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Marta Roman y Jaume Montés

Entrevista a J. L. Gordillo: «Es necesaria una nueva generación de luchadores por la paz»

José Luis Gordillo es miembro del consejo de redacción de la revista mientras tanto, investigador del Centro Delàs de Estudios por la Paz y profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Barcelona. En 1981 fundó, junto a otros activistas, el Comité Anti-OTAN de la Universidad Autónoma de Barcelona y, en 1983, se declaró objetor de conciencia al servicio militar. Desde entonces, ha sido miembro activo del movimiento pacifista catalán y ha publicado libros, capítulos de libro y artículos sobre objeción de conciencia, ecología y derecho, monarquía y ejército, la guerra contra el terrorismo o el pensamiento pacifista de Tolstói, entre otros asuntos.

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MR y JM: El exvicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, dice que nos encontramos en una «época liminar», es decir, en un momento social de completa excepcionalidad en el que los antiguos consensos han colapsado y no se avista un horizonte más o menos predictivo a largo plazo. Junto con la crisis ecológica y la crisis económica, en los últimos años se está produciendo una crisis geopolítica global: la guerra entre Rusia y Ucrania, el genocidio de Israel sobre Palestina y las tensiones crecientes en Oriente Medio, la llegada de fuerzas de extrema derecha a los gobiernos de diferentes países, la ampliación de una organización hasta ahora moribunda, la OTAN, a Finlandia y Suecia, etc. Más allá de sus especificidades, ¿hay motivos comunes que permitan explicar todos estos fenómenos internacionales?

JLG: Estoy de acuerdo con la percepción de desconcierto de García Linera: estamos entrando en una nueva época en muchos aspectos y el futuro que se vislumbra es amenazador. En cambio, manifiesto mi desacuerdo con la afirmación de que no se divisa un horizonte predictivo: los debates sobre colapso y decrecimiento que se están llevando a cabo en los grupos ecologistas tienen que ver con problemas que ya se preveían hace 50 años. En este sentido, la novedad más relevante es que la humanidad ya está traspasando los límites de sostenibilidad del planeta. Las consecuencias concretas del cambio climático (largas sequías, deshielo de los polos, graves incendios forestales, fenómenos meteorológicos extremos, subidas del nivel del mar, cambios en su temperatura, alteración del clima global, etc.) ya forman parte de nuestra vida cotidiana. La reducción de la biodiversidad está yendo a un ritmo más acelerado del que se había previsto. El agotamiento progresivo del uranio y de los combustibles fósiles (petróleo, gas y carbón) ya es un hecho también palpable. No hay actividad económica sin consumo de energía y materiales. Eso no quiere decir que mañana mismo se acabará el petróleo o el gas y todo se paralizará, sino que, como muy bien explica Antonio Turiel, cada año habrá menos y esa escasez se deberá repartir de alguna manera. Este proceso de declive puede ser motivo de conflictos militares graves. Eso es lo más relevante y decisivo.

Sobre este magma de fondo, que lo condiciona todo, pero no determina mecánicamente nada, los EE. UU. y sus aliados, que son unos grandes consumidores de energía y materias primas, deben afrontar la pérdida de hegemonía a escala planetaria. Ya no pueden imponer su voluntad al mundo como lo han hecho en los últimos 30 años. Los dirigentes chinos, que promueven por cierto un proyecto tan crecentista como el occidental, ya no les obedecen y económica y tecnológicamente les están pasando la mano por la cara. Los capitalistas mafiosos rusos, después de una época —la de Borís Yeltsin y la del primer Putin— en la que literalmente les lamían las botas a los dirigentes occidentales pensando que así podrían participar en igualdad de condiciones en los negocios de la globalización, se han cansado de ser humillados y se han rebelado. Desde 2008, con las intervenciones militares en Georgia, Siria y Ucrania han reaccionado mediante lo que podríamos llamar los zarpazos de la bestia acorralada (acorralada por el ataque de la OTAN a Yugoslavia de 1999, por la catastrófica expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, por la amenaza del escudo de misiles antimisiles instalado en Rumanía, Polonia o España, por la penetración norteamericana en su patio trasero de Asia central, por la ruptura de los tratados de limitación de armamentos, por la imposición de sanciones económicas, etc.). Se trata de un juego de ajedrez donde el tablero es el mundo entero. Todos los jugadores que participan en él son fríos y calculadores —lo que no quiere decir que siempre actúen «racionalmente»— y todos están dispuestos a hacer apuestas arriesgadas, a jugar al juego del «¡gallina!» con las armas nucleares y a sacrificar a quien haga falta para no retroceder posiciones o para hacerlas avanzar.

Al mismo tiempo, el Estado de Israel, que también dispone de armas nucleares, ha iniciado una escalada militar contra Irán para desviar la atención de la masacre de Gaza (y para poder presentarse como «víctima») que no sabemos cómo acabará. Estamos, sin lugar a dudas, en el momento más peligroso para la paz mundial desde 1945. La militarización ya es un hecho en muchos países occidentales y no occidentales. La militarización siempre comporta propaganda bélica omnipresente fundamentada en la lógica del amigo/enemigo, autoritarismo, represión a la disidencia interna y políticas policiales de mano dura. La extrema derecha es la fuerza política más funcional a la militarización. La extrema derecha del Norte global no ha hecho nada más que regar y hacer crecer las semillas ideológicas de islamofobia, racismo, supremacismo y autoritarismo que los gobiernos de EE. UU., la OTAN e Israel han plantado como mínimo desde 2001, desde la declaración de la fantasmagórica «guerra contra el terrorismo». Fuera de Occidente, dejando de lado Chile, Brasil, México y algún otro país de América Latina, fuerzas de extrema derecha o favorables a algún tipo de autoritarismo civil o militar (India, Egipto, Irán, Rusia, China) ya gobiernan desde hace bastante tiempo.

MR y JM: En las últimas semanas, las autoridades de la Unión Europea han hecho sonar tambores de guerra: tanto Ursula von der Leyen como Josep Borrell han pedido repetidamente a los gobiernos de los estados miembros que aumenten el presupuesto en defensa, una política que también exige la OTAN. Al mismo tiempo, algunos países parecen proponer la recuperación del servicio militar obligatorio. ¿Qué consecuencias puede tener esta renovada militarización de la Unión Europea? ¿La autonomía estratégica europea sería positiva en algún sentido?

JLG: La autonomía estratégica de Europa es una posibilidad que no está sobre la mesa porque EE. UU. con la guerra de Ucrania ha reafirmado su autoridad sobre la Unión Europea. La OTAN está más viva que nunca. Más serio es el rearme que se nos exige. Los dirigentes europeos han puesto en marcha una estrategia comunicativa que se puede resumir con la frase «regalar miedo para vender seguridad». Dicen que debemos rearmarnos porque ya estamos viviendo una situación de preguerra. También sugieren que la gente joven debe estar dispuesta a matar y a morir en una guerra para defender los «valores europeos», que con tanta «coherencia» están (no) defendiendo en Gaza. Si fuera cierto que estamos en una situación de preguerra, sería porque ellos ya han decidido ir a la guerra, pues una guerra siempre es el resultado de la decisión política de, como mínimo, dos partes enfrentadas. Pero si ya hubieran decidido ir a la guerra, eso también querría decir que ya se han saltado todos los procedimientos de toma de decisiones de la democracia representativa y han hecho abstracción de la voluntad de todos nosotros. Sinceramente, creo que no se lo creen ni ellos.

La única consecuencia del rearme será el aumento de los beneficios de las empresas de armamento. No hay otra. En términos de seguridad, ninguna de estas medidas puede hacer posible una hipotética victoria en una hipotética guerra contra Rusia, que es la guerra para la que los dirigentes europeos nos dicen que debemos prepararnos. Rusia es ahora la primera potencia nuclear del mundo. Un choque militar frontal entre la OTAN y Rusia, como podría suceder si países como Francia o Polonia enviaran tropas a Ucrania, rápidamente escalaría hacia una guerra nuclear y eso conllevaría la mutua destrucción asegurada. Es decir, sería una guerra que no ganaría nadie y todos perderíamos. Contra Rusia no hay posibilidades militares intermedias, eso son ilusiones de belicistas ignorantes. Los que dicen que sí las hay están vendiendo humo y, por eso, son los utópicos (en realidad, los distópicos) más peligrosos de todos los posibles. Si se excluyen los medios diplomáticos, las negociaciones y los tratados de desarme y se piensa que el choque militar frontal con Rusia es inevitable, como están diciendo unos cuantos dirigentes europeos, en lo que tendrían que invertir dinero sería en una red europea de refugios antinucleares. Es lo más realista que se podría hacer para intentar garantizar la seguridad de los europeos. Putin ha dicho muy claramente que utilizará armas nucleares tácticas si sus tropas entran en combate con los ejércitos de la OTAN. Si el dirigente ruso es como la propaganda bélica occidental dice que es, entonces lo hará con toda seguridad. Y si no lo es, entonces se conseguiría más negociando con él que jugando al juego del «¡gallina!». Los políticos y militares de EE. UU., Francia y Gran Bretaña no dicen que lo harán (utilizar las armas nucleares), pero hace muchas décadas que se están preparando para hacerlo.

En realidad, como ya he dicho, estoy convencido de que no se creen lo que dicen, porque, si se lo creyeran, deberíamos encerrarlos a todos en un manicomio, pues querría decir que no han aprendido nada de la Guerra Fría del siglo XX. De esta experiencia, todo el mundo con un poco de sensatez sabe que en Europa y en el mundo la única seguridad posible es la seguridad común, global o compartida, y no aquella que se fundamenta en una supuesta e inalcanzable superioridad militar.

Lo que pasa es que, a las élites políticas europeas y a muchos medios de comunicación que repiten como loros sus mensajes, les ha dado un ataque de pánico al comprobar que la guerra de Ucrania, es decir, la guerra por poderes entre EE. UU./OTAN y Rusia en el territorio de Ucrania, no ha evolucionado como ellos querrían. De repente se han dado cuenta de que todo lo que los dirigentes estadounidenses les explicaban sobre la debilidad económica y militar de Rusia era mentira. Por lo tanto, Ucrania no tiene ninguna posibilidad de aplastar militarmente a la Federación Rusa, por mucho dinero y armas que se le envíen, lo que conllevará una nueva derrota para la OTAN tras las derrotas y los desastres provocados en Afganistán, Iraq o Libia. Para acabar de arreglarlo, las elecciones norteamericanas de noviembre próximo, en las que se debe elegir entre el bocazas golpista de Trump y Genocide Joe (Biden) que, además, no está precisamente en su mejor momento por razones de edad, lleva a un callejón sin salida desde su perspectiva militarista.

Como cuestión de fondo, creo que cada vez son más quienes en EE. UU. desearían cerrar ya el tema de la guerra de Ucrania, o que se ocuparan de ella en exclusiva los europeos, para poder concentrarse en el enfrentamiento con China. Todos los dirigentes norteamericanos están de acuerdo con la premisa de que, pase lo que pase en Ucrania, los EE. UU. no se pueden arriesgar a librar una guerra nuclear con Rusia. Por ello, los dirigentes europeos sólo pueden optar entre escalar solos hacia la guerra nuclear con Rusia o dar una puñalada por la espalda al gobierno de Kiev, aceptando el principio «paz por territorios», y sentarse a negociar con los dirigentes rusos sobre los parámetros de la seguridad europea. Y eso es lo que se debería hacer, porque la guerra por poderes entre la OTAN y Rusia en Ucrania es también una guerra en las fronteras de Rusia. Si se puede negociar con Netanyahu, es decir, con el carnicero de Gaza, también se puede negociar con Putin, que es responsable sin duda de un crimen de agresión y de crímenes de guerra, como lo han sido en el pasado muchos dirigentes occidentales (recordemos Yugoslavia, Iraq, Afganistán, Libia, Mali), pero no de genocidio o del crimen de lesa humanidad de exterminio como lo es Netanyahu con el apoyo de EE. UU. y la UE. Entre piratas seguro que se podrán entender y llegar a acuerdos que rebajen la tensión militar en Europa.

MR y JM: ¿Qué mecanismos tiene la comunidad internacional y, en particular, la Unión Europea para detener el genocidio en Palestina?

JLG: Hay muchos medios a los que se podría recurrir, empezando por una negociación apoyada en una presión de tipo económico, político y diplomático. Se puede amenazar a Israel con la suspensión del comercio de armas, es decir, la venta y sobre todo la compra de armamento, porque Israel es un gran exportador de armas y de tecnologías de la seguridad. Se le puede amenazar con sanciones económicas similares a las que se han impuesto a Rusia, Irán y a otros muchos países. Se le puede amenazar con la ruptura del Acuerdo Euromediterráneo de Cooperación Económica y Tecnológica de 1995, que en el artículo 2 dice que el acuerdo se fundamenta en el respeto a los derechos humanos, y en el artículo 79.2 se abre la posibilidad de la suspensión del acuerdo si alguna de las partes incumple, entre otros, estos compromisos. Todas las universidades de la UE podrían romper los convenios que tienen con las universidades israelíes. Los estados de la UE podrían echar a Israel de Eurovisión y de todas las competiciones deportivas europeas en las que participa sin ser un país europeo. Todos los estados de la UE (y del mundo) podrían romper relaciones diplomáticas con Israel o suspenderlas mientras no se detenga el genocidio. Todos los estados de la UE podrían apoyar la demanda por genocidio interpuesta ante el Tribunal Internacional de Justicia. Se le podrían bloquear los fondos que tiene depositados en bancos europeos. En definitiva, se le podrían aplicar —o amenazar con hacerlo— todas las medidas propuestas desde hace más de una década por la campaña BDS (Boicot, Sanciones y Desinversiones) contra Israel, tal y como se hizo contra la Sudáfrica del Apartheid con un éxito más que notable.

MR y JM: Un asunto derivado del genocidio que está perpetrando Israel ha sido el creciente autoritarismo en el norte global hacia aquellas personas que han defendido una posición propalestina o, simplemente, han cuestionado la actuación del Estado sionista. Estamos pensando, por ejemplo, en la prohibición que se ha impuesto a Varoufakis de entrar en Alemania, en la denegación de una cátedra a Nancy Fraser en la Universidad de Colonia, en la censura que está padeciendo Judith Butler o en las restricciones de manifestaciones propalestinas en Francia y Reino Unido. ¿Cómo se explica esta renovada caza de brujas? ¿Existe el peligro de que este autoritarismo se acabe extendiendo a otras esferas de la vida social?

JLG: Eso ya lo hacían desde hace tiempo porque hay muchos intereses geoestratégicos y económicos en juego: Israel es, desde su fundación, un estado colonial que les cuida la viña a los estados occidentales en la estratégica región de Oriente Próximo, que es una región donde están las reservas más importantes del llamado «petróleo fácil o convencional». Un asunto cada vez más importante por el problema mencionado del agotamiento progresivo del petróleo. Por otra parte, hay muchas inversiones de fondos israelíes en las empresas occidentales. Además, Israel se ha beneficiado de un discurso sobre el antisemitismo, la judeofobia y la manipulación del recuerdo del Holocausto que históricamente lo ha blindado ideológicamente. La incorporación de delitos de odio en los códigos penales europeos, un tipo de delito disparatado que puede llegar a paralizar literalmente los juzgados, tiene que ver en buena parte con el activismo incansable de los representantes diplomáticos del Estado de Israel, los cuales pretenden que lo que ellos dicen que es antisemitismo sea perseguido penalmente.

Todas las personas que hemos participado en el movimiento de solidaridad con Palestina hemos sido objeto, como mínimo, de insultos y marginación a escala global. Y en Alemania y Francia, particularmente, de represión policial y judicial desde hace más de una década. En nuestro país, todos los que participamos durante la Diada de Catalunya de 2009 en el boicot a la actuación de la cantante israelí Noa, que había justificado públicamente la primera invasión terrestre de Gaza llevada a cabo por el ejército hebreo en 2008, fuimos abroncados e insultados por buena parte del público asistente. Meses antes, tras una exitosa manifestación de solidaridad con Palestina, la periodista Pilar Rahola presentó el 14 de enero de 2009, tras anunciarlo desde TV3, una denuncia en la Comisaría de los Mossos de Badalona contra los organizadores de la manifestación por los delitos de injurias, calumnias, incitación a la violencia, discriminación, odio racial y amenazas. En 2008, la misma periodista nos había acusado, desde las páginas de La Vanguardia (14-5-2008), de cometer un delito de apología del terrorismo por organizar un acto de conmemoración de la Nakba al que habíamos invitado a participar a Leila Jaled. Lo que es diferente ahora es la escala de los crímenes perpetrados por Israel y de las protestas para denunciarlos, que son mucho mayores, lo que les ha obligado a ser mucho más duros en la represión. Pero yo diría que no están teniendo mucho éxito. El movimiento contra el genocidio en Gaza en las universidades de EE. UU. es algo muy importante y les puede hacer mucho daño porque, en la práctica, Israel es el 51 estado de los EE. UU. y sin su apoyo económico y su protección incondicional no sería nada más que un pequeño estado de 9,5 millones de personas.

MR y JM: De aquí a pocas semanas, habrá elecciones al Parlamento de Cataluña. Asumiendo el actual marco competencial, ¿cuál debería ser la actuación de un hipotético gobierno de las izquierdas catalanas para avanzar hacia la desmilitarización y la construcción de procesos de paz?

JLG: Teniendo en cuenta, como habéis dicho implícitamente, que la Generalitat no tiene competencias en política exterior y de defensa, los partidos de izquierdas (PSC, ERC, Comuns, CUP) deberían continuar exigiendo un alto el fuego definitivo en Gaza, así como pedir a la Generalitat que rompa toda relación con el Estado de Israel, y defender lo mismo en Madrid y Bruselas. También deberían exigir un alto el fuego y negociaciones de paz en Ucrania. La paz negativa que se conseguiría en ambos casos no sería precisamente una paz justa, pero salvaría vidas, frenaría el genocidio y la limpieza étnica en Gaza e impediría que Ucrania perdiese aún más territorio, contribuiría a la desescalada militar en Europa y en Oriente Próximo y alejaría el riesgo de una Tercera Guerra Mundial que inevitablemente acabaría siendo una guerra nuclear. La Generalitat podría organizar y acoger un encuentro por la paz sobre ambos conflictos. Asimismo, se podría organizar un coloquio con representantes de los países que el año pasado quisieron hacer de mediadores entre Rusia y Ucrania/OTAN: China, Brasil, el Estado del Vaticano, Sudáfrica y otros países africanos. Podríamos oír sus propuestas y discutirlas.

Por último, los partidos catalanes y españoles de izquierdas (y si los de derechas también se quieren apuntar, bienvenidos sean) deberían recuperar el «¡No a la guerra!» de hace veinte años, y decir claramente que se oponen a participar en una guerra en territorio europeo, a seguir enviando armas a Ucrania, al incremento del gasto militar, a una nueva Guerra Fría, a una nueva carrera de armamentos entre la OTAN y Rusia o, aún peor, entre la OTAN y China. En definitiva, que, si están a favor de la paz, que contribuyan a preparar la paz, porque, como muestra la experiencia histórica, si preparas la guerra, acabarás metido en una guerra.

MR y JM: Las izquierdas soberanistas en Cataluña se han caracterizado, en el pasado, por una defensa enconada del pacifismo: sólo hay que recordar el «no» a la OTAN, el movimiento por la insumisión o la lucha por el cierre de las centrales nucleares. ¿Qué espíritu y qué formas de acción colectiva de aquella época deberían recuperar los movimientos sociales actuales?

JLG: Eso fue así en España entre la mitad de los años ochenta del siglo pasado y la primera década del siglo XXI, pero la relación entre la izquierda y el pacifismo antimilitarista siempre ha sido complicada. La socialdemocracia votó los créditos de guerra en 1914 y, con algunas honrosas excepciones, como la del Partido Socialista italiano de aquellos años o la de la socialdemocracia sueca de Olof Palme durante la Guerra Fría del siglo XX, lo ha continuado haciendo hasta hoy mismo. Lo que se ha movido a la izquierda de la socialdemocracia viene de una tradición en la que, por un lado, ha habido una oposición muy firme a las guerras imperialistas y una posición muy clara a favor de la descolonización, pero, por otro lado, también ha cultivado su particular «doctrina de la guerra justa». Esta doctrina dice, para resumirlo de forma esquemática, que se debe recurrir a las armas —a las armas de todo tipo, a todas las armas que sean necesarias— para vencer en una revolución y que se debe hacer lo mismo para defenderla de sus enemigos en caso de victoria. No seré yo quien diga que este planteamiento no tiene nada que ver con los problemas reales de todos los procesos revolucionarios que hemos conocido, pero pienso que en la era nuclear todo eso hay que repensarlo como ya propuso Manuel Sacristán hace 40 años.

Después hay propuestas que deberían guardarse en el almacén de las ideas nefastas, como la mitología militarista del guerrillero izquierdista capaz de crear en cualquier circunstancia un foco revolucionario gracias al uso de las armas. Esta mitología estaba muy presente en la extrema izquierda cuando yo era joven, en los años de la transición. Era fácil desmontarla sin apartarse mucho de la ortodoxia leninista o citando los primeros párrafos de La guerra de guerrillas de Ernesto Guevara, donde dice que, en un sistema político donde se celebren elecciones más o menos libres, el foco revolucionario no tiene ninguna posibilidad de triunfar. Pero la atracción que ejercía entonces sobre la gente joven era notable y nos hizo perder mucho tiempo con discusiones delirantes que no llevaban a ninguna parte (o, todavía peor, llevaban a intentar justificar los injustificables crímenes de GRAPO, ETA y otros grupos similares como Terra Lliure).

El movimiento por la salida de España de la OTAN y el movimiento de los objetores e insumisos cambió el panorama. Obligó a todo el mundo a discutir sobre asuntos más urgentes. Gracias a ellos, se pudo normalizar socialmente la crítica al ejército español, que había puesto muchas limitaciones al proceso de transición hacia la democracia. También gracias a ellos y al movimiento ecologista se pudo poner en el centro de la discusión lo que debería ser claro para toda persona de izquierdas desde el 6 de agosto de 1945 (día del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima por los EE. UU.): que la lucha por la emancipación humana tiene como condición necesaria que haya humanidad a emancipar o, dicho de otra manera, que la lucha por la supervivencia es inseparable de la lucha por la emancipación de la humanidad. Este es el argumento principal por el que creo que la izquierda revolucionaria debería hacer una apuesta fuerte por las tácticas de lucha social no violentas y por los modelos de defensa no agresivos.

MR y JM: Para terminar, ¿cuáles deben ser los elementos que permitan constituir un nuevo orden internacional multipolar? ¿Crees que sería posible recuperar la idea de un movimiento de países no alineados, tal y como alentó el historiador marxista E. P. Thompson cuando vino a Barcelona en 1984?

JLG: El movimiento de los países no alineados surgió formalmente en 1961 para distanciarse de los dos bloques militares existentes entonces: la OTAN y el Pacto de Varsovia. Ahora no hay dos bloques militares. Solamente hay uno que es la OTAN. Esta organización tiene un tratado fundacional con normas claras de funcionamiento interno, un secretario general, una sede oficial en Bruselas y unas regularidades adquiridas a lo largo de 75 años que incluyen el hecho de estar involucrada permanentemente en alguna guerra, fría o caliente. Rusia y China pueden ser aliados ahora en determinados asuntos, pero no configuran un bloque militar estructurado como la OTAN. Es más: en el pasado han tenido enfrentamientos entre ellos. La relación entre la URSS y China en la segunda mitad del siglo XX, a pesar de que ambos se consideraban estados socialistas, no fue precisamente un camino de rosas. Los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) pueden llegar a establecer algunos acuerdos de tipo económicos e incluso político, pero veo muy difícil que puedan llegar a constituir una alianza militar estable.

Por lo tanto, vivimos en un mundo diferente al que E. P. Thompson tenía ante sus ojos cuando en 1980 publicó sus «Notas sobre el exterminismo, la última etapa de la civilización», que fue crucial para que mucha gente de izquierdas (yo entre ellos) se tomara en serio el pacifismo y el antimilitarismo. Continúa siendo un texto de lectura obligada. Thompson, al frente de la END (Campaña por el Desarme Europeo), promovía un movimiento internacional por la paz por encima y por debajo de las fronteras de la Europa dividida. Tuvo más éxito del que los gobiernos occidentales le han reconocido. Gorbachov, que fue quien tomó la iniciativa para desmontar la Guerra Fría del siglo pasado, se hizo inmensamente popular en las sociedades occidentales (lo bautizaron afectuosamente como «Gorbi») gracias a la actividad previa de los movimientos pacifistas a favor de la distensión y el desarme.

Pero volviendo a vuestra pregunta, la mejor organización internacional para gestionar un nuevo orden multipolar sería una ONU reformada, con una representación permanente en el Consejo de Seguridad de estados del Sur global como la India (1.400 millones de habitantes). Hay muchos planes de reforma de la ONU que están muy bien. Pero para poder llegar a hacerlos realidad antes hay que alejar el peligro de la Tercera Guerra Mundial. Después debería obligarse a las élites occidentales a aceptar un papel secundario en el mundo. Dado su supremacismo, este objetivo será muy difícil de conseguir. Para alcanzar este objetivo, debería ponerse en pie un movimiento internacional por la paz y el desarme. Por esta razón se debería volver a algo parecido a la dinámica de los foros sociales que impulsó el movimiento antiglobalización de hace veinte años y que hizo posible la convocatoria de la primera manifestación antibelicista de alcance planetario, la que se convocó el 15 de febrero de 2003 contra la invasión de Iraq. Es necesario que surja una nueva generación de luchadores por la paz verdaderamente «internacionalista» que se proponga un programa de acción propio y no supeditado a la política exterior de ninguna potencia nuclear.

[Fuente: publicado originalmente en catalán en Debats pel Demà]

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La «otredad» política se fundamenta en algo enteramente distinto [a conseguir «bazas de representación política» más o menos amplias y más o menos honradamente gestionadas]: en la construcción de ámbitos públicos voluntarios de interrelación social, abiertos y, sobre todo, capaces de autodeterminarse. […] Su germen es el asociacionismo voluntario: la entrega voluntaria de actividad y tiempo personal puestos en común con otros para realizar objetivos compartidos.

Juan-Ramón Capella
«Otra manera de hacer política», Los ciudadanos siervos (1993)

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