Conversación con Mario Barcellona

Entre pueblo e imperio. Estado agonizante e izquierda en ruinas

Mario Barcellona

Entre pueblo e imperio. Estado agonizante e izquierda en ruinas. Trad. de J.-R. Capella, A. Giménez Merino, J. L. Gordillo y J. Ramos. Trotta, Madrid, 2021

El jueves 10 de marzo tuvo lugar la presentación de la edición española de este libro, en que los traductores conversamos con el autor. A continuación, se reproducen, primero, las preguntas que le formulamos sobre los temas centrales del libro, seguidas de la respuesta unitaria que nos dio Barcellona, facilitada también por escrito para esta publicación. La presentación puede verse entera en el canal de youtube de la editorial, clicando aquí.

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LAS PREGUNTAS

1. Sobre el problema central del modo en que se distribuye la riqueza

Mario, de tu análisis de la experiencia del Estado Social se desprende la necesidad de recuperar formas de distribución igualitarias, aunque también la dificultad para lograrlo debido a la desaparición del sujeto colectivo que las hizo posibles en el periodo anterior al neoliberalismo.

Sin embargo, hay otras lecturas posibles de esto:

Por un lado, presenciamos la emergencia de nuevos sujetos colectivos que se enfrentan al neoliberalismo desde un plano de combate activo: tú mismo prestas atención a las corrientes sobre los bienes comunes (por tu interés por el aspecto redistributivo), pero menos al feminismo o al ecologismo.

Por otro lado, actualmente se está hablando mucho, en un contexto de índices elevados de paro estructural, de la falta de mano de obra en determinados sectores que no encuentran trabajadores dispuestos a continuar siendo explotados por sueldos miserables.

Y luego, diversamente a tu lectura del Estado Social en clave conflictual y redistributiva, hay otra que lo contempla en términos no sólo de luchas sociales, sino también de un momento transitorio de debilidad por el que habría pasado el capital.

Por tanto, ¿cómo evalúas la consistencia que presentan las fuerzas sociales involucradas en un cambio real de horizonte, en un contexto en el que el medioambiente y la desigualdad parece que vuelven a estar en un primer plano?

¿Qué análisis extraes del giro en las políticas públicas (en particular por lo que hace a Europa y a EE.UU.) que parece desprenderse de la fuerte inversión actual en la recuperación económica?

Y ¿crees que la importancia que ha dado la Comisión Europea a la contratación estable y a la inversión en energías renovables —aunque relativa, como hemos visto con las concesiones a las nucleares y al gas— tiene que ver con la necesidad de ampliar el consumo necesario para dar salida al problema de sobreproducción que asocias en tu libro al llamado “Capitalismo Cognitivo”?

2. Sobre los riesgos del “Capitalismo cognitivo”

Durante la pandemia han salido a la luz varios problemas ya previstos en tu análisis:

a) La demanda creciente de personal cualificado (capaz de trabajar a distancia, p. ej.)

b) La necesidad de aumentar el nivel general de los salarios (un tema de actualidad en España)

c) Cierta tendencia, a través de la inversión en líneas de producción automatizadas, a la relocalización de las corporaciones (o al menos de algunos segmentos de su producción) como modo de sortear el problema del bloqueo que se está dando en las cadenas globales de valor.

d) El crecimiento enorme de los negocios dedicados a la distribución por compras por internet

En tu opinión, Mario, ¿estos fenómenos confirman el análisis que haces en el libro o han de ser interpretados de otro modo?

3. El problema del poder acumulado por el sector financiero a raíz de la desregulación puesta en juego por el derecho neoliberal

Los datos actuales hablan de una prolongación del crecimiento de la economía financiera anterior a la pandemia, y es posible que aquí se encuentre el principal problema para una reversión del horizonte neoliberal. Lo vemos con las reticencias de los Estados (o con las dificultades para llegar a acuerdos globales) a la hora de echar mano fiscalmente a las operaciones cortoplacistas o a la elusión fiscal.

¿Ves alguna salida a este problema?

4. Los populismos, el contagio de la política y el riesgo autoritario

En cuanto a los populismos, tanto en tu país como en el nuestro estamos hastiados al ver cómo se han instalado ya no en movimientos nuevos (como lo fueron en su día 5-Stelle o La Lega, o Podemos y Vox) sino en la política cotidiana de los partidos. Quiero decir, que la lógica populista que vinculas a la insatisfacción general asociada a la movilidad social descendente (ese reloj de arena con una base cada vez más ancha representado en tu libro) parece haber contagiado a la política en general (cabe recordar las vicisitudes de las recientes votaciones a Presidente de la República en Italia o de la reforma laboral aquí).

En mi opinión, todo esto favorece sobre todo la derechización social, aunque al mismo tiempo también crea una sensación muy compartida de descrédito de la política. Vista la coyuntura actual, ¿consideras que estamos más cerca de un futuro gobernado por soluciones autoritarias a los grandes problemas del presente —pienso sobre todo en la ecología y la desigualdad— o por una recomposición de lo político con mayor presencia de los impulsos democráticos actuales?

LAS RESPUESTAS

Todas las preguntas que me ha formulado Antonio son cruciales, básicas, y giran en torno a dos ejes:

  • si se atisban señales, nuevos elementos de esperanza, que permitan pensar que algo está cambiando en la sociedad y en la política;
  • cuáles son los espacios de resistencia que las estructuras instituidas de la política siguen oponiendo a la puesta en marcha de estas posibles transformaciones.

Estas son las preguntas razonables que nos hacemos todos, en particular tras el trastorno provocado por la pandemia en nuestras sociedades y en nuestras vidas.

Antonio sitúa las razones posibles de la esperanza en tres planos:

  • el desarrollo de nuevos sujetos alternativos, de nuevos movimientos que cuestionan las estructuras instituidas de la sociedad;
  • la rápida evolución de las políticas económicas de la Unión Europea, desde la intransigencia neoliberal anterior hasta el intervencionismo público actual;
  • la regresión de los procesos de globalización.

Trataré de razonar sobre estas tres nuevas fenomenologías utilizando las categorías de las que me he servido en el libro.

Las fenomenologías de la esperanza

(a) La evolución de los nuevos sujetos alternativos

Muchos de estos sujetos nuevos están presentes en el escenario social desde hace tiempo. En Italia, tienen en el movimiento “Cittadinanza attiva” su expresión más inclusiva y políticamente elaborada.

Creo que estas nuevas subjetividades aún están lejos de resolver el problema de la crisis de la política, pero también que resultan sumamente útiles a tal fin.

Estos sujetos alternativos han crecido a partir del pensamiento de la llamada “postdemocracia” (C. Crouch) y de la llamada “democracia deliberativa” (J. Habermas), es decir, a partir de la idea de que más allá de las instituciones democráticas en crisis hay un “fuera” sano, capaz de tomar el relevo, agregando a los ciudadanos en torno a los problemas específicos que la democracia ya no es capaz de resolver y, desde éstos, suscitando movilizaciones.

Esta manera de pensar no me convence por dos motivos:

  • porque la crisis de las instituciones tiene que ver en gran medida con una mutación antropológica vinculada, primordialmente, a lo de “fuera”;
  • y porque la perspectiva de los problemas específicos deja de lado que éstos requieren de unas mediaciones que sólo se pueden dar desde la política.

Intentaré explicarme mejor.

Nadie duda que la democracia debe aterrizar en lo concreto. Sin embargo:

Primero: la evanescencia de los sujetos colectivos del pasado (los partidos políticos, los sindicatos, las formaciones sociales intermedias) se debe a una mutación del horizonte de sentido que ha afectado a la sociedad en su conjunto, incluso antes que a sus instituciones. Me refiero a la atomización (el individualismo de masas) y la liquidez de las sociedades, socializadas desde los años 80 del siglo pasado en el consumismo y el pensamiento único, en detrimento de formas de agregación en torno a concepciones generales del “estar juntos”.

Esta es la razón por la que no existe un “fuera” bueno en contraposición a instituciones malas.

Segundo: la agregación política del pasado se producía en torno a ideas generales que remitían a visiones consistentes de la sociedad y, sobre todo, que implicaban criterios de mediación entre los intereses particulares y contradictorios que se daban en su seno.

Los nuevos sujetos, en cambio, también producen agregaciones ciudadanas, pero de naturaleza particular, y por tanto esencialmente impolítica. Y ello debido a que no están en condiciones —estructural, programáticamente— de ofrecer criterios de mediación entre los distintos niveles del conflicto que, necesariamente, están implicados en cada problema aparentemente particular: el problema de los bienes comunes y del agua —al que me refiero en el libro— es, a este respecto, ejemplar.

En otras palabras, cuando se parte de lo particular y lo concreto se permanece en lo particular y lo concreto. Mientras que la política —en el sentido fuerte del término— consiste, distintamente, en la transposición de lo particular y lo concreto en una visión del mundo.

Con todo, esos sujetos y sus movimientos son útiles, como lo es el cuajo al queso: producen coagulaciones de la sociedad líquida, permiten pensarnos como personas que tenemos que ver con otras personas y entender que, juntos, podemos conseguir objetivos inalcanzables solitariamente.

Sin embargo, sin una unificación de lo particular y lo concreto en la política, dichos sujetos quedan atrapados, en el fondo, en el horizonte neoliberal de la “contingencia”, es decir, dentro de la lógica de lo eventual y de las respuestas nudamente inmunitarias características de nuestro tiempo.

Caso aparte es el del ecologismo, ya que éste trae consigo una nueva manera de ver la sociedad. Y por ello tiene el potencial de perfilarse como la nueva forma de la política.

(b) El giro de las políticas económicas de la Unión Europea

Lo de la UE actual parece un fenómeno de otro mundo.

Pero antes de intentar descifrar este cambio, quisiera hacer una precisión relativa al Welfare State.

No creo que la aparición del Welfare deba ser explicada en términos de la debilidad del capital de su tiempo: se venía de la reconstrucción posbélica y del boom económico, y la economía era próspera y pujante.

Creo, en cambio, que lo decisivo fue la fuerza del trabajo y de las organizaciones sindicales; y unida a ellas, la fuerza de la política.

Por la misma razón, el ocaso del Welfare tiene su origen en la contraofensiva del capital contra las fuerzas del trabajo, con las armas de la tecnología, de la globalización y de las deslocalizaciones. A lo que se sumar la progresiva descomposición de la —como diría Lukács— “conciencia de clase”, es decir, de la política y de las organizaciones del trabajo como consecuencia de la individualización consumista.

El motivo de esta introducción es que sugiere una distinción entre welfarismo y keynesianismo.

El welfarismo incorpora un modelo de relaciones sociales que no se limita a la intervención pública en la economía en que consiste el keynesianismo —y que concede a éste una respuesta limitada a problemas económicos coyunturales—.

Generalizando, esto me hace pensar que las políticas europeas actuales son más keynesianas que welfaristas: consisten más bien en una retirada temporal del neoliberalismo que en una conversión al Welfare.

Este intervencionismo sin precedentes de la UE es un reflejo, por otra parte, de aspectos coyunturales evidentes y sumamente importantes: la caída histórica del PIB en toda la eurozona provocado por la pandemia y el efecto de arrastre derivado de la interconexión entre las economías europeas.

Contrariamente, el regreso —acaso con formas distintas— del Welfare exigiría una actividad en dos frentes: frenar el “libre establecimiento” —la deslocalización— y una nueva sensibilidad hacia las desigualdades y hacia la prevalencia de las necesidades sobre el mercado. Y no me parece que la UE haya llegado a conclusiones de este tipo.

Sin embargo, algo se ha roto en el horizonte de la UE, por lo que sería un error infravalorar la importancia del giro actual en términos comparativos con el mantenimiento inexorable del verbo neoliberal en el pasado, tal y como éste fue conjugado durante la crisis griega. Lo cual no significa que sea suficiente, al menos mientras la política no consiga salir de nuevo a la luz.

(c) La regresión de los procesos globalizadores

Aquí convergen tres fenómenos, dos de los cuales parecen ir a contracorriente respecto a la tendencia que se espera de la globalización, mientras que el tercero parece en cambio confirmarla. Esto es: por un lado (c/1), la creciente demanda de trabajo cualificado dentro del contexto general de paro generado por la globalización y (c/2) la “repatriación” de muchas empresas en contraste con la deslocalización salvaje precedente; por el otro (c/3), el desarrollo del comercio electrónico y el hundimiento del comercio tradicional.

(c/1. La oferta insatisfecha de trabajo hiperespecializado)

Sobre el primero de estos fenómenos (la oferta a menudo insatisfecha de trabajo hiperespecializado) creo poder afirmar que la existencia de déficits sectoriales no contrarresta la tendencia decreciente asociada a la robotización y la inteligencia artificial.

Como consecuencia de estos procesos, la oferta de trabajo requiere necesariamente de una mayor recalificación y su satisfacción puede topar, inicialmente, con dificultades. Pero lo que cuenta al final es el balance entre la mayor demanda de trabajo hipercualificado y la menor demanda de trabajo en general. Y este balance, ciertamente, es negativo.

En mi opinión, el crecimiento de la demanda de trabajo hipercualificado debe ser valorado tanto en relación con la coyuntura de transformación tecnológica en que las empresas están embarcadas en este momento, como en relación con la sustitución del trabajo por las máquinas y la inteligencia artificial, que a la postre terminará por alcanzar también al trabajo hipercualificado.

Un dato poco conocido es la creación en China de las dark factories, empresas que lo hacen todo —desde el encargo de materias primas hasta la entrega del producto acabado— sin empleados: sólo mediante robots e inteligencia artificial.

Creo, pues, que el problema del paro tecnológico seguirá siendo central en nuestras sociedades, al menos hasta que éstas no cambien de una forma u otra.

Además, hay que considerar que el recurso al crecimiento del “sector terciario” tiene sus límites:

  • porque, desde el modo actual de concebir la sociedad, tarde o temprano se hará difícil crear nuevos servicios;
  • y porque nuevos servicios a las empresas comportarían el riesgo de absorber los ahorros que éstas han conseguido a través de la tecnologización de los procesos productivos; y nuevos servicios dirigidos al Estado terminarían por colapsar las cuentas públicas.

Por todo ello pienso que el problema subsiste y que su solución sólo puede depender de (i) la reducción universal del tiempo de trabajo y (ii) la reorientación de las profesiones, las viejas y las nuevas, hacia la persona (tercera edad, dependencia, educación y cultura, etc.) y hacia el cuidado del territorio (su mantenimiento y resistematización).

Ambos caminos implican una transformación del modo de concebir la sociedad y la relación de ésta con la naturaleza. Y por tanto dependen, esencialmente, de la política.

(c/2. La vuelta de las empresas a sus territorios de origen)

La repatriación de muchas empresas es un fenómeno nuevo e interesante que, a primera vista, depende de muchos factores:

  • el aumento de los costes del transporte;
  • las guerras aduaneras entre EE.UU. y China;
  • las políticas trumpianas;
  • la falta de personal hipertecnologizado;
  • la reducción de las brechas salariales.

Pero también es posible interpretarlo como el inicio de una fase nueva de la globalización, atribuible a dos factores:

  • una percepción de victoria final por el capital globalizado, que habría dejado de temer las resistencias locales de las fuerzas del trabajo y la injerencia de la política. O en otras palabras: la desaparición de la razón de ser de las deslocalizaciones;
  • la evolución de la transformación técnica de la producción, la cual, al reducir la fuerza de trabajo empleada, consigue reducir también la incidencia de la brecha salarial: ésta habría dejado de compensar los costes del transporte.

A decir verdad, soy escéptico a la hora de atribuir todo esto a un patriotismo sobrevenido del capital o a una sensibilidad social nueva y, por ello, me es difícil interpretarlo como una regresión estructural de la globalización y de sus efectos negativos sobre la sociedad.

Pienso en cambio que, en términos generales, mientras la globalización siga confiriendo poder al sistema empresarial, será más fácil que se reoriente en función de las conveniencias cambiantes de éste que no que se renuncie a ella.

Es preciso dejar anotada, sin embargo, la posibilidad de que, en el reflujo actual, si éste se confirma, anide una contradicción de esta fase de la economía susceptible de ser aprovechada por una política renovada.

(c/3. La explosión del comercio electrónico)

Me parece fuera de toda duda que el e.commerce simboliza el tipo de procesos que, desde mi punto de vista, caracterizarán el futuro.

Amazon no sólo margina al resto de empresas de transporte, sino que sobre todo desintegra el tejido económico y social del pequeño comercio local, ya golpeado por las grandes cadenas de los centros comerciales.

Y no sólo eso. El desarrollo del comercio electrónico produce también la “colonización”, sobre todo, de la pequeña y mediana empresa industrial a través de productos destinados al consumo directo: el estrangulamiento de las producciones menudas ya era conocido en el sector agroalimentario, pero ahora se está generalizando.

Sin embargo, esa misma colonización deja abierto un territorio de alianzas contra el poder excesivo del gran capital, que una política renovada podría promover.

Es un hecho, en suma, que el mundo está cambiando en comparación con la globalización precedente y que estos cambios, de alguna manera, abren grietas en la estructura compacta de la economía global. Una política renovada podría penetrar en esas grietas para cambiar a su vez la orientación del desarrollo.

Los motivos de incertidumbre

Pero justamente en relación con las posibilidades de recuperación de la política, las observaciones de Antonio arrojan muchas inquietudes, al (a) destacar la incapacidad de la UE para domesticar al capital financiero y (b) diagnosticar un contagio populista de la política y de las instituciones.

En este plano, sin embargo, no soy tan pesimista.

(a)  La falta de domesticación del capital financiero mediante fiscalidad y regulaciones específicas

El capital financiero se limitó a abrir el camino a una globalización que pronto se extendió al gran capital industrial y comercial.

No obstante, eso no se produjo por casualidad. Lo que muestra, más bien, son las interconexiones existentes entre los diversos sectores de la economía.

Si por un lado los procesos de globalización han acrecentado enormemente los márgenes de beneficio del gran capital industrial y comercial, por otro la demanda global ha dejado de estar en condiciones de satisfacer las eventuales reinversiones de dichos beneficios en una ampliación de la base productiva. Lo cual explica que los enormes beneficios de estas últimas décadas se hayan destinado en gran parte a la inversión en el sector financiero.

Esto ha suavizado las contradicciones ya estudiadas por Hilferding entre el capital financiero y el capital productivo, volviendo más compacto el capitalismo cuando menos en este aspecto. Y es lo que explica que las eventuales medidas fiscales y reguladoras dirigidas al control del capital financiero acaben chocando con la solidaridad de las potencias económicas globales.

Esa firmeza, al final, hace que se desvanezcan las “buenas intenciones” de la UE. Una UE que se encuentra, por otra parte, teniendo que afrontar las dificultades provenientes de la debilidad de las instituciones nacionales, dependientes de una deuda pública mayoritariamente prestada por el capital financiero.

Todo ello pone a las claras —creo— que sólo a través de una política revigorizada y girada hacia un horizonte verdaderamente europeo sería posible romper esa solidaridad del capital.

(b)  El contagio populista de la política y de las instituciones

Para abordar esto, comenzaré con la distinción entre populismos y decaimiento de la política, así como con la inversión de los procesos causales que la hipótesis del contagio da a entender.

Los populismos son fruto del tipo de protesta característico de las sociedades individualizadas y líquidas, por lo que lo son también de la muerte de la política y de los partidos de masa/ideológicos, que antiguamente la canalizaban y la transformaban en crítica de las relaciones sociales existentes y en tensión hacia una sociedad “por llegar”.

El decaimiento de los partidos y de la política escenificado por los populismos tiene el mismo origen, pero es anterior y más grave. En su desintegración, distintamente de lo que sucede con el populismo, no anida la protesta, sino el oportunismo, los intereses personales y, sobre todo, la pleitesía al establishment. Los populismos, con toda la confusión e ingenuidad que se les quiera atribuir, nacen justamente en oposición a ello.

De ahí que los populismos hayan supuesto una oportunidad para la regeneración que los partidos tradicionales, sobre todo los de la izquierda, han desaprovechado. Con la consecuencia de que la resistencia de éstos ha acabado por barrer lo positivo que anidaba en esos mismo populismos.

Es indudable que a quien favorece la crisis de los populismos y la ulterior deriva conservadora de los partidos políticos es a las derechas, cuya peligrosidad reside en haber juntado la protesta (que con la crisis de los populismos ha dejado de tener voz) con una oferta identitaria (que los populismos no habían logrado elaborar) y con el terreno propenso para la idea tecnocrática de un “salvador” (que la crisis de la democracia vuelve cada vez más popular).

Pero lo crucial, en mi opinión, es que el peligro para la democracia procede no sólo de la derecha, sino —probablemente en mayor medida— de los partidos tradicionales, pues el haber dejado atrás cualquier referencia política y cualquier arraigo social los arroja a los pies del poder tecnocrático y de sus símbolos.

Del nuevo culto a la competencia y de los intentos soterrados de sustituir el modelo constitucional por una concentración vertical del poder procede, en mi opinión, el peligro mayor para la democracia.

Todas las tribulaciones de la elección de Mattarella se entienden desde esa clave, algo menos peyorativa que la interpretación dada por los medios de comunicación huérfanos de Draghi (a quien han apoyado sin pudor alguno hasta el final). Se entienden si se mira el esfuerzo de todos los líderes de los partidos tradicionales para que Draghi saliera elegido como presidente de la República, suscitando la protesta de los diputados en una última e inconsciente reacción dirigida a impedir la estocada final a la democracia parlamentaria.

Una sucinta conclusión

En suma, la tarea prioritaria consiste en impulsar una reforma de la política. El gran cambio que nuestras sociedades necesitan, desde mi punto de vista, depende de esto.

Una reforma precisada —en mi opinión— de dos cosas —se podría decir que con carácter preliminar— sobre las cuales todos estamos llamados a reflexionar.

La primera es la necesidad de forjar nuevas imágenes de la sociedad y del estar juntos en ella. Probablemente, esto ya no puede hacerse con el mismo lenguaje del pasado. Pero estoy convencido de la vigencia de la distinción entre individualismo y solidaridad, entre el para uno mismo y el para todos, y por tanto de la necesidad de pensar colectivamente sobre esta distinción y sobre el modo de volver a articularla hoy. Porque hacerlo —podéis estar seguros— no es una tarea sencilla.

La segunda es que la reforma de la política pasa por una nueva mutación antropológica, transita a través del camino que va del modo individual y líquido en que las personas se conciben y conciben sus relaciones con la naturaleza a una nueva concepción basada en la pertenencia y la agregación. Y no tanto, o no solo, en el plano teórico, sino sobre todo en las prácticas, empezando por las cotidianas.

Para explicarme mejor, me gustaría apoyarme en dos ejemplos, dos citas, que a pesar de su origen se mencionan aquí con espíritu laico.

El primero proviene de un libro (laico) sobre Juan Bautista y Jesús de Nazaret, donde se explica que la diferencia entre ambos y el motivo del éxito de la prédica del segundo y del olvido de la del primero reside en la “carne”: Juan estaba en el desierto y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre, mientras que Jesús frecuentaba los pueblos y compartía con todos el pan y el vino.

El segundo proviene de una advertencia del papa Francisco en uno de sus primeros discursos públicos: el pastor debe oler a oveja.

La política pone en marcha su regeneración desde el momento en que procede a compartir el pan y el vino y cuando sus “ministros” aceptan oler a oveja.

La problemática ambiental creo que será el lugar electivo donde la política, esta política otra que comparte el pan y el vino y huele a oveja, encontrará rápidamente los argumentos y la fuerza que necesita para refundarse.

Por concluir, hoy no he hablado de lo que explico en mi libro, pues de lo contrario no haría falta leerlo.

Pero sí quisiera decir algo con relación al mismo.

Este libro nace de una desorientación, de la sensación de que el mundo que conocí y en el que crecí era ya irreconocible. Y de la ceguera ante el nuevo mundo a la que parecía ser condenado por el saber sobre el que había basado mi formación.

La producción jurídica que escapa de los parlamentos, de la soberanía popular, y queda en manos de los magistrados, las organizaciones supranacionales y los amos del mercado y del algoritmo.

La sensación de que el mundo está atravesado por la tensión entre el para uno mismo y el para todos, de que los vencidos de hoy todavía pueden imaginar una sociedad distinta, de que sobrevive un espacio para el conflicto y para una justicia hoy evaporada, sumergida en una ciénaga en la que cada cual mira por sí mismo y todos aspiran a un éxito que parece al alcance de la mano sólo por estar así representado.

Los partidos y los sindicatos —esas grandes construcciones de más de un siglo de luchas por la libertad y la justicia— besando el suelo, aplastados por las élites contra las que habían combatido, pisoteados por un pueblo convertido en la multitud dispersa de Hobbes.

El Estado, el “cuerpo del rey”, descuartizado, con sus miembros, su “soberanía”, hechos suyos por un Imperio sin ubicación y sin símbolos, por potencias globales sin nombre y sin fronteras.

Y una izquierda —con muchas cosas por las que pedir perdón, pero también con conquistas brillantes de las que presumir— reducida a mentora del mercado, a sostén de los poderes locales, a acompañamiento musical en los programas televisivos de entrevistas.

¿Es real todo esto que parece haber sucedido? ¿Cómo ha podido suceder? ¿Hasta qué punto aquello que parece algo del ayer está realmente muerto? ¿Cómo se puede entender el presente? ¿Aún es posible pensar alternativamente?

El libro habla, justamente, de esta desorientación que padezco y de la necesidad que siento de encontrar una respuesta a estas preguntas.

[Presentación y traducción de Antonio Giménez Merino]

10/2/2022

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