetivos de libertad, igualdad y reciprocidad. El hacerse e identificarse feminista es una conformación social, procesual e interactiva: supone comportamientos duraderos igualitarios-emancipadores y solidarios, interrelacionados con esa subjetividad. Es la experiencia vital, convenientemente interpretada, la participación en la pugna social y cultural en sentido amplio, incluyendo hábitos, estereotipos y costumbres además de subjetividad, frente a la desigualdad y la discriminación, la que va formando la identidad feminista, o cualquier otra de capas subalternas, como la identificación de clase, la identidad nacional y la antirracista o decolonial. El componente social de la interacción humana es el principal para forjar el reconocimiento y las pertenencias grupales e individuales y dar soporte a la acción colectiva.
Estos dos conceptos, identidad e interseccionalidad, han recobrado relevancia en el pensamiento social y, en particular, para la teoría feminista y el discurso étnico-nacional o antirracista. Hacen referencia a algunas características de los grupos sociales, su reconocimiento y su relación, que conforman su actitud sociopolítica en un contexto de grandes transformaciones sociales. Por separado pero, sobre todo, juntos, ayudan a explicar la formación de nuevos actores (o sujetos), individuales y colectivos, y sus procesos participativos y colaborativos en el marco del cambio sociocultural y político. Conllevan una experiencia relacional diversa que se combina con lo común de la interacción humana, al mismo tiempo que con su pluralidad.
En la identidad feminista influye el sexo (mujer) y el género (femenino). Pero no de forma determinista, sea biológica o estructural. Sí tiene importancia la realidad vivida, sentida y percibida de una desigualdad injusta, es decir, la pertenencia a un grupo social discriminado y con desventajas concretas, o bien con suficiente sensibilidad y solidaridad respecto de su situación.
Pero, sobre todo, el elemento sustantivo que configura ese proceso identificador feminista es la acción práctica, los vínculos sociales, la experiencia relacional por oponerse a esa subordinación y avanzar en la igualdad y la emancipación de las mujeres. La identificación feminista deriva del proceso de superación de la desigualdad basada en la conformación de géneros jerarquizados. Se trata de la actitud transformadora respecto de las funciones sociales, productivas y reproductivas desventajosas para la mitad de la población. Supone un cambio de su estatus vital subordinado.
La formación de un sujeto unitario superador de los sujetos o actores parciales va más allá de un liderazgo común (simbólico y legítimo), un objetivo genérico compartido (la democracia y la igualdad) o un enemigo similar (el poder establecido patriarcal-capitalista). Es un proceso sociohistórico y relacional complejo que necesita una prolongada experiencia compartida que debe superar las tensiones derivadas de los intereses corporativos y sectarios de cada élite respectiva, con su rigidez doctrinal legitimadora, que muchas veces reclaman su primacía haciendo pasar, incluso con prepotencia, sus intereses particulares e identidades específicas como los comunes o universales para el conjunto.
Las identidades, frente a los esencialismos deterministas, se construyen social e históricamente; son diversas, variables y contingentes. La identidad, como pertenencia colectiva y reconocimiento público, tiene un anclaje en una realidad material, institucional y sociocultural, en su contexto histórico; encarna una dinámica sustantiva de las relaciones sociales. Las identidades se configuran a través de la acumulación de prácticas sociales continuadas, en un marco estructural y sociocultural determinado, que permiten la formación de un sentido de pertenencia colectiva a un grupo social diferenciado con unos objetivos compartidos.
La conveniencia de la identificación feminista
En la medida que se mantenga la desigualdad y la discriminación de las mujeres, sus causas estructurales, la conciencia de su carácter injusto y la persistencia de los obstáculos para su transformación, seguirá vigente la necesidad del feminismo, como pensamiento y acción específicos. Y su refuerzo asociativo e identitario, inclusivo y abierto, será imprescindible para fortalecer el sujeto sociopolítico y cultural llamado movimiento feminista y su capacidad expresiva, articuladora y transformadora. No es tiempo de un postfeminismo abstracto, sino de un amplio feminismo crítico, popular y transformador frente a la pasividad o la neutralidad en este conflicto igualitario-emancipador. Eso sí, con una perspectiva integradora y multidimensional que le haga converger con los demás procesos emancipatorios. Igual ocurre con otros movimientos sociales progresistas.
Desde ese punto de vista, al igual que necesitamos más y mejor identificación feminista, precisamos más y mejores sujetos feministas; por supuesto, abiertos, plurales y en formación. En este caso, la identidad o el sujeto feminista, como partícipes de un proceso igualitario-emancipador, se diferencian de la identidad de género, que expresa la realidad diversa de las mujeres y sus específicos y variados estatus sociales y culturales.
En definitiva, el feminismo, con sus distintos niveles de identificación y pertenencia colectiva y su pluralidad de ideas y prioridades, es un movimiento social, una corriente cultural, un actor fundamental que, en una acepción débil, se puede considerar un sujeto sociopolítico en formación, inserto en una renovada corriente popular más amplia que califico de nuevo progresismo de izquierdas, con fuertes componentes ecologistas, antirracistas y feministas.
Los procesos identificadores progresistas (a veces descalificados como woke) son procesos democratizadores, igualitarios, críticos frente a los poderosos y con una orientación transformadora de progreso. Pero esta experiencia ya nos indica la superación de la rígida separación entre los componentes culturales, la redistribución y la firmeza democrática y participativa frente al poder establecido. Con la crisis socioeconómica, especialmente, ya no se pueden separar las demandas clásicas de la izquierda —igualdad social, derechos sociolaborales, protección pública, servicios públicos de calidad, empleo decente, regulación y renovación de la economía y del aparato productivo— de reclamaciones, por ejemplo feministas, que ya no son solo culturales sino que tienen impacto evidente con las estructuras sociales y los comportamientos colectivos: contra la violencia machista y por la libertad sexual, por un reparto igualitario de los cuidados y la reproducción social, contra la precariedad laboral femenina y las brechas de género, por un reconocimiento y relaciones de estatus igualitarias.
En definitiva, en el debate sobre el sujeto y la identidad feminista, que no femenina, habría que superar los determinismos sociodemográficos y estructurales, así como los idealismos culturalistas de priorizar, para definir su carácter, los proyectos y aspiraciones, aunque sean también importantes. A partir de la realidad de desigualdad y subordinación de las mujeres —y otros grupos subalternos— e integrando las demandas de sus derechos igualitarios-emancipadores, debería ponerse el acento, desde esta interpretación relacional y crítica, en los procesos de identificación colectiva derivados de unas prácticas sociales, unos comportamientos o unas costumbres comunes que establecen unos vínculos sociales y una cultura sociopolítica con ese carácter feminista. Es el nexo social y realista para una transformación sociopolítica hacia la libertad y la igualdad.
La identidad colectiva, inseparable del sujeto social
La identidad, personal y grupal, es inseparable de la posición social y su experiencia vital y relacional. Los procesos de identificación colectiva, de pertenencia compartida a un grupo social diferenciado, se vinculan con la conformación sociohistórica de los sujetos sociales, siempre en interacción y recomposición. Su configuración y su evolución no dependen solo de la transformación de la subjetividad, las mentalidades y el deseo, sino de la existencia de una voluntad de cambio, junto con el despliegue continuado e interactivo de su práctica social: sociopolítica, económica, cultural, étnico-nacional, de género-sexo. Se trata de superar, de forma realista y multilateral, la dicotomía convencional entre sujeto / objeto o bien necesidad / libertad, sin caer en determinismos ni en voluntarismos.
Por otro lado, la identidad es el resultado del pasado y el presente de la persona, de sus vivencias y relaciones sociales; pero también incorpora sus proyectos e ilusiones que modelan sus comportamientos inmediatos. No tiene razón Sartre cuando afirma que la identidad es solo expresión del pasado y que el futuro es libertad… luego sería conveniente no aferrarse a la identidad para poder ser más libre; es un enfoque individualista que infravalora el vínculo social como condición para la sociabilidad y la propia emancipación. La relación social, si es una relación desigualdad y de dominación / subordinación puede coartar la libertad individual y colectiva e imposibilitar la reciprocidad y el contrato social. Igualmente, la identidad es ambivalente, puede tener componentes positivos y negativos; refleja una pertenencia colectiva y un reconocimiento social de un estatus determinado, pero hay que contextualizar su sentido y su orientación, emancipadores o de subordinación relacional.
En todo caso, lo que somos no nos determina, la identidad no necesariamente es fija ni nos restringe, la vamos cambiando y regula nuestra libertad de acción y pensamiento. Tampoco es acertada la idea de que la identidad se construye hacia adelante, no hacia atrás; se priorizaría el criterio hegeliano, supuestamente inscrito en su ley histórica, del deseo o la aspiración a la plenitud humana (autorrealización) como base de la construcción identitaria. Parafraseando a Simone de Beauvoir, la mujer se hace, por su relación social experimentada, pensada y proyectada; no nace, pero tampoco depende solo del futuro y sus ilusiones. Su identidad forma parte de su devenir real y su interacción colectiva. Prima una perspectiva relacional o social e interactiva.
La combinación de identificaciones
Todo individuo y grupo social tiene diversas identidades, más o menos complementarias, desiguales en su importancia, asimétricas en su combinación y jerarquía interna y variables en su impacto expresivo en cada momento y circunstancia. O sea, se produce una suma, convergencia, equilibrio inestable o integración más o menos coherente de sus identidades, con el despliegue de variadas representaciones, subjetividades y funciones sociales, que no son especialmente identitarias. La identidad recoge los rasgos psicológicos de un individuo o colectividad, pero también las características posicionales y culturales que permiten el autorreconocimiento y el reconocimiento de los demás; es decir, expresa el sentido de pertenencia a un grupo social, hacia dentro y hacia fuera del mismo. Esa actuación prolongada, compartida y reconocida conforma el sujeto social.
Por último, la combinación de distintas identidades parciales, fuertes o débiles, y la expresión de cada combinación de ellas en el tiempo, en cada individuo y grupo social, ofrece unas características identitarias en el sentido más concreto: étnico-nacionales, de sexo/género y clase social, o de grupos específicos con distintas opciones y preferencias. Pero están ligadas a una situación e identificación más general en dos planos diferentes.
Uno, en la pertenencia sociopolítica a una comunidad política, desde el punto de vista de sus derechos y deberes cívicos, independientemente de sus características particulares: es el sentido de una ciudadanía política compartida, que puede ser multinivel, local, nacional o estatal, europea, mundial.
Otro, la pertenencia a la humanidad, a nuestra especie, como rasgo común de las personas de todo el mundo, con unos derechos humanos fundamentales compartidos por toda la población y una identificación común como ser humano. Y, especialmente, en su ejercicio sociopolítico y cultural según los contextos. No se trata solo de cierto cosmopolitismo y un universalismo ético existente en todas las personas, sino que esos componentes se integran también junto con los demás en la identidad y el carácter del sujeto y pueden tener un mayor o menor impacto en su carácter, su comportamiento y sus aspiraciones.
Por tanto, la combinación en cada individuo y grupo social de esa multiplicidad identificadora, con el peso diferenciado de cada componente, positivo o negativo, según qué procesos, incluidos los más generales de la ciudadanía y la pertenencia humana, ofrece un panorama no estrictamente fragmentado de su identidad, como gran parte de las ciencias sociales asegura; ni tampoco unificado, como otra parte afirma al intentar meter la realidad diversa en supuestas categorías homogeneizadoras, insensibles a esa diversidad. El conjunto de identificaciones asimétricas, por la jerarquización de su importancia o su desarrollo en cada situación particular, configura distintas expresiones unitarias en (des)equilibrios diversos y en transformación.
El significado de la interseccionalidad
El concepto de interseccionalidad apunta a ese análisis, aunque hay que evitar quedarse en una simple descripción o una constatación formalista de la multiplicidad identitaria. Hay que comprender sus interrelaciones internas para explicar su impacto normativo, relacional o sociopolítico, es decir, su configuración como sujeto activo superador de cada actor particular, llámese pueblo, proletariado o movimiento popular de movimientos sociales.
Mi interés es poner el acento en la capacidad articuladora, conformadora o transformadora de los seres humanos y sus relaciones a través de su experiencia vital, multidimensional e interactiva. La sociedad es diversa. Las relaciones sociales, sin reducirlas a relaciones de poder o de dominación, también son ambivalentes; el sentido político o ético de las interacciones humanas expresa la pugna y la colaboración de proyectos individuales y colectivos en procesos relacionales multidimensionales y en diferentes niveles.
En definitiva, las grandes identidades tradicionales, especialmente las derivadas de las relaciones machistas, la subordinación y precarización popular y los reajustes étnico-nacionales, con sus jerarquías valorativas, están en crisis y cambio. Hay una nueva pugna por su nueva conformación, su interrelación interna y su papel: desde la reacción defensiva y fanática de las anteriores identidades tradicionales, a la reafirmación en identificaciones parciales o fragmentadas. La construcción de nuevas identidades y, sobre todo, de los nuevos equilibrios, personales y grupales, de su heterogeneidad, es lenta e incierta y exige realismo, reconocimiento, tolerancia, negociación, mestizaje y convivencia; en resumen, respeto al pluralismo, capacidad integradora y talante democrático.
Por tanto, hay que superar cierto pensamiento posmoderno, fragmentario e individualista, así como la rigidez unificadora y esencialista de algunas teorías modernas y premodernas, sean asimilacionistas ante la diversidad o prepotentes respecto de las minorías. En ese sentido, la identidad feminista es fundamental para las mujeres, como expresión de su situación específica de discriminación y su demanda de igualdad y emancipación, a integrar con sus otras identidades en una pertenencia diversa y conectada con una identidad cívica, más general, democrático-igualitaria y solidaria, así como en una conducta e interacción prologada de carácter igualitario-emancipador que constituye la identidad sociopolítica y cultural feminista, más universalista.
Hay que superar la política basada en las emociones o en la simple racionalidad abstracta y, en particular, también un feminismo o una identidad de género solo emocional y/o solo racional. La posición social y la experiencia relacional y cívica son fundamentales; las condiciones, intereses, trayectorias y necesidades sociales configuran un punto de partida para la emancipación. Los sujetos colectivos, en particular el movimiento feminista, expresan una particular combinación de emociones, razones, estatus social, experiencia relacional y proyectos de vida. La igualdad, la libertad y la solidaridad siguen siendo referencias universalistas y transformadoras.
En definitiva, el sentido del feminismo es combatir el sometimiento de las mujeres, superar su situación impuesta de desigualdad y opresión para que puedan ser personas libres. La situación y la identidad de género mujer conlleva una posición de subordinación derivada de la desigual división sexual del trabajo productivo y reproductivo, público y privado, que el feminismo pretende superar mediante un proceso igualitario-emancipatorio que configura la identidad feminista de las mujeres. Se replantean las feminidades y las masculinidades y su interacción.
Por tanto, la clave del feminismo es conseguir la igualdad de género o entre los géneros, superar las desventajas relativas y la discriminación de las mujeres. Dicho de otro modo, el objetivo es que la diferenciación de géneros y su construcción sociohistórica no supongan desigualdad real y de derechos y, por tanto, no tengan un peso sustantivo en la distribución y el reconocimiento de estatus y poder.
En ese sentido, se rompen los géneros como funciones sociales desiguales impuestas por el orden establecido, patriarcal-capitalista, que se ve favorecido por esa segregación por sexo. Supone un largo y persistente proceso individual y colectivo para superar las profundas causas estructurales y de dominación en que se basa esa segmentación. Igualdad y emancipación están entrelazadas frente a una realidad de género ambivalente.
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