La finalidad de la amistad no es anestesiarnos de nuestros miedos, sino poder perderlos juntos.
Albert Recio Andreu
Imperialismo, de ayer y de hoy
Cuaderno de locuras: 17
Capitalismo e imperios: una larga historia
Los imperios han sido una realidad recurrente en la historia. Son anteriores al capitalismo. Y siempre contienen una voluntad de poder político y de control sobre personas y recursos naturales. En la historia del capitalismo, el imperialismo desempeñó un papel esencial en su desarrollo y consolidación. La expansión colonial iniciada a finales de la Edad Media constituyó un elemento crucial de la acumulación primitiva y permitió a las potencias europeas el acceso a productos básicos para la alimentación y la producción industrial, como ejemplifican la introducción de la patata como uno de los productos básicos de la nutrición de la población obrera, o el algodón como base de la expansión textil. Las Compañías de Indias holandesa y británica constituyen un primer ejemplo de empresas multinacionales. El tráfico triangular ―razias para cazar esclavos en África, producción de algodón con esclavos en América, industria textil con asalariados en Inglaterra, y exportación de parte de la producción al mundo precapitalista― describe bien lo que representó un primer imperialismo capitalista global, con especialización territorial y combinación de diversas formas de relación laboral. Ya en este período se pueden detectar rasgos de lo que será común en el resto de las variantes del imperialismo capitalista: papel crucial de supremacía tecnológica (especialmente en las técnicas de navegación) y, sobre todo, militar; complejas estructuras organizativas; papel crucial del poder político; fijación de normas desiguales sobre los territorios dominados. La reaparición de la esclavitud como una variante generalizada de actividad laboral constituye el ejemplo más destacable de esta primera configuración.
La historia posterior incluye fases de debilitamiento de los imperios, como los de la emancipación de las colonias americanas y la descolonización posterior a la Segunda Guerra Mundial. Y fases de aceleración, como la carrera colonial en África y Asia del siglo XIX que culminaría en las dos guerras mundiales y que constituiría la base de la elaboración de aportaciones como la de Lenin o Rosa Luxemburgo. Al final de la Segunda Guerra Mundial emergió un nuevo orden mundial de clara hegemonía norteamericana, así como el hundimiento de los viejos imperios autoaniquilados por el conflicto bélico y por su propia crisis social interna. El nuevo orden mantuvo aspectos sustanciales de los viejos, en especial el predominio militar y tecnológico de la potencia dominante. Pero, al mismo tiempo, representó algunas variantes: el dominio territorial directo fue sustituido por un despliegue de bases militares y tratados que dejaron un enorme espacio a la intervención norteamericana cuando veía peligrar sus intereses; se creó un sistema de instituciones mundiales que generaban un cierto marco de legalidad y cooperación, y, en los países centrales, la salida de las crisis dio lugar a un pacto social que mejoraba derechos y condiciones sociales de la gente. Es obvio que este modelo fue en parte producto de la creación de la Unión Soviética que, en este campo, constituyó un contrapeso al poder norteamericano. Y el declive de la URSS ―su pérdida de atractivo entre la población trabajadora del mundo capitalista y su demolición final― facilitó las condiciones para la irrupción del nuevo modelo de imperialismo de la fase neoliberal.
Las políticas neoliberales implantadas paulatinamente a partir de la década de 1980 representaban en parte una deconstrucción paulatina de las concesiones que los capitalistas habían tenido que hacer para apaciguar el conflicto social anterior a la última gran guerra. La paulatina debilitación de un antagonista creíble sin duda lo favoreció. Pero, a su vez, también tuvieron un papel esencial los cambios sociales generados en el interior de los países capitalistas, así como el desarrollo de tecnologías y aprendizajes organizativos básicos. Estos han resultado fundamentales para poder transitar desde un sistema productivo basado en la concentración (incluso geográfica) de muchas actividades hasta un modelo donde el poder económico se basaba en la gestión de flujos y complejas redes de subcontratación. En el plano internacional, el modelo proponía una nueva distribución de roles productivos que significaba trasvasar una buena parte de la producción industrial desde los países centrales hacia algunos países periféricos. Para sus promotores, el modelo tenía dos ventajas importantes: por un lado, la deslocalización productiva, manteniendo el control de la tecnología, el sistema financiero y el marketing, permitiría una sustancial rebaja de costes y un aumento de la rentabilidad; por otro, debilitaba el poder social de las clases trabajadoras de los países centrales, lo que permitiría restablecer una relación de poder (y una distribución de la renta) más adecuada a los intereses de las élites capitalistas. Les salió bastante bien, menos en una cuestión crucial. Los países receptores de la deslocalización, especialmente China, no se conformaron en ser meros contenedores pasivos de una industria transformadora, sino que han dedicado esfuerzos importantes y exitosos en desarrollo tecnológico e industrial. En lugar de meros comparsas, se han convertido en peligrosos competidores. Ya llevan tiempo generando desafíos en campos tan importantes como el coche eléctrico o las tecnologías de la información. Y la irrupción, esta misma semana, de la competencia china en inteligencia artificial constituye sin duda un golpe importante en esta dirección.
Imperialismo reforzado
El gobierno Trump ejemplifica una nueva fase de políticas imperialistas, aunque estas no son exclusivas de la extrema derecha norteamericana. En este campo, las administraciones demócratas han participado de un enfoque parecido: desde una constante presión a Rusia y China, pasando por las presiones para incrementar el gasto militar, hasta el apoyo indiscriminado a Israel en su operación genocida. En este campo, las diferencias entre republicanos y demócratas parecen más de tono o de grado que no una estrategia global diferente. Lo que subyace en este reforzamiento de las políticas imperialistas es la combinación de tensiones, internas y externas, y la forma como estas son entendidas y elaboradas por unas élites que tienen una larga tradición de entender la estrategia en una determinada dirección. Al fin y al cabo, el imperio se sostiene, en buena parte, por el trabajo cotidiano de dos enormes burocracias, la militar y la de inteligencia, cuya forma de mirar ha sido educada y practicada durante mucho tiempo. Y su respuesta reiterada ha sido la de utilizar su enorme fuerza para preservar lo que consideran intereses estratégicos del país.
Fruto de las políticas anteriores, Estados Unidos experimenta una fuerte crisis interna, en parte reflejada en la propia polarización política. Y orientar esta tensión hacia afuera, construir la imagen de un país acechado por enemigos externos («los inmigrantes invasores», «los competidores tramposos») es una forma de desviar la atención y de tratar de concentrar energías contra este enemigo común. Hay, casi siempre, mucho de teatro político, de sobreactuación, de comida de coco, es estas maniobras hipernacionalistas. Y asistimos a la enésima representación de una historia que, no por conocida, deja de ser peligrosa.
Hay, en el momento actual, una preocupación adicional: el miedo al sorpasso tecnológico chino, y la cuestión crucial de los minerales esenciales para la transición energética-digital que proponen las élites tecnológicas. Estas élites conocen la naturaleza del cambio climático y la imposibilidad de elevar el nivel de actividad económica sin generar un desastre planetario, pero sospecho que su pensamiento oscila entre el convencimiento de que todos los obstáculos pueden ser superados por el cambio tecnológico (incluida la colonización de otros planetas) o que el desastre es inevitable y lo que hay que hacer es provocar las condiciones para garantizar su supervivencia. De la posición tecnológica se deriva la necesidad de acceder a lo que consideran recursos económicos clave; del nihilismo se desprende la apuesta por deshumanizar a parte de la población mundial, dejarla sin recursos. Algo que ya se está practicando en Gaza, o con las deportaciones de inmigrantes. No deja de ser una política sin contradicciones. El apoyo a la industria petrolera agrava los problemas a largo plazo. El proteccionismo puede acabar significando una inflación incontrolable, o generar una crisis en el sistema financiero. Pero, muchas veces, las políticas imperiales están cargadas de una sobrevaloración de las propias fuerzas y un olvido de las dificultades. Es lo que llevó, por ejemplo, a sufrir una grave derrota a Napoleón y Hitler en su vano intento de ocupar Rusia.
A corto plazo, este imperialismo renovado va a suponer mucho sufrimiento a mucha gente (el simple aumento del gasto militar a costa de servicios públicos puede repetir los mismos males que las anteriores políticas de austeridad). Y, en muchos aspectos, está generando la emersión de políticas tan terribles como las que alimentó el nazismo: nacionalismo excluyente, creación de chivos expiatorios (ayer los judíos, hoy los inmigrantes), racismo, expansionismo (lo de Groenlandia y Panamá es una versión actual del espacio vital de los nazis), militarismo, degradación democrática… Y el peligro de una escalada bélica incontrolable y potencialmente aniquiladora.
Europa, en fuera de juego
Europa, donde se presume que tenemos un marco democrático y de derechos sociales incomparablemente mejor que el norteamericano, ha entrado en una situación de crisis existencial. Las antiguas potencias europeas quedaron exhaustas a costa de sus viejas guerras imperiales. La Unión Europea siempre estuvo tutelada por Estados Unidos, especialmente en su vertiente estratégica a través de la OTAN. Cuando tuvo alguna oportunidad de emanciparse, tras el fin de la Guerra Fría, se perdió una oportunidad de construir un marco diferente. Se prefirió la degradación de la URSS a ofrecer una política de reconstrucción amistosa. (De hecho, la creación de países satélites en el Este de Europa siempre había constituido un deseo de las élites alemanas.) La construcción de la Unión Europea, lejos de partir de un modelo cooperativo, inclusivo, estuvo basado en un modelo impuesto por Alemania, que deparó episodios tan penosos como los planes de austeridad. La situación actual pone a Europa ante el espejo, sin recursos naturales para transitar en la época del capitalismo digital (y, desde luego, sin ninguna idea ni voluntad para viajar hacia algún tipo de poscapitalismo ecosocial), sin una unidad política fundamental, con una extrema derecha proliferando en muchos países y generando tendencias disruptivas. Un amplio espacio cada vez más débil frente al viejo imperio al que quería emular. La guerra de Ucrania es una buena muestra de esta debilidad. En Gaza, y en el tratamiento a los inmigrantes, ha perdido toda credibilidad para presentarse como una alternativa «moral» a los ojos de los millones de personas que habitan en África y Asia. Y, además, Europa está sometida cada vez más a las presiones y las campañas ideológicas de los agentes del gran imperio. Los defensores del rearme, de la limitación de derechos, de la desigualdad. Cualquier esperanza de cambio exige hacerles frente.
Quizá se equivocó Lenin al calificar al imperialismo como fase superior del capitalismo y pensar que un cambio era posible. El mundo y el capitalismo han dado muchos tumbos después de su pronóstico. Pero, de lo que no cabe duda, es que sin enfrentarnos a este nuevo imperialismo corremos el peligro de que se repiten las mismas tragedias, corregidas y aumentadas, que movilizaron a los viejos y viejas revolucionarios. La historia quizá no repite nunca, pero hay cosas que se parecen. Y la realidad actual nos confronta a dilemas parecidos a los que hicieron frente Lenin o Rosa Luxemburgo. Y somos más escépticos, y estamos más desorientados.
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2025