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Marx y el comunismo en la era digital (y ante la crisis eco-social planetaria)

Maia,

Madrid,

172 págs.

Asier Arias

A diferencia de obras recientes con importantes aires de familia, como Comunismo de lujo totalmente automatizado o Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro, el libro de Maxi Nieto Marx y el comunismo en la era digital (y ante la crisis eco-social planetaria) es un intento serio de sintetizar y divulgar un trabajo serio, y justamente por ello conviene tomarse en serio sus puntos ciegos.

A pesar de lo que el título pudiera sugerir, el objetivo perseguido no es el de ofrecer alguna nueva clave para alguna nueva lectura remozada de la obra de Marx. De hecho, de lo que se trata es de escribir esas páginas que Marx dejó en blanco: las relativas al diseño institucional de una sociedad comunista. No se le escapa al autor que fueron «buenas razones» (p. 65) las que motivaron esa omisión, aunque es probable que esas razones sean más profundas de lo que intuye y hayan de buscarse en la línea de continuidad que une la tradición ilustrada con la antropología marxiana, una línea en la que los atributos esenciales del ser humano se conciben como radicados en su relación con los productos de las actividades mediante las cuales crea e investiga espontáneamente. No es necesario aclarar la distancia que media entre esa tradición y la del socialismo utópico, en la que se inscribe, en último término, el texto que nos ocupa (si bien en él a los códigos jurídicos que Licurgo entrega acabados al pueblo se añade un generoso lote de códigos informáticos).

En realidad, y si a eso vamos, tan siquiera se trata, propiamente, de escribir aquellas páginas, porque ni a Nieto ni a ningún otro valedor del cibercomunismo le interesa demasiado la concepción marxiana del comunismo: no sólo recurren para presentarla a fragmentos aislados —extraídos, esencialmente, de la Crítica del programa de Gotha—, sino que se conforman de hecho con diseñar una ciudad ideal congelada en lo que Marx describiría —sin ir más lejos, en esa misma obra— como el embrión de una sociedad comunista —una ciudad ideal en la que la distribución sigue organizándose, en sus palabras, de acuerdo con «el mismo principio que regula el intercambio de mercancías».

Sea como fuere, no serán éstos los extremos en los que nos detendremos aquí. Tampoco haremos cuestión del manifiesto contraste entre la expresa conciencia de aquellas «buenas razones» y la prolijidad de la descripción literaria de la tecnociudad ideal desplegada en el capítulo noveno de Marx y el comunismo en la era digital: mientras el resto se resuelven en cuatro páginas, en este noveno se nos regalan más de cuarenta que, por añadidura, no hacen sino volver sobre el campo que Cockshott & Cia. llevan años trillando, y en particular sobre lo ya expuesto en Ciber-comunismo. Planificación económica, computadoras y democracia. En lugar de ello, nos contentaremos con poner brevemente el foco en las limitaciones materiales de esta ciberciudad ideal.

En la base de esas limitaciones encontramos, justamente, la noción de «límite». Nieto emplea ocasionalmente giros del tipo «límites ambientales», y da cuenta incluso de una cierta comprensión del significado del cenit de la era fósil que, sin embargo, se diluye al saltar de un párrafo al siguiente: «El potlatch fósil se acaba y nada podrá sustituirlo, pero de algún modo nos será dable disponer de insumos energéticos y minerales ilimitados para alimentar indefinidamente con ellos la infraestructura global del socialismo de la producción automatizada, las smart factories, el big data, el internet de las cosas, la computación cuántica, los superordenadores y la Vigésimo Novena Revolución Industrial». Hay, en efecto, un mundo lógicamente posible en el que nuestras sociedades continúan arrojando recursos escasos por esos sumideros tecnológicos y, al tiempo, se mantienen dentro de los límites planetarios, esquivando el caos climático, revirtiendo la sexta extinción masiva, la erosión de los ciclos biogeoquímicos y el grave escenario de escasez que asoma ya a la vuelta de la esquina mientras la población se concentra en ciudades para acudir a recitales de poesía y deja las fábricas en manos de robots y la producción de alimentos en las de una agroindustria fósil —¡ay!— sin insumos fósiles; se trata, claro, de un mundo lógicamente posible en el que las leyes de la física se determinan en los parlamentos.

En la interpretación cibercomunista, sólo al mercado cabe achacarle la incompatibilidad entre sostenibilidad y desarrollo tecnológico. Así pues, en esta interpretación, todo el que se aventure a señalar que existe una rama de la física llamada termodinámica no es sino un primitivista y un reaccionario movido por un odio ciego hacia las ciencias y la razón.

El apartado tecnológico sobre el que el cibercomunista levanta su ciberutopía flota sobre una balsa de petróleo, de forma que la complejidad de ese aparato no hará otra cosa que disminuir conforme vaya vaciándose la balsa. Las fantasías cibercomunistas coinciden en este punto con las de los austriacos: ambos pretenden que la física no importa, que todo depende exclusivamente de sacar o meter al mercado en la ecuación.

La ecuación cibercomunista no es, pues, muy complicada: capitalismo = mercado. Por su parte, nos dice Nieto, la crítica decrecentista del capitalismo resulta desorientadora por cuanto no pone en el punto de mira ese núcleo único de las relaciones sociales capitalistas. Dado que Nieto no cita más que un renglón de Ted Trainer, y dado que sugiere que Garrett Hardin —cuya «tragedia de los bienes comunales» acepta, por cierto, como válida— sería un precursor del decrecimiento, corriente cuyos principales exponentes ubica en el neokeynesianismo y el capitalismo verde —esto es, en las dianas a las que apunta cada uno de los dardos decrecentistas—, uno no puede menos que preguntarse en qué mercados habrá hecho acopio de materiales para la construcción de semejante hombre de paja —el espacio de posibilidades se reduce considerablemente cuando leemos la acusación de reduccionismo monetarista dirigida a los economistas ecológicos, que, en los hechos, llevan décadas haciendo hincapié en los motivos por los cuales el reduccionismo monetarista de la economía ambiental condena a la disciplina al absurdo: el mercado de la mala fe o el de la lectura superficial.

El mercado, nadie lo duda, es una de las claves de bóveda del entramado socioeconómico capitalista, pero hubiera estado de más explicarle a Marx que con él no se agotan los engranajes del sistema de producción, circulación, realización y distribución que describe en El capital. En este punto, frente a la unilateralidad de la crítica cibercomunista del capitalismo, la radicalidad de la decrecentista puede apreciarse en el hecho de que, lejos de obviar —como presume insistentemente Nieto— la irracionalidad mercantil —no por casualidad o capricho incide Carlos Taibo en el verbo «desmercantilizar» cada vez que se le presenta la ocasión—, expone junto a ella la del resto de los resortes del sistema socioeconómico capitalista.

Estirando su hombre de paja hacia los menos lucidos entre los lugares comunes, Nieto apunta orgulloso a la ventaja de su cibercomunismo sobre la crítica decrecentista del capitalismo: «Yo al menos tengo una propuesta». Efectivamente, también Fourier aventajaba a Marx en este terreno.

Frente a esta vara de medir demiurgos, la crítica decrecentista no puede presumir del interiorismo de sus falansterios ni, en general, del diseño de fantasías, pero nadie puede negarle el mérito de dirigir la atención al hecho decisivo de nuestro tiempo: el de que decreceremos, y lo haremos estrellándonos contra el mesianismo tecnológico compartido por liberales verdes, ultraliberales y cibercomunistas, o bien aceptando el compromiso político radicalmente anticapitalista al que obliga la asunción —por contraposición a la mera enunciación— de la existencia de límites biofísicos. El autor cita de pasada a Antonio Turiel, y también Antonio Valero aparece en una incidental nota al pie: buena compañía para digerir despacio el señalado hecho antes de seguir puliendo herramientas para planificar la economía de ciudades ideales (Petrocalipsis (Alfabeto, 2020) y Thanatia (PUZ, 2021) como puntos de partida).

Al los lugares comunes de la vacuidad («¿qué es lo que proponen ustedes?») y el primitivismo («¿la vuelta a las cavernas?») se suma el de la imprecisión de la propuesta decrecentista, pero no nos detendremos a matizar que nada hay de impreciso en señalar qué resulta imposible y por qué resulta, de hecho, imposible. La familiaridad con la economía termodinámica o la economía ecológica hubiera bastado para ahorrarnos la iteración de réplicas estériles.

Es de justicia reconocer que, prolongando la línea trazada en trabajos previos de su escuela, Nieto se mantiene a una distancia prudente —aunque ambigua por momentos— no sólo de los polos fatalistas y optimistas de la doctrina del determinismo tecnológico, sino de la doctrina en sí misma; y lo es asimismo hacer lo propio con la nobleza del fin perseguido. Con todo y con ello, la estridente retórica de su escasamente perfilada invectiva antidecrecentista no logra ocultar que la insuficiencia de los medios movilizados a aquel fin es directamente proporcional a las dificultades del autor a la hora de asimilar esas implicaciones de la existencia de límites biofísicos que el decrecimiento pone ejemplarmente de relieve. (Anotemos de pasada que es una lástima que Nieto no nos remita a sus fuentes de cara a sustanciar la curiosa opinión según la cual es «sin duda» posible el desacoplamiento absoluto y a escala global entre crecimiento e impactos ambientales [p. 143].)

El problema que preocupa a los cibercomunistas es el de la planificación de una economía por la que circulan cientos de millones de productos diferentes, pero en nuestra situación de extralimitación, y ante el inminente escenario de declive energético y material, el problema que debiera preocuparnos es, sencillamente, una economía por la que circulan cientos de millones de productos diferentes.

Cuanto cabe responder a este libro y a esta escuela es, en fin, que, efectivamente, «una propuesta puede estar formalmente bien fundada, ser internamente consistente, pero si su realización depende de condiciones materiales que no están disponibles, el resultado será inevitablemente insatisfactorio» (p. 92): para que las TIC pudieran erigirse en condición de posibilidad del comunismo y la «regulación racional del metabolismo ecosocial», primero deberían darse las condiciones materiales de posibilidad de la sostenibilidad de las TIC; pero huelga repetirlo: el eslogan «verde y digital» no es más que humor negro termodinámico.

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2022

La barbarie está inscrita en el concepto mismo de la cultura: como concepto de un patrimonio de valores que es considerado independiente no del proceso de producción en que los valores nacieron, sino de aquel en que perduran. De este modo, por bárbaro que pueda ser, sirven para la apoteosis de este último.

Walter Benjamin (1892-1940)

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