La política de la ficción

Antonio Madrid Pérez

El término ‘ficción’ tiene varios significados posibles. Para explicar lo que quiero decir, escojo el siguiente: “Dar existencia ideal a lo que realmente no la tiene”. Al ver una peli de ciencia ficción, o leer una novela del mismo género, sabemos que lo visto, o lo leído, no es real, más allá de su propia existencia como narración inventada y como formato de película o de libro.

Con algo de imaginación, podemos pensarnos en mundos ficticios. Y si tenemos mucha imaginación, y posiblemente ganas de evadirnos de nuestra realidad, elegimos ficciones a las que engancharnos. Hace unos días, un amigo me hablaba de su hijo de 12 años. La psicóloga de la escuela le había dicho que al chaval todavía le costaba distinguir entre la ficción y la realidad, por lo que tendía a vivir como real lo que era fantasía. Algo muy común también entre adultos, tomados de forma individual y colectiva.

Las ficciones toman elementos de la realidad para construirse. Son estos elementos reales los que las hacen creíbles. Por ejemplo, los superpoderes de los superhéroes no son creíbles, pero sí lo son sus enamoramientos, sus debilidades que les hacen humanos, o sus tristezas y esfuerzos. Si pensamos en los mundos de Matrix, en los viajes de la Enterprise o los de Gulliver, lo que forma parte de nuestro mundo conocido y de nuestra forma de conocer se mezcla con lo fantasioso. Lo mismo sucede en los múltiples videojuegos que se han comercializado desde finales de los años 80 bajo el paraguas de ‘Final Fantasy’. Y así podríamos proponer numerosos ejemplos.

Las ficciones pueden ser formas de pensar un presente proyectado hacia el futuro. Esto lo hace Ian McEwan en Máquinas como yo y gente como vosotros (2019). Utiliza la ficción para pensar la relación entre los humanos y los robots. Y resulta de lo más interesante. En la misma línea podemos encontrar creaciones que van desde ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Philip K. Dick, 1968) hasta las sugerentes ficciones propuestas en la serie Black Mirror.

En la cultura contemporánea, de forma especial en nuestra cultura política, han proliferado las ficciones consistentes en dar existencia ideal a lo que realmente no la tiene. Son ficciones que engañan. Son ficciones de trampantojo. La cuestión es delicada por los motivos siguientes.

El uso de la política de la ficción que se critica en este texto es aquella mediante la que se intenta sustituir la percepción de la realidad por la creencia en la ficción propuesta. Por ejemplo, a nivel institucional la política de la ficción se utilizó para hacer creer a una parte de la población catalana que Cataluña ya era independiente. También se utiliza la política de la ficción cuando distintas fuerzas políticas dejan de hablar de los problemas reales que tenemos y de sus causas, y nos hablan de ficciones populistas que apelan a soluciones mágicas y simples. En el pasado, de quienes así actuaban se decía que vendían humo o que eran unos charlatanes. Hoy venden ficciones como trampantojo de la realidad.

El uso de la política de la ficción preocupa porque tiene aceptación social: ‘No me hables de la verdad, dime lo que quiero oír’. La ficción de la que hablamos no es un simple engaño, no es una mentira, es bastante más que eso. Se trata de una simulación de la realidad presente y futura con la intención de alterar el centro de atención. La política de la ficción funciona como un ilusionismo irracional.

En la medida en que da existencia ideal a lo que realmente no la tiene, la política de la ficción no solo dificulta la comprensión de la realidad, sino que dificulta la aparición de ideales transformadores. Desde un punto de vista racional, un ideal transformador, a diferencia de una ficción, ha de dialogar con la realidad que aspira a transformar. Comparado con la ficción, el ideal transformador es un exigente esfuerzo de racionalidad. Por ejemplo, no sería creíble, desde el punto de vista racional, una concepción transformadora del ideal de igualdad sin reconocer la existencia de mecanismos de discriminación y de los efectos que provocan en las personas y colectivos discriminados.

La política de la ficción se utiliza para manipular a la población. Prueba de ello es que quienes se gradúan en esta forma de hacer política al mismo tiempo muestran su capacidad estratégica para ejercer poder en términos reales. Así, por ejemplo, ejercen el poder que les ha otorgado el pueblo para destituir a policías que les molestan al investigar casos de corrupción, o para atacar a jueces que se empeñan en que se haga justicia. El mensaje que imponen al actuar de esta forma es real: la corrupción de mis correligionarios no se investiga. La ficción que se utiliza como trampantojo: la reorganización de un departamento para hacerlo más eficiente o incrementar la paridad de género en ese departamento.

Los últimos acontecimientos ocurridos a nivel internacional, la invasión de Ucrania por Rusia, es un ejemplo trágico de cómo el autoritarismo, y por lo tanto las violencias que genera y justifica, se alimentan de sus propias ficciones, pero se imponen de forma real.

27/2/2022

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