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Del 15-M al 20-N

Joan Busca

El 15-M ha representado el inicio de un proceso movilizador de importancia no desdeñable. No sólo por la gente que ha conseguido implicar en momentos puntuales sino también por lo sostenido de estas movilizaciones y su extensión territorial. De entrada ha cogido fuera de paso a las organizaciones tradicionales de la izquierda, a menudo tan cerradas en su propio espacio. En su fase inicial el éxito sorprendió a los propios promotores iniciales de la movida, muchos de ellos con bastante bagaje activista. Si se atiende al modelo organizativo aplicado es indudable que existe una cierta continuidad entre movimientos como el okupa o el antiglobalización y las formas de acción que ha puesto en pie este nuevo movimiento. También alguno de estos movimientos alcanzó importantes cotas de respuesta (como la manifestación contra la cumbre de la UE en Barcelona en 2002), pero nunca la densidad social de la situación actual. A este éxito ha contribuido tanto un cierto “aggiornamento” en la línea de actuación como una coyuntura social mucho más favorable. Tras cuatro años de crisis, de impotencia institucional, de cinismo de las elites dominantes existe un número suficiente de gente indignada, exasperada, angustiada como para generar estas movilizaciones. La sucesión de agresiones locales que conllevan las políticas de ajuste abren frentes de lucha abundantes en los que desarrollar respuestas de acción directa.

A favorecer el éxito ha contribuido el buen acierto de muchas de las acciones previstas: las posibilidades de participación directa, el recurso a acciones pacíficas, el acierto en muchas de las denuncias. Sin embargo, me gustaría destacar dos aspectos:

Por un lado el interés mediático por un movimiento nuevo, relativamente amable, desligado de la adscripción  partidista. Y ya se sabe que la presencia mediática suele generar un papel de atracción que ha jugado a favor de su extensión. No hay nada tan destructivo como el ostracismo y este no ha sido el caso del 15-M.

El otro factor es más de índole socio-política. Uno de los rasgos de nuestra sociedad es el bajo nivel de participación en organizaciones sociales y partidistas. Contribuyen a ello muchos elementos, desde el analfabetismo social generado por la dictadura franquista hasta el tradicional recelo social a lo organizado (lo que llamaría una cierta metacultura anarquista latente). Entre los sectores de clase media educada —parte del núcleo del movimiento— florecen actitudes poco proclives a aceptar mediaciones, compromisos complejos. El desafecto de la política se explica mayoritariamente por el creciente rechazo, totalmente justificado, a unos modos de actuación de las elites políticas, pero la debilidad de los movimientos alternativos tiene mucho que ver con el predominio de esta actitud hipercrítica, hasta cierto punto poco empática, que uno advierte en muchos comportamientos. El 15-M al presentarse como un movimiento sin organización, anti-clase política, anti-institucional, que da voz directa a cada individuo, ha resultado atractivo para esa franja social, y —este es su mérito— ha permitido convertir en acción y movimiento colectivo un comportamiento social poco dado al compromiso. La cuestión que se plantea en este campo es en qué medida va a constituir un cemento adecuado para dar continuidad al movimiento.

La izquierda política (descuento de ella al PSOE por razones obvias) ha reaccionado con sorpresa, estupor, expectación y desconcierto. Excepto los grupos más radicales que directamente entienden que este es el inicio de un proceso que sólo tiene que crecer. Creo que también es un mérito del 15-M poner a la izquierda ante el espejo y mostrarle lo lejos que anda de la sociedad. Aunque es cierto que muchas de las demandas de las plazas han sido a menudo defendidas —sin éxito dadas sus escasas fuerzas— por la izquierda parlamentaria. A menudo las diferencias son menos de contenidos y más de las formas de organización y acción colectiva. Si los sindicatos y las organizaciones políticas de izquierda quieren realmente cambiar la situación deben plantearse con urgencia una revisión a fondo de sus formas de relación con la sociedad a la que pretenden representar, o corren el peligro de seguir siendo percibidas como parte del mismo bloque de poder que está siendo deslegitimado por la adopción de políticas realmente reaccionarias. No es que todo lo hayan hecho mal —aunque algunas actuaciones como la negociación secreta del pacto de pensiones por parte de los sindicatos fue reprobable—, también ellos han vuelto a promover movilizaciones como la respuesta dada a la contrarreforma constitucional. Pero su actuación cotidiana parece demasiado desligada de las bases a las que pretende acercarse, desconectada de amplios sectores sociales. El tiempo urge y sería buena cosa que el impacto del 15-M se reflejara en cambios profundos en las estructuras y formas de actuación de las organizaciones políticas más consolidadas.

Lo que parece más paradójico al respecto es que en un momento de profundos y evidentes ataques a los intereses colectivos, de florecimiento de una cierta respuesta social, la única perspectiva que tenemos en el plano institucional es la de un triunfo inevitable y arrollador de la derecha que ahora ya no tiene ni que esconder sus políticas. Que se hunda el PSOE resulta a todas luces inevitable y merecido. Pero que no se consolide una mínima fuerza de oposición institucional es peligroso e insensato.

No se trata de una cuestión de pactos —aunque pienso que estamos ante una situación donde un frente amplio en torno a unas pocas cuestiones básicas sería una opción deseable— sino de cambiar los ejes del debate. Algo que sólo puede conseguirse con tres condiciones: a) que las microburocracias de la izquierda entiendan lo peligroso de la situación y prioricen la defensa de intereses colectivos básicos, siendo capaces de generar una propuesta electoral en esta dirección —algún tipo de Frente Popular o neocartismo—; b) que estas mismas organizaciones empiecen a generar propuestas que permitan a la sociedad, a estos miles de personas que han mostrado un nuevo empuje participativo, que realmente son capaces de abrir canales participativos serios; c) que entre los sectores de los movimientos sociales se trabaje para superar el “nosotros solos”, el “ni mediar ni negociar” que a menudo caracteriza su cultura.

Cualquier gran movimiento social debe ser capaz de intervenir en espacios diversos, buscar aliados más o menos sólidos, generar estrategias que permitan aumentar su expansión social, seducir o neutralizar a otros sectores. Ello requiere madurez y paciencia, quizás la que nos hace falta a muchos. Pero, aunque los plazos son muy cortos, vale la pena que todos los agentes implicados hagan un esfuerzo real para permitir que la nueva oleada participativa salga reforzada y pueda ser eficaz para hacer frente a la avalancha de injusticias que ya han empezado a aflorar en los últimos meses.

9/2011

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