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Alfredo González Ruibal

Valle de los Caídos: la máquina del odio

Una buena parte del patrimonio cultural es positivo. Es, de hecho, en lo que solemos pensar cuando pensamos en patrimonio: el Museo del Prado, la catedral de Santiago de Compostela o el acueducto de Segovia. Son logros culturales que siguen iluminando el presente y son importantes para crear identidad, nacional, regional, local e incluso universal –en el caso del Patrimonio de la Humanidad.

Desde hace años se habla también de otro tipo de legado: el patrimonio negativo. Aquí se incluyen desde campos de exterminio nazis a internados para indígenas, pasando por fosas comunes y barracones de esclavos. Lugares donde se ha causado un sufrimiento inenarrable.

El patrimonio negativo puede experimentar dos destinos distintos: en unos casos, se moviliza con fines positivos –se resignifica. Los campos nazis son un buen ejemplo: se han convertido en espacios para fomentar el respeto de los derechos humanos y concienciar sobre el horror que suponen los crímenes de lesa humanidad.

En otros casos no se hace absolutamente nada. Y entonces pueden suceder varias cosas: que se olvide tanto el monumento como lo que representa, lo cual es problemático porque hay historias que no deben ser olvidadas (de guerra, violencia política, colonialismo o autoritarismo).

También puede ser que solo se olvide en apariencia, y siga causando un daño moral y psicológico a sus víctimas o a los descendientes de las víctimas.

O puede ser que se convierta en una máquina de odio. Un espacio que continúa sirviendo para amedrentar y perseguir. El Valle de los Caídos es una máquina de odio.

Lo hemos comprobado los últimos días: una denuncia de Abogados Cristianos ha obligado al humorista Héctor de Miguel a declarar ante un juez por un chiste sobre la cruz de Cuelgamuros. Hazte Oír ha presentado una denuncia contra Esther López Barceló, escritora e historiadora, por su defensa razonada de la demolición de la misma cruz. Unos falangistas han atacado el despacho del profesor de derecho José María Urías por el mismo motivo.

Y son solo el último episodio de una larga serie de denuncias que llevan presentando asociaciones ultraderechistas desde hace años para impedir cualquier modificación en el Valle –incluida la exhumación de las víctimas republicanas encerradas en las criptas de la basílica.

La ultraderecha defiende el Valle como lugar de reconciliación de todos los españoles. Pero al mismo tiempo persiguen con saña a cualquiera que ose discrepar. Se trata de la misma disociación entre discurso y práctica del franquismo. Franco es como un padre, pero un padre dispuesto a fusilar a sus hijos si se portan mal.

El Valle de los Caídos es una máquina del odio por la facilidad con que se moviliza para fines antidemocráticos: asediar la libertad de expresión, exaltar la dictadura y acosar a quienes la critican. Por eso es imprescindible transformarlo. Y de manera urgente. La lentitud del gobierno con este tema y la timidez con que lo aborda es injustificable.

La transformación, además, debe ser radical. No creo que sea posible una resignificación del Valle sin transformar profundamente su materialidad, lo cual implica derruir una parte del monumento -e insisto con lo de una parte: debemos conservar el Valle como testimonio de la dictadura). Y esa parte debería ser preferentemente el elemento más potente y polémico: la cruz. El proceso está claro: desacralizar, derruir, crear, volver a contar. La destrucción creativa hace años que es una práctica canónica en la gestión del patrimonio.

Con una derecha radicalizada, transformar el Valle de los Caídos no es un asunto menor: implica hurtarles su principal símbolo e impedir que lo sigan utilizando para celebrar la dictadura y perseguir a los demócratas. Por eso hay que desactivar la máquina del odio. Y hay que hacerlo ya.

[Fuente: Público]

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La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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