Italia en el huracán de la crisis: de la dimisión de Berlusconi al nuevo gobierno de Monti

Gianluca Scroccu

1. Un cambio repentino que no sorprendió a nadie...

El 12 de noviembre de 2011, Silvio Berlusconi dimitió como presidente del gobierno de la República Italiana. Al día siguiente, el profesor Mario Monti, nombrado pocos días antes senador vitalicio, recibió del Presidente de la República y auténtico director de la crisis de gobierno, Giorgio Napolitano, el encargo de formar un nuevo gobierno. Nació así un nuevo Ejecutivo formado por “expertos”, auspiciado por los principales líderes europeos e internacionales para devolver credibilidad a una nación que corría el peligro de hundirse dentro de una crisis sin precedentes y de arrastrar consigo a toda Europa. El 16 de noviembre, el nuevo gobierno juró ante la Constitución y, en los días siguientes, obtuvo la confianza en la Cámara de los Diputados y en el Senado gracias a una amplísima mayoría que incluía tanto al Partido Democrático como al berlusconiano Pueblo de la Libertad, pasando por el llamado “Tercer Polo” formado por los democristianos de Pierferdinando Casini y los acólitos del presidente de la Cámara de los Diputados, Gianfranco Fini. Los únicos que optaron por quedarse en la oposición fueron la Liga Norte de Umberto Bossi y la Italia de los Valores de Antonio Di Pietro.

El nuevo gobierno presentó unos presupuestos durísimos dirigidos a reducir la deuda pública del país (120% del PIB) sobre todo a través de una fuerte reducción del gasto público, con recortes y la elevación de la edad de jubilación, amén de la introducción de nuevos impuestos y el aumento de impuestos indirectos como el IVA que afectarán en particular a los asalariados. Se trata, pues, de un golpe durísimo para un país en recesión crónica, con una producción industrial en crisis y con una clase dirigente cuya debilidad ha provocado en los últimos meses la rabia popular y de las clases medias contra la que se ha dado en llamar “la casta” de los políticos y sus privilegios (no solamente económicos), calificados de insostenibles.

2. La salida de Berlusconi

La situación del expresidente del gobierno se había vuelto insostenible en el último año. La moción de censura que presentaron Casini y Fini el 14 de diciembre de 2010 fracasó por un pequeño puñado de votos que Berlusconi se aseguró sobornando a diputados del Partido Democrático y de la Italia de los Valores. A partir de entonces, y hasta noviembre de 2011, el gobierno fue arrastrándose entre muchas dificultades ligadas tanto a los problemas con la justicia y a los escándalos sexuales en los que estaba implicado Berlusconi como a un panorama económico cada día más alarmante. Una crisis que el Ministro de Economía, Giulio Tremonti, ya no controlaba y que había colocado Italia bajo la lupa de los grandes agentes del capitalismo financiero internacional, desde el BCE y el FMI hasta las agencias de calificación, que fueron rebajando la nota de solvencia del país. De ahí que el Presidente de República, Giorgio Napolitano, emergiera como el único referente de la política italiana por su larga trayectoria en la vida institucional del país (fue presidente de la Cámara de los Diputados, Ministro del Interior y senador vitalicio) y por su pasado de protagonista en las filas del Partido Comunista Italiano.

Berlusconi quedó prisionero de una realidad que ya no podía negar pese a su poder mediático y al control de la mayoría de los medios de comunicación, incluidos los públicos. El hombre que había fundado su poder sobre la base de aplicar en política las lógicas de la mercadotecnia y de la venta de sueños inspirados en los anuncios de publicidad, tuvo que rendirse ante una situación económica caracterizada por la implosión del sistema industrial y por las dificultades de unas cuentas públicas que, encorsetadas por los vínculos del pacto de estabilidad europeo, no podían secundar sus tendencias populistas. En 1994, Berlusconi se presentó en la escena política prometiendo una “revolución liberal”. Hoy, de aquella promesa, no queda rastro. Al contrario, en los últimos quince años el país asistió a la reedición de una de las mejores especialidades de la vieja Democracia Cristiana y del inefable Partido Socialista de Bettino Craxi: la ocupación sistemática de empresas públicas por parte de hombres de su confianza que contribuyó a empeorar la gestión administrativa y burocrática de la maquinaria estatal; los repetidos escándalos protagonizados por muchos aventureros de su “corte” pusieron de manifiesto esta tendencia al latrocinio del berlusconismo político (en este sentido, bastaría con recordar la bochornosa corrupción ligada a la reconstrucción de la región de los Abruzos, devastada por un terrible terremoto en 2009).  

Con todo, el legado más dramático de los últimos veinte años de la política italiana ha sido la ausencia total de una clase dirigente a la altura de las circunstancias en una escena pública que se ha convertido en una arena mediática, en la que el gobierno y las representaciones institucionales han sido presentados como productos electorales que podían ser comprados por ciudadanos-consumidores. En suma, el político como mercancía que se proponía al cliente con una frecuencia cada vez más frenética.

Sin embargo, todo esto no trajo un cambio de gobierno legitimado por las urnas, sino un comisariamiento tecnocrático que nos obliga a preguntarnos y a reflexionar acerca de la vitalidad y la calidad democráticas de Italia y del poder real de los ciudadanos a la hora de incidir sobre los procesos políticos. La alegría de los miles de italianos que se congregaron en la sede de la Presidencia de República por la caída del hombre que durante tanto tiempo había encarnado el poder público, duró bien poco ante la penosa situación en la que vertía el país y un epílogo que casi seguramente se había decidido lejos de Roma. Expresiones como “el riesgo de la bancarrota”, “el peligro de la insolvencia” o “el efecto Grecia” no sólo no desaparecieron con la dimisión de Il Cavaliere, sino que siguieron y siguen centrando la atención de la sociedad. En definitiva, los italianos han entendido la situación en la que se halla tanto el país como el nuevo gobierno, que tendrá que ser capaz de salvar Italia de la catástrofe y de medidas como la suspensión de pagos de los sueldos de los funcionarios, el “corralito” de argentina memoria, la inmediata suspensión de las actividades productivas y el colapso de los sistemas sanitario y educativo. En definitiva, la prima de riesgo y las dos cartas que Trichet y Draghi enviaron el pasado otoño a las autoridades italianas (auténticos ultimátums sobre las duras medidas que se habían de tomar para “dar confianza a los inversores”) fueron los que acabaron con Berlusconi, y no los partidos de la oposición y las protestas que se desarrollaron en los últimos años.

3. El ascenso de Mario Monti

El 9 de noviembre Giorgio Napolitano nombró al profesor Mario Monti senador vitalicio de la República Italiana. Fue una jugada táctica concebida para legitimar a quien, desde hacía mucho tiempo, era aclamado por muchos como una especie de “salvador de la Patria”. Después del nombramiento de Mario Draghi como gobernador del Banco Central Europeo, Monti, docente de la elitista universidad milanesa “Bocconi” y excomisario europeo en los años noventa, era visto como la única persona con la autoridad suficiente para “tranquilizar a los mercados” y destensar las relaciones con los gobiernos de la zona Euro y del G20.

En cuanto al segundo punto, no cabe ninguna duda sobre la discontinuidad que ha marcado el nuevo presidente con respecto al berlusconismo en tema de comportamiento y “saber estar”: los chistes horteras, las alusiones sexuales, los criterios estéticos convertidos en criterios políticos y las vulgaridades de toda laya han dejado paso a un estilo de gobierno sobrio, esencial y extremadamente académico. En este sentido, podemos hablar de un retorno a la normalidad después de años de excesos que habían menoscabado la credibilidad internacional del gobierno de Roma.

Más complicado es poner orden a la desballestada economía italiana. Al respecto, el gobierno está decidido en pivotar su acción sobre el cuestionamiento de los criterios económicos franceses y alemanes acerca de cómo salir de la crisis (sobre todo en relación con la negativa alemana de crear los eurobonos) y de la revisión sistemática del gasto público finalizada a una mayor eficiencia de algunos sectores estratégicos (in primis, educación y sanidad), frente a los recortes generalizados que impuso el gobierno de Berlusconi en todos los sectores de la economía sin ningún criterio ni prioridad.

No han faltado las críticas dirigidas al mismo Monti, considerado poco independiente respecto al poder de los bancos por su pasado de consejero de Goldman Sachs y por el potencial conflicto de intereses que afecta al nuevo Ministro de Fomento, Transportes e Infraestructuras, Corrado Passera, exdirector del potente Banco Intesa. No es de extrañar, pues, que los presupuestos del nuevo gobierno, llamados “presupuestos Salva Italia”, hayan sido vistos como un programa económico impuesto por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional antes que como un programa consensuado y apoyado por las fuerzas parlamentarias. Piénsese en el ya citado aumento del IVA y en la reforma de las pensiones anunciada por una lloriqueante Ministra del Trabajo, Elsa Fornero. En fin, no han sido pocas las críticas a unos presupuestos que han aumentado la carga fiscal de los asalariados y de la clase media y que no han tocado las grandes fortunas y las rentas de aquellos que se habían enriquecido, a menudo de forma opaca, mediante la especulación financiera. En resumidas cuentas, se ha hecho muy poco para concretar el propósito de repartir los sacrificios de manera progresiva.

A la indudable mejora de la relación con las instituciones internacionales se ha sumado —como indican los sondeos de opinión— una cierta confianza que los italianos han otorgado al nuevo gobierno, que seguramente procede del miedo a que el país pueda declararse en bancarrota y al clima de casi unánime aprecio hacia Monti que han manifestado partidos políticos y medios de comunicación. Sin embargo, después de las fiestas, el gobierno entrará en una fase que probablemente no será tan serena dadas las expectativas relacionadas con el crecimiento económico, la recuperación del poder adquisitivo de la sociedad y la mejora de la ocupación, lastrada por millones de jóvenes afligidos por contratos precarios y sin garantías de futuro. Sin olvidar el problema de los numerosos Expedientes de Regulación de Empleo que han atacado al sector industrial —grande y mediano— y las amenazadoras propuestas de reformas del mercado laboral y de los convenios colectivos que ha propuesto el supermanager de la FIAT Sergio Marchionne, que de momento han encontrado una dura respuesta sólo por parte del sindicato del Metal de la CGIL.  

En definitiva, todos los problemas que aquejan al país están sobre la mesa y el primer semestre de 2012 será decisivo para el futuro del gobierno de Mario Monti. La alternancia de señales negativos (la certeza de la recesión y el aumento de la prima de riesgo, que antes de Navidad volvió a los 500 puntos) y de posibles medidas positivas como la implantación de los eurobonos (sobre los que, recientemente, hasta la canciller Angela Merkel parece haber asumido posiciones no tan intransigentes como antes) perfila un futuro incierto y nebuloso. Por otra parte, el 2012 será un año de importantes citas electorales —elecciones presidenciales en Francia y Estados Unidos— que podrían tener repercusiones de envergadura en la gestión de la crisis global. En el caso de Italia, tendremos que ver si se llegará al final de la legislatura (2013) o si los partidos retirarán la confianza al gobierno de Monti (sobre todo el Pueblo de la Libertad, que aún no ha aclarado si Berlusconi volverá a presentarse como candidato para las próximas elecciones generales). Asimismo, tendremos que evaluar la actitud y las decisiones del centroizquierda, que actualmente lidera los rankings de preferencia en los sondeos pero que podría pagar las divisiones internas o el descontento popular en el caso de que Monti no consiguiera mejorar, junto al estado de las cuentas públicas, el crecimiento del país y la precaria situación de las familias, de los jóvenes y de las mujeres.

4. El futuro incierto de Italia

Italia se encuentra en una encrucijada: precisamente en el año en que celebró el 150 aniversario de su unificación, la crisis económica estuvo punto de hundirla. Está claro que el país necesita una clase política capaz de mirar más allá del pequeño horizonte de sus poltronas y seguridades parlamentarias, con una nueva y robusta propuesta política capaz de enfrentarse a los cambios estructurales que han transformado de manera profunda su sociedad y su modelo económico. Una nueva clase política portadora de una perspectiva de largo alcance, que sea capaz de confrontarse con las nuevas dinámicas de un mundo cada vez más multipolar, interdependiente y que impone la apertura a nuevas realidades como la china, la brasileña y la india. Y también, que sea capaz de volver a ser protagonista en Europa, favoreciendo la superación de un modelo de Unión Europea demasiado ligado a la esfera económica mientras se hace urgente la necesidad de un nuevo perfil social y mucho más participativo en cuanto a las decisiones que se han de tomar sobre el futuro de la población del Viejo Continente. No hay otra alternativa para contrastar el esquema antidemocrático de globalización impuesto por la hegemonía del pensamiento neoliberal. Es un desafío duro, desde luego, pero Italia podrá recuperarse sólo si vuelve a hacer suyos aquellos valores y virtudes que parece haber perdido en los últimos años: responsabilidad, coraje, coherencia, honestidad y justicia social.

Gianluca Scroccu es historiador e investigador del Departamento de Estudios Históricos de la Universidad de Cagliari

30/12/2011

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