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Albert Recio Andreu

Aritméticas y algo más

I

Andamos compungidos con los rifirrafes de Sumar y Podemos. Una vez más, las peleas por capitalizar las coyunturas, los protagonismos de los líderes, las zancadillas para pillar un buen puesto y la fijación por las marcas está por delante de las necesidades reales de un proyecto serio de izquierdas. Ciertamente, un seguimiento de redes sociales permite vislumbrar que, detrás de los líderes, hay manadas de seguidores que se comportan como fans de uno y otro bando, que contribuyen a generar un clima recalentado allí donde convendría calmar los ánimos. Pensar que las peleas por los puestos se limitan a las cúpulas es ignorar que, a menudo, en las bases proliferan los mismos vicios y debilidades. Cualquiera con experiencia activista o militante lo conoce de primera mano.

Lo más habitual, cuando esto se manifiesta, es que cunda la sensación de que la izquierda no tiene remedio. De que existe un gen cainita que hace imposible construir edificios sólidos. De que los líderes de la izquierda son ególatras incorregibles que acaban hundiendo sus mejores proyectos. Un fatalismo que sólo conduce a la parálisis, que elude el análisis de los problemas de fondo que explican estos comportamientos, y que no permite buscar vías de salida que permitan superar lo que siempre se acaba presentando como un obstáculo insalvable.

A pesar de tanto desastre acumulado, soy optimista, por lo que me resisto a aceptar que esto sea inevitable. Y, para encontrar salidas, considero que el primer paso debería consistir en detectar las raíces de estos problemas recurrentes. Situarlas, ciertamente, no los resuelve. Pero, al menos, posibilita un tratamiento racional que abra caminos para encontrar vías de ataque a estos males que ahora parecen endémicos.

II

Hay tres cuestiones, relacionadas entre sí, que están en el núcleo de esta problemática:

En primer lugar, todas las orientaciones políticas de izquierdas están marcadas por la necesidad de imponer cambios institucionales que mejoren el funcionamiento social en campos como la igualdad, las libertades, la participación democrática, los derechos sociales, la no discriminación, la ecología. Más allá de la importancia y el trato que se da a cada uno de estos temas, en su planteamiento subyace una cuestión central. La de la resistencia del marco institucional vigente a aceptar estos cambios. Una resistencia que va desde la lectura más maximalista —de considerar que la configuración básica de las sociedades capitalistas impide transformaciones significativas, y por tanto debe plantearse abiertamente una estrategia revolucionaria—, hasta la que ejercen poderes de todo tipo (empresariales, judiciales, religiosos…) a cualquier campo que limite su poder, sus intereses, o sus visiones del mundo. En esta lucha contra las “resistencias” surge una tensión nunca resuelta entre los que creen que es posible un avance si hay una actitud apropiada y los que consideran que es mejor pautar los ritmos para evitar derrotas sangrantes. No hay una fórmula que permita ver en cada caso cuáles son los ritmos más adecuados. Los partidarios de las vías “revolucionarias” suelen perder de vista los límites objetivos que impone la estructura dominante, sobrevalorar las propias fuerzas y, a menudo, meterse en callejones sin salida. En el otro extremo, se corre siempre el peligro de adaptarse excesivamente a los límites de lo “posible”, de hacer de necesidad virtud y dejar de explorar todas las posibilidades de cambio. Lo que es seguro es que, dentro de estas posiciones límite, existen muchos espacios donde pueden generarse tensiones por los ritmos y los procesos a desarrollar que, demasiadas veces, acaban por generar más enfrentamiento y parálisis que dinámicas de cambio.

En segundo lugar, está la cuestión de los campos de acción: una polarización entre la política institucional y los movimientos sociales. También en este campo existe una cierta polarización, que se produce entre la actuación en la política institucional —con sus condicionantes formales, con la necesidad de negociar propuestas— y la acción en los movimientos sociales, donde hay, de entrada, menos condicionantes para defender proyectos más nítidos. Ambos espacios tienen limitaciones obvias. Los cambios importantes tienen siempre una traducción institucional, pero para conseguirlos es necesario un proceso de movilización y concienciación social que casi nunca se puede hacer bien desde la esfera política. Especialmente en un contexto como el actual, en el que lo político es objeto de un gran desprestigio social, ganado en parte por méritos propios y en parte como efecto de la manipulación cultural generada por los medios, los poderes económicos, y la derecha. Los movimientos sociales son básicos para construir demandas de cambio, promover valores, ampliar la base social, o presionar a la esfera institucional, pero suelen tener limitaciones de medios, de personal, y carecen de palancas automáticas para imponer sus demandas. Lo que debería parecer obvio (que hace falta contar con buena representación política y buenas organizaciones sociales) muchas veces queda superado por los desencuentros, la falta de una buena interlocución, la pelea por “capitalizar” los procesos.

En tercer lugar, está la cuestión de los modelos organizativos. Se trata de un tema siempre complejo, que requiere reflexión y aprendizaje. En mi opinión, una de las más fascinantes cuestiones de la historia del capitalismo es el estudio de las políticas de organización y gestión de personal. Un elemento clave para entender la capacidad de persistencia y adaptación de la empresa capitalista a lo largo de una historia marcada por cambios tecnológicos y conflictos sociales. La complejidad de las tramas empresariales actuales, su sofisticación, que se extiende no sólo a la gestión productiva sino también a su proyección exterior: a la clientela, a la sociedad. Es cierto que las empresas tienen muchos recursos y apoyos institucionales, pero lo que vale la pena subrayar es precisamente que han realizado un persistente proceso de análisis y transformación. La izquierda en general ha sido bastante perezosa en este terreno. Siguen predominando formas muy verticales de organización que promueven, demasiadas veces, más una pelea por el liderazgo y por minimizar al oponente que una experiencia gratificante de cooperación, apoyo mutuo y refuerzo sinérgico. Unos modelos organizativos que, demasiadas veces, refuerzan las tensiones generadas en los ámbitos anteriormente citados.

He trazado tres cuestiones clave que no agotan el campo de problemáticas, pero que considero tienen un papel esencial. Que demasiadas veces los liderazgos estén en manos de gente ególatra es posiblemente inevitable, dado que vivimos inmersos en procesos de socialización que promocionan estas actitudes. Y, posiblemente, el propio hecho de tratar de romper el marco establecido sólo está al alcance de personas con personalidad fuerte. Pero que no se sepan desarrollar mecanismos que neutralicen estas tendencias destructivas debería constituir un elemento central de transformación colectiva.

III

El proyecto de Sumar es, fundamentalmente, una propuesta en el espacio institucional. Tiene a su favor dos hechos básicos. De un lado, el relativo éxito de alguna de las reformas clave del período actual (salario mínimo, reforma laboral, ERTEs, mejora de las ayudas sociales…). Del otro, el conocimiento de que el volumen de escaños y el poder político subsiguiente tiene que ver con la posibilidad de aunar un gran número de votos. En este sentido, la posición de Podemos es difícilmente sostenible, y sólo explicable en términos de reparto interno de poder dentro de este modelo de coalición. Puede que no sea, al final, el único obstáculo. Compromís puede ser otra vía de problemas, debido a que se trata de una fuerza en la que coinciden dos culturas: la que proviene de Unió Valenciana, más conservadora y nacionalista, y la proveniente de Iniciativa del País Valencià. Este último sector ha quedado tocado con el pantano judicial al que se ha sometido a Mónica Oltra (aplazando sine die su proceso), y el sector nacionalista es reticente a diluirse en un proyecto de izquierdas. Construir un espacio común es siempre complicado, lento, y no parece que ahora las cosas vayan a ser diferentes. Aunque este es, a pesar de todo, el espacio donde sólo es necesaria buena voluntad.

Donde no veo un cambio de incidencia es en las cuestiones que he desarrollado en el punto anterior, y que son subyacentes a los líos de la izquierda. Es obvio que el primer eje, el que separa posibilismo y acción, está siendo utilizado por Pablo Iglesias como ariete contra las propuestas de Yolanda Díaz. También es cierto que una parte del discurso institucional que ella realiza tampoco ayuda a aclarar las cosas. Es innegable que su acción de Gobierno ha tenido éxitos. También que obliga a tragarse “sapos”, algunos muy amargos y discutibles (como el tema migratorio, o el de la guerra y el armamentismo). A su vez, durante esta legislatura se ha podido desarrollar, en una coyuntura social y política favorable, la expansión del gasto público. No obstante, si las amenazas de la vuelta a los ajustes se concretan, y si arrecian los problemas de la crisis ecológica, esta estrategia de reformas amables puede resultar insuficiente. Sin contar, además, con las ofensivas de los poderes económicos si las reformas tratan de sobrepasar determinados límites.

Además, el proyecto no tiene en cuenta cómo reconstruir un tejido social debilitado y fragmentado por años de políticas neoliberales y hegemonía cultural del capitalismo consumista. Y donde la cuestión ecológica genera una necesaria revisión de la forma tradicional de enfocar los problemas. La ola del 15-M y el ciclo político posterior no se planteó estas cuestiones. En gran parte porque las nuevas formaciones políticas (Podemos, Comuns, etc.) han estado en este plano influidas por culturas políticas más preocupadas por los temas procedimentales (primarias, democracia digital…) que por los de la organización sólida. Y las viejas culturas se sienten incapaces para generar una transformación. Sin una sociedad civil activa, participativa, reflexiva, cooperativa, y solidaria va a ser imposible avanzar en las transformaciones necesarias. Y realmente hay más vida de lo que parece; la cuestión clave es cómo reforzar lo existente, insuflarle dinamismo, escucharle. Y ahí donde un proyecto transformador debería centrar más reflexión y esfuerzos.

Con todo ello no quiero deslegitimar Sumar. Es un nuevo intento, valioso, de cambio. Aunque ahora las dinámicas perversas que cercan a la izquierda parecen, una vez más, activadas para dificultar lo que deberían favorecer. Se echa de menos la existencia, también, de organizaciones mediadoras que ayuden a generar el clima cooperativo y creativo que todo proceso de transformación social requiere. Y esto no se lo podemos pedir a unos líderes marcados por sus propias limitaciones, por el acoso exterior y el de sus propios fans. Deberíamos ayudar la gente que nos movemos en otros ámbitos de acción, para tratar, en la medida de lo posible, de consolidar estas iniciativas. Para racionalizar los debates y pacificar las formas de actuación que tantas veces nos paralizan.

27 /

4 /

2023

Sin esperanza de poder actuar para poner fin a este desvarío de la humanidad, con la desesperación que eso implica, parece urgente superar el aislamiento de cada uno, resocializarnos para obrar colectivamente de otro modo, para reinventar el mundo social.

Juan Ramón Capella
Sin esperanza y sin desesperación (2023)

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