Antonio Antón

La paz en Europa

Al calor de la guerra en Ucrania y sus implicaciones y al hilo de un nuevo y adecuado enfoque pacifista y progresista, analizo varios temas entrelazados: el debate sobre la crisis de la identidad europea, la nueva estrategia atlántica sobre su victoria militar frente a Rusia, el problema de la subordinación europea a la OTAN, la necesidad de la autonomía estratégica europea y la conveniencia de una actitud realista, pacifista y ética.

La identidad europea y la OTAN

Jürgen Habermas es un filósofo alemán de orientación progresista, referente relevante de la conciencia alemana y, en cierta medida, europea. Partidario del diálogo y la democracia deliberativa y especialista en la teoría de la comunicación, ha escrito un reciente y extenso artículo titulado “Hasta dónde apoyamos a Ucrania”, que ha tenido una amplia repercusión, especialmente, ante el giro de su Gobierno (socialdemócrata-verde-liberal) hacia el rearme militar y las tendencias para involucrarse abiertamente en la guerra en Ucrania.

Se trata de una reflexión profunda sobre el dilema de Europa. Es interesante su marco interpretativo por la paz y, específicamente, el análisis de la ‘nueva crisis de identidad alemana’.

Por un lado, analiza el cambio de mentalidades pacifistas representadas por el partido Verde y su conversión hacia la indignación moral y el posibilismo político que le lleva ahora a apoyar el refuerzo de la OTAN y la militarización alemana, así como su actitud más intervencionista en la guerra de Ucrania, con la retórica de la soberanía nacional; contrasta con la actitud más prudente de la socialdemocracia alemana, criticada por las derechas y los dirigentes estadounidenses y ucranios, así como con el pacifismo de los años ochenta, del que nacieron los Verdes, frente a la nuclearización de los euromisiles y el riesgo de guerra con la URSS.

Por otro lado, explica la nueva orientación del Ejecutivo alemán, con su presidente el socialdemócrata Olaf Scholz, que pasa a un segundo plano la autonomía estratégica europea, con garantías colectivas de seguridad que había sido una tradición desde los tiempos de la Ostpolitik, la apertura a los países orientales en plena Guerra Fría, con Willy Brandt, en los años sesenta. Este giro estratégico apunta a un cuestionamiento de lo que han sido los fundamentos de la política alemana, de ahí su crisis de identidad: atlantista pero realista y conciliadora con el Este.  Pero ante la perspectiva de la agresividad rusa y un agravamiento del conflicto y sus consecuencias, el debate sobre el interés para Alemania y Europa, de promover un acuerdo y distanciarse de la orientación dominante en EE. UU. y la OTAN, resurge, particularmente en la dirección socialdemócrata y la intelectualidad progresista. La identidad europea se vuelve a asociar a autonomía estratégica con proyecto autónomo.

En una sintonía similar está el gran intelectual francés Edgar Morin (“Escalada y hundimiento”) que, con su conocida revalorización de un pensamiento complejo, apuesta por un acuerdo razonable sobre la guerra en Ucrania. Igualmente, podemos añadir al prestigioso sociólogo alemán Wolfgang Streeck (“El retorno del rey”) que relata el conflicto de intereses entre Alemania y EE. UU., con la presión particular de estos hacia el Partido socialdemócrata alemán por sus supuestas inclinaciones autónomas respecto de los intereses del imperio estadounidense.

Curiosamente, todos estos textos se publican a primeros de mayo (8/5/2022), precisamente ante la inquietud francoalemana de la nueva estrategia estadounidense-ucraniana (y los países más ‘dispuestos’), comunicada por los dos secretarios de Estado (de Exteriores y Defensa) estadounidenses en su convocatoria a los líderes europeos en su base militar de Ramstein (Alemania, 25/4/2022) (no en Bruselas, sede de la OTAN): superar la simple actitud defensiva ante la invasión rusa de Ucrania, apostar por la victoria frente al ejército ruso, involucrar más a los socios europeos, en especial a Alemania, e impulsar una fuerte militarización y rearme. La afirmación del jefe del Pentágono es expresiva: “Ucrania cree claramente que puede ganar y también lo cree todo el mundo aquí”.

Es una muestra de un debate profundo, por parte de lo más granado de la gran intelectualidad progresista francoalemana que acompaña la conversación política, sobre el proyecto militar y de seguridad europeo, pilar fundamental de la identidad europea, junto con la construcción político-económica y de relaciones socioculturales de la UE.

Con ocasión de la cumbre de la OTAN en Madrid a finales de junio, en que se plantea su nuevo diseño estratégico, conviene analizar este modelo europeo y, en particular, su autonomía estratégica y de seguridad.

La nueva estrategia hacia la victoria militar

La injustificable y criminal invasión rusa, con su imperialismo conservador y autoritario, a un pueblo soberano como Ucrania debe ser rechazada. La resistencia del pueblo ucraniano es legítima y merece apoyo y solidaridad. Rusia no representa una alternativa política, económica, sociocultural y de relaciones internacionales para la población europea, salvo para algunos sectores ultraderechistas.

Aquí, pasamos a otro plano paralelo: la política de bloques. Tal como he señalado en “¿Un frente común atlantista?, en la sociedad europea hay puntos compartidos con la OTAN en el apoyo al pueblo ucraniano y las sanciones contra Rusia, pero no se puede hablar de una unidad total. Hay una constatación, esta agresión rusa ilegal ofrece la coartada y la legitimidad pública para reforzar el hegemonismo imperial estadounidense. La legítima defensa del pueblo ucraniano ante una agresión externa se combina con la pugna interimperialista entre los dos ejes principales: EE. UU. y sus aliados europeos y asiáticos, y China y su aliado ruso. Por otro lado, del temor a Putin se ha pasado al fracaso del Régimen ruso, a la expectativa de su derrota completa.

Parto de la base de que esta parte del conflicto de bloques se parece más al conflicto de la Primera Guerra Mundial que al de la segunda. Es decir, es un conflicto entre distintos intereses nacionales-imperiales, no entre la democracia y la autocracia, tal como he explicado en “Pacifismo y resistencia”.

Por tanto, hay que elaborar una tercera posición, realista, legítima, pacifista y con respaldo cívico. Enlaza con la construcción de la identidad europea o, si se quiere, con su modelo social y democrático acompañado de su autonomía de defensa y seguridad.

La nueva apuesta estratégica de la OTAN es por la ‘victoria’ militar frente a Rusia; no se sabe en qué puede consistir su derrota y las posibles consecuencias reactivas, pero en todo caso el objetivo es claro: su debilitamiento político-militar y económico y con un gran refuerzo del apoyo armamentístico a Ucrania con armas pesadas y más sofisticadas. La escalada belicista está servida. Es un paso cualitativo para prolongar y ganar la guerra, una vez valoradas las supuestas debilidades del ejército ruso y el impacto de las sanciones económicas. Se aparca el proceso diplomático y de colaboración política para avanzar en un posible acuerdo sobre la base de la renegociación de los acuerdos de Minsk (2014/2015), firmados por Ucrania (y las milicias del Dombás), Rusia, Francia y Alemania. Ahora son denostados y vistos con recelo por EE. UU. que se quedaba fuera y que siempre los ha cuestionado.

¿Qué conlleva la apuesta por la victoria y la derrota de la otra parte? El Régimen ruso ha fracasado en sus máximos objetivos imperiales y parece que se contenta con el relativo empate militar, con sus dos resultados fundamentales: la neutralidad de Ucrania y el statu quo para Crimea y el Dombás. El régimen ucranio (y EE. UU.), en su apuesta actual por la victoria, admite la neutralidad formal, pero ansía derrotar al ejército ruso y expulsarlo de esas zonas, es decir, prolongar la guerra para desempatar a su favor. El punto intermedio sigue siendo los acuerdos de Minsk: neutralidad de Ucrania con garantías de seguridad para ambas partes, statu quo para Crimea, estatuto autónomo para el Dombás y reconocimiento del carácter plurilingüístico y étnico de Ucrania.

La consecuencia de la prolongación de la guerra, con las expectativas victoriosas y/o de desgaste de cada bando, es el agravamiento de las condiciones socioeconómicas y vitales ucranianas, europeas y mundiales y el debilitamiento de la democracia y los derechos humanos, así como el fortalecimiento del autoritarismo, el nacionalismo excluyente y el militarismo que reproduce los conflictos a medio y largo plazo.

Se supone que la OTAN no está en guerra, pero esa frontera aparece cada vez más difusa y, en todo caso, no se teme a la reacción rusa por mucho que mencione su armamento nuclear en caso de supervivencia como Estado, cosa que tampoco define. Para EE. UU. se trata de avanzar en la reordenación geopolítica para reforzar su primacía internacional, con dos objetivos paralelos: aislar al poder emergente de China y su alianza con Rusia, a pesar de que no representan un peligro para la seguridad mundial, al menos a medio plazo, y subordinar a Europa bajo el mando y los intereses estratégicos y económicos estadounidenses.

Por tanto, oficialmente es un adiós a una defensa europea propia o a la llamada autonomía estratégica; ahora, lo posible y realista sería una OTAN al mando estadounidense. La ofensiva propagandística atlantista, el proceso de ampliación (Finlandia, Suecia y la incorporación de Dinamarca a la estructura militar), la reducción de los países europeos neutrales a prácticamente Austria y la colaboración del ejército ucraniano con las fuerzas militares de EE. UU. y la OTAN, aun admitiendo su no integración formal como concesión retórica a Putin, suponen la consolidación de la OTAN y la prevalencia de EE. UU. en los asuntos europeos.

Ante la agresividad imperialista rusa en Ucrania los países más cercanos, incluido Alemania y los nórdicos, buscan razonablemente un paraguas de seguridad. En un artículo reciente “La mitad de la población se opone al aumento del gasto militar”, aparte de lo señalado en el título, explicaba que la capacidad defensiva y el gasto militar europeo (sin la contribución estadounidense) cuadruplica los de Rusia; o sea, demuestra la suficiente capacidad disuasoria, incluida la nuclear de Francia y Reino Unido, como para que el Régimen ruso no se plantee una agresión a la Unión Europea.

Aquí hay una distorsión interpretativa. La propia Unión Europea ha asumido algunas funciones de coordinación militar, más bien en el ámbito de la fabricación de armamento, y solo con la creación de una fuerza común de 5.000 efectivos. Está claro que ese contingente no representa una capacidad disuasoria ante Rusia, las sociedades próximas que sienten su amenaza no lo consideran un paraguas suficiente, y solo está pensada para intervenciones en zonas secundarias, poco más que Frontex como Guardia de Fronteras.

Pero la cuestión es que la suma y la coordinación de los ejércitos europeos sí suponen una gran ventaja militar frente a Rusia, sin necesidad del amparo estadounidense. La debilidad europea viene derivada de haber renunciado a su capacidad de decidir autónomamente de forma coordinada, no de que no tenga suficiente capacidad militar y de defensa. La solución es política: la autonomía estratégica real con un plan político-económico y de seguridad propio.

La subordinación europea a la OTAN

¿Cuál es el problema? No la inferioridad militar europea, en su conjunto, cuya superioridad es evidente para el propio Putin, sino la falta de una estructura coordinada de defensa común. Es una cuestión política, de falta de determinación colaborativa de los Estados europeos, no de condiciones básicas para tener una fuerte capacidad operativa, suficientemente disuasora frente a cualquier adversario.

De momento y a pesar de los avatares de estas dos últimas décadas, la voluntad de las élites europeas es la subordinación de la defensa europea ante un mando operativo estadounidense, la ausencia de autonomía estratégica de los ejércitos europeos para determinar una línea de acción específica. La cuestión es que su supuesto modelo político, social, democrático y de relaciones internacionales, con características e intereses distintos del de EE. UU. y su proyecto imperial, no se puede consolidar con la subordinación estratégica-militar y de seguridad.

Hay que recordar, y lo reafirma el general José Enrique de Ayala (“Por qué lo llaman democracia cuando quiere decir poder”, 6/6/2022), que la misión de la OTAN no es promocionar la democracia frente a la autocracia, sino asegurar su primacía geopolítica y militar para defender los intereses de los países miembros y, sobre todo, los privilegios de poder de EE. UU. con la subordinación europea. Además, también ha estado compuesta por países autoritarios, tiene acuerdos con otros muchos y ha intervenido en causas injustas. Una vez desaparecida la URSS y el Pacto de Varsovia como potencia mundial casi paritaria, la OTAN no tenía un bloque de poder alternativo.

Es el declive de EE. UU. como imperio prepotente y exclusivo, particularmente en el campo político-económico, junto con la multipolaridad de intereses de poderes intermedios (China, India, Rusia, Irán…) y las tentaciones autónomas europeas lo que hace que las administraciones estadounidenses (con algunas diferencias entre demócratas y republicanos) intenten revertir el deterioro de su hegemonismo con una fuga hacia delante a través de su mayor fortaleza: incremento de la militarización y el intervencionismo.

Pero esa dinámica choca con varios obstáculos: la actitud opuesta al incremento del gasto militar y al riesgo de involucrarse directamente en una guerra, por parte de mayorías sociales amplias, principalmente, de las bases de izquierda; la renuencia de las élites políticas europeas (francesas, alemanas e italianas) que expresan sus propios intereses autónomos y a pesar del giro atlantista de la socialdemocracia nórdica (y española); la relativa neutralidad de los Estados con mayor población mundial, con guerras y conflictos diversos, y que se ven afectados por las graves consecuencias socioeconómicas y humanitarias por un conflicto, para ellos, secundario.

Cabría preguntarse ¿quiénes ganan y quiénes pierden? Los efectos son asimétricos: son muy graves para la población ucraniana, que es la que más sufre; son muy significativas para las sociedades europeas, socioeconómicas para la mayoría social y de seguridad para la periferia de Rusia, cuya población también sufre penurias; muy relevante para los países en desarrollo, con fuerte impacto alimentario y energético… Son menores para las élites estadounidenses que se benefician —especialmente su complejo empresarial militar, de hidrocarburos y financiero— de las ventajas comparativas en su competencia con la Unión Europea; aparte de desgastar a su potencial adversario, la alianza Rusia-China, y demostrar su poderío ante la dispersión multipolar del poder mundial. Y, singularmente, con unas consecuencias menores para el pueblo chino, beneficiado por el mayor flujo energético ruso y perjudicado por su menor relación comercial con la UE, vía la Ruta de la seda, por lo que también le interesa un acuerdo razonable para ambas partes.

La autonomía estratégica europea

La autonomía estratégica europea se debe asentar en un proyecto diferenciado, más allá de lugares comunes que le atan a EE. UU. como Occidente, el mundo libre o las democracias. Los valores europeos y el bienestar de sus sociedades, una vez superada la nefasta tradición competitiva de las dos guerras mundiales y el pasado colonialista, debieran apuntar a superar la guerra como mecanismo de resolución de conflictos y el militarismo como garantía (contraproducente) de la paz.

Es el debate de fondo, subyacente también en la próxima cumbre de la OTAN: reforzar el intervencionismo militar de la Alianza Atlántica (y su conexión Indo-Pacífico) o apostar por una auténtica autonomía estratégica europea. No para proyectar el mismo objetivo geopolítico y de dominación mundial, sino para avanzar en un orden socioeconómico y de regulación mundial más pacífico y cooperativo, a tenor de los grandes principios universales y del derecho internacional auspiciado por la ONU. Y, por supuesto, con garantías de seguridad y capacidad disuasiva ante los peligros derivados de la pugna de distintas élites nacionales-imperiales. Es la posición más realista para salvaguardar la prosperidad y la seguridad mundiales.

La Unión Europea, con la adición del Reino Unido para la estrategia de seguridad y defensa, y aparte de su poder económico-comercial, podría constituir un polo autónomo político-militar regional con influencia internacional. Obviamente, la determinación mayoritaria de las élites europeas no es esa, por mucha retórica existente. En ese sentido, si se es realista, no es compatible la subordinación de los ejércitos europeos a la OTAN con una política de seguridad y defensa propia y autónoma para hacer frente a los riesgos geopolíticos en la zona europea.

Lo máximo de una actitud reformadora supondría una suerte de confederación con EE. UU., con mandos propios europeos, con capacidad decisoria y operativa en Europa. Pero las posiciones europeas dominantes, incluido las francoalemanas, no parecen que se atrevan a tanto. Ya se sabe, existe una estructura vertical, el mando operativo siempre ha estado, desde su fundación en 1949, a cargo de un general estadounidense, mientras el cargo de secretario general, con funciones político-representativas, ha ido a parar a un líder europeo. La OTAN no es reformable a corto-medio plazo.

Esa dependencia estratégica también tiene sus costos para las sociedades europeas. De forma inmediata, está la realidad que se trasluce sobre las consecuencias económicas -incluida la inflación con pérdida generalizada de poder adquisitivo- y de seguridad para la ciudadanía europea ante la eventualidad de la prolongación y la agudización de la guerra incluida la amenaza nuclear, así como sus repercusiones de inestabilidad sociopolítica.

Habrá que esperar al desarrollo de la experiencia de las mayorías ciudadanas europeas (y del mundo) para comprobar la dimensión y la expresión pública que adquiere la indignación cívica masiva frente al deterioro vital, social, económico y político-cultural producido por esta estrategia insensata de la pugna imperial. Paralelamente, habrá que llenar de contenido y apoyo cívico una identidad europea autónoma, democrática y pacífica. Es la perspectiva de un nuevo movimiento pacifista y las tendencias progresistas frente a la involución autoritaria y militarista.

Las desventajas europeas comparativas respecto de EE. UU. por la prolongación de la guerra y los efectos de reducción de legitimidad pública de su clase política por el deterioro vital de sus sociedades es lo que está detrás de las preocupaciones de las élites francoalemanas (y otras) por mantener sus opciones de potencia autónoma de EE. UU. En un principio, la llamada soberanía europea no tendría una especial connotación progresista y pacifista. En el caso de Francia, revaloriza su escudo nuclear y su tradicional nacionalismo de gran potencia que abarca a África. En el caso de Alemania, con ese gran incremento del gasto militar de cien mil millones de euros, pretende elevarse a la gran potencia europea y, por sí sola, conseguir una abierta superioridad ante Rusia, cuando ahora está empatada, y consolidar su influjo económico-político en la UE y, en especial, en toda la zona centro oriental europea.

Por tanto, esa autonomía estratégica, aun sin una reorientación pacifista, serviría para paliar algunos de los efectos perniciosos del aventurerismo estadounidense en pro de su primacía mundial. Tenemos ejemplos recientes: la guerra en Irak con la oposición del eje francoalemán, intolerable insubordinación para EE. UU. que se encarga de castigar ahora, y el fiasco de Afganistán en que a petición estadounidense, poco legítima, tuvieron que participar los europeos a regañadientes en el marco de la OTAN… en mitad de Asia.

Lo que genera cierta división europea son las consecuencias actuales de la guerra en Ucrania y su gestión interna y externa, con la actitud precavida ante la estrategia de prolongarla hasta la hipotética victoria sobre Putin. Por un lado, las élites francesa, alemana e italiana, partidarias de activar las dimensiones diplomáticas para acercar un acuerdo, priorizando el acortamiento de sus efectos. Por otro lado, el Gobierno ucraniano y el estadounidense (con otros países europeos ‘dispuestos’) con la prioridad de derrotar al ejército ruso. Pero el foco se desplaza desde la inicial y justa exigencia ucraniana, como país injustamente agredido, a rechazar la criminal agresión rusa, al reajuste de poder internacional con la primacía de EE. UU. y el debilitamiento ruso, incluso su cambio de Régimen; y ello infravalorando los riesgos de una confrontación general.

Rusia, y lo sabe su élite, no tiene suficiente capacidad estratégica para imponerse a la Unión Europea en el plano militar; apenas ha demostrado eficacia para atacar al ejército ucranio, preparado y armado por EE. UU. y Reino Unido desde la secesión de Crimea. Pero tiene muchísima menos capacidad en los planos político y económico, como garantía para soportar un conflicto prolongado y duro. No hay riesgo de un ataque directo a la OTAN por su propia iniciativa. Se puede decir que sus objetivos imperiales son limitados a su inmediata periferia, en este caso la zona sureste de Ucrania, y para asegurar las garantías de su propia seguridad ante la amenaza de armas ofensivas, incluidos los convencionales euromisiles nucleares, que pudiera emplazar EE. UU., en las cercanías de su territorio, es decir, con capacidad destructiva rápida; es su miedo al expansionismo de la OTAN hasta sus fronteras. Y es lo que debiera resolverse mediante negociación, empezando por renovar los acuerdos de desnuclearización parcial rotos por los estadounidenses y en el marco de una nueva conferencia de seguridad europea.

Por otra parte, fue el presidente Trump quien amenazó con desentenderse de la seguridad europea (ante Rusia) y ante ese vacío se creó cierto vértigo europeo y el avance, haciendo necesidad virtud, hacia la autonomía estratégica europea, largamente acariciada por la representación institucional francesa (de derechas e izquierdas) desde De Gaulle, así como por los Gobiernos alemanes, principalmente socialdemócratas y verdes.

Es más, aparte del fiasco de la OTAN en Afganistán y su incumplimiento de la legalidad internacional en su bombardeo a Serbia y la independencia de Kosovo, la crisis más profunda de la alianza atlántica fue la intervención unilateral estadounidense y británica (con el apoyo del gobierno de Aznar) en la guerra ilegítima de Irak, con la oposición francoalemana y de todo el pacifismo y las izquierdas europeas. Fue el detonante público más reciente de la disparidad de intereses estratégico-militares del núcleo de la UE con EE. UU., así como de la evidente impotencia estadounidense para disciplinar a sus socios de la OTAN.

Como dice el sociólogo alemán Wolfgang Streeck, el rey, o mejor el emperador, ha vuelto para poner orden en Europa. Y salvando que el Partido Republicano, bajo Trump, no recupere la presidencia (y el Congreso) y chantajee a la parte europea con desentenderse de Europa para priorizar (e incorporarla) al frente Indo-Pacífico y el conflicto con China. Es una eventualidad que pone más nerviosa a la clase política europea, que tendría que tomarse en serio completar de forma mancomunada su defensa y seguridad propias.

Europa es un actor potente, en el plano político-económico pero también en el militar, a falta de su coordinación autónoma. La colaboración debería de ser entre iguales (también con China y Rusia), sin subordinación a la OTAN, o sea a EE. UU. y sus intereses imperiales, y con plena autonomía estratégica. El resultado es una tercera posición respecto de los dos bloques principales, EE. UU. y Rusia (China), compatible con los intereses de ciertas élites europeas modernizadoras y sensatas.

Pero no se trata solo de configurar otro polo más, con su hueco neocolonial al lado de otros grandes imperios. La autonomía estratégica o, si se quiere, la nueva identidad europea, tiene sentido para configurar una posición europea y mundial diferenciada de la política de bloques y el militarismo, siendo realistas con la seguridad propia e internacional, pero reforzando los componentes colaborativos, de desarrollo socioeconómico y sostenibilidad medioambiental a nivel mundial.

Para ello se necesita el estímulo y la cooperación de las tendencias pacifistas y de izquierda, europeas y norteamericanas (y rusas), cuya orientación progresista y participación relevante es imprescindible, superando el relativo desconcierto actual. Junto con la asociación de las mejores dinámicas colaborativas de los países menos desarrollados, desde América Latina hasta África y Asia, en pro de un orden social más justo y democrático, reforzando las agencias multilaterales, empezando por la propia ONU y la justicia internacional.

La tarea es compleja. El pacifismo europeo en los años ochenta (crisis de los euromisiles, oposición a la entrada de España en la OTAN) y en el año 2003 (frente a la intervención estadounidense en Irak), generó una amplia cultura democrática y participativa, con fuerte contenido ético y solidario. También permitió cierta renovación y regeneración de las izquierdas políticas. Y, como se ha dicho, forzó otra dinámica diferenciada de la política de ambos bloques militares, de la que, en parte, es deudora la actual apuesta por la autonomía estratégica europea.

Una actitud realista, pacifista y ética

La situación actual, con la invasión rusa de Ucrania, ha creado un nuevo reto, con la reconfiguración de aliados y adversarios y nuevos discursos. Frente al simplismo que se suele adjudicar a las izquierdas alternativas y pacifistas, como dice el intelectual francés Edgar Morin, es preciso un pensamiento complejo, combinando varias contradicciones y conflictos, así como estrategias realistas y multidimensionales y, al mismo tiempo, coherentes con los valores democráticos e igualitarios.

Precisamente, ahora no solo asistimos a una burda simplificación por la mayoría de los gobernantes y poderosos (la OTAN buena, Rusia mala), sino que todavía más, se ha desencadenado una presión política, mediática y moral para adscribirse a una opción simple: el apoyo a la OTAN. Y aunque queden residuos de algunos sectores prosoviéticos y prorrusos (incluidos sectores ultraderechistas), con posiciones simplificadoras que justifican a Putin y sus incursiones imperiales y ultraconservadoras, con aquella idea de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, esas posiciones nunca han tenido mucho peso en el movimiento pacifista y en la izquierda europea.

Ahora el simplismo corre, principalmente, a cargo del poder establecido y sus brazos mediáticos, estigmatizando cualquier crítica al militarismo de la OTAN. Pero ello les impide conocer la verdad de los hechos y elaborar respuestas adecuadas a los intereses de la ciudadanía. Por mucho poder que tengan la realidad se está abriendo paso. El pensamiento complejo, necesariamente crítico, aparte de ser objetivo, debe tener una funcionalidad ética, los derechos humanos y la democracia o los valores de igualdad, libertad y solidaridad. Son los fundamentos cívicos de la sociedad y de la convivencia de la humanidad. Es la tensión con el realismo de las relaciones de poder y para generar una masiva tendencia pacifista que condicione el diseño estratégico y la identidad europea.

Junto con un pensamiento complejo es necesario un enfoque realista ligado a una teoría crítica, igualitaria-emancipadora-solidaria, es decir, a los grandes valores del progresismo europeo y los derechos humanos. La tendencia mayoritaria en las élites políticas e intelectuales es el posibilismo adaptativo a las dinámicas dominantes de los poderosos. Es cuando en nombre del realismo analítico y político se desplazan los ‘principios’, se manipulan o se quedan en retórica formalista. Se trata del oportunismo convencional.

Desde luego, existen fundamentalismos y fanatismos. Pero estoy mencionando las readecuaciones estratégicas y de discursos, a veces cínicos, en momentos críticos donde se ventilan identidades políticas, trayectorias de legitimación política y procesos transformadores. El designio adaptativo no es a la realidad del poder y sus intereses. El faro son las necesidades y demandas de las mayorías populares, atendiendo a la realidad de las relaciones de fuerzas sociopolíticas y, en su caso, de los equilibrios estratégico-militares y de poder.

Un hecho llamativo, que señala bien Jürgen Habermas, ha sido el giro atlantista y militarista de los líderes de los Verdes alemanes, desde su inicial y constituyente cultura pacifista contra los euromisiles de la OTAN, como estrategia ofensiva. Ahora lo intentan legitimar a través de una reinterpretación simplista de la defensa de los derechos humanos y la soberanía de Ucrania, sin considerar implicaciones y consecuencias, así como sin coherencia con sus anteriores principios pacifistas. Todo ello con el aplauso de la derecha alemana y el Gobierno estadounidense (y ucranio), con el pasmo de la dirección socialdemócrata que recibe sus críticas por su prudente actitud.

Otro ejemplo, doméstico, es el giro de la posición sobre el Sahara, de la parte socialista del Gobierno con su presidente al frente. Ya no valen los principios de legalidad internacional, soberanía e integridad territorial de un país bajo la responsabilidad y administración de España y con la cobertura de la ONU. Lo ‘realista’, en este caso posibilista, es renunciar a ello, admitiendo su anexión por el Régimen marroquí (con el aval estadounidense y francés), bajo el chantaje de su amenaza sobre Ceuta y Melilla. Aparte de la pérdida de credibilidad internacional y legitimidad cívica para defender esos principios (empezando por el conflicto en Ucrania) y las consecuencias derivadas de la enemistad con el pueblo saharaui y Argelia, desde el punto de vista realista tampoco se ha asegurado la españolidad de esas plazas hispano-africanas.

Es más, el propio Rey Felipe VI, en su discurso ante los embajadores de la OTAN en la reciente conmemoración por la entrada de España, ha puesto el énfasis de los intereses españoles por garantizar el flanco sur de la OTAN, o sea, por asegurar la españolidad de Ceuta y Melilla, cuando la alianza atlántica se ha desentendido de ella al considerar que es de competencia exclusiva para España. La inquietud por la soberanía e integridad territorial española tiene fundamento, a pesar de la concesión ilegal sobre el Sahara.

Dejando aparte la probable intromisión marroquí en la vigilancia al presidente Sánchez y la ministra de Defensa Robles a través del sistema Pegasus, la respuesta institucional a su amenaza siempre quedaría en manos del propio ejército español, cosa que causa zozobra, dada la experiencia de 1975 con el Sahara. Una vez incumplidos los principios de soberanía e integridad territorial, al igual que EE. UU. en otros casos, y utilizarlos según convenga a los respectivos intereses nacionales (o imperiales), la prioridad política viene determinada por las desnudas relaciones de poder. Y la deriva inmediatista es a la adaptación a la voluntad del que manda, sin referencias estratégicas coherentes o legitimidad pública.

En definitiva, no es suficiente poner en el mismo plano, en todos los momentos y circunstancias, quiénes son los malos o los buenos. Esa inercia rígida es mala consejera para explicar los cambios, explicar los grises y las ambivalencias y elaborar alternativas adecuadas. Hay que analizar el papel de los actores en cada contexto y combinar las distintas prioridades. Eso sí, para evitar caer en el posibilismo adaptativo y hacer frente a las dinámicas reaccionarias y autoritarias, hay que considerar los grandes valores asentados en la experiencia igualitaria-emancipadora-solidaria de la humanidad. Las estrategias alternativas deben ser realistas y tener en cuenta las grandes tendencias estructurales y sociopolíticas de fondo. Y la democracia, la paz, la seguridad y el bienestar social siguen siendo objetivos fundamentales.

8/6/2022

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