Eduardo García Manzano

Don't let it be (Ensayo sobre la renuncia)

I loved The Beatles


La primera vez que escuché una canción de The Beatles, tendría ocho o nueve años, y no la cantaban ellos, sino un grupo que había editado un álbum de homenaje, de covers, tan poco conocido que no figurará en la inconmensurable colección de grupos y solistas que han tributado a los fab four.

Ese mismo año les pedí a los Reyes Magos y a mi madre un disco cualquiera de su discografía oficial. Lo descubrí escondido en el armario de mis padres, arriesgando, por la altura y por mi madre, mi integridad física; era uno de los más extraños recopilatorios publicados tras la separación, con el título en castellano en la portada, el lema por siempre The Beatles.

Tiempo después, en el verano más desgraciado de mi infancia, recibí el inolvidable regalo de casi toda la colección de sus discos oficiales, debido a una hepatitis que me postró en la cama, debilitándome y recibiendo como única vitalidad las canciones de aquellos discos, mucho más saludables, para un niño, que la medicación y la dieta. Tenía diez años y ya era un fan, un beatlemaniático.

Seguro que la mayoría de amantes de la música pop tendrán su anécdota del descubrimiento de ese fenómeno musical. La mía no es más interesante que la de los demás. La describo aquí porque nací en 1971, es decir, un año después de la disolución del cuarteto de Liverpool. Por tanto, lo que describo, situado casi veinte años después de su aparición, es su presencia e influencia a través del tiempo.

En este sentido, estaremos de acuerdo en que su música no ha cambiado, sigue siendo igual de original que cuando la compusieron, pero nosotros sí lo hemos hecho: ya no estamos en el final de una posguerra mundial, ya no podemos ser sus originales fans histéricos y maniáticos.

La histeria actual de los fanáticos no nos impide escuchar a los músicos del escenario; por supuesto, se ha dado un salto tecnológico, pero sin ese progreso, nosotros no pagaríamos una entrada, por ejemplo, en un Shea Stadium, para ensordecernos con los gritos de miles de personas, sin poder escuchar ni siquiera una canción del grupo musical más genial del siglo pasado. Sin embargo, somos hijos herederos de aquellos histéricos fanáticos, herencia legítima por la no casual coincidencia de ser también hijos del capitalismo, el cual, naturalmente, también ha cambiado, progresando en el descenso de sus círculos infernales.

El fenómeno Beatles es de aquéllos que marcan un antes y un después en la conducta social de una cultura. Tal vez no sea un fenómeno lo suficientemente elevado como para recibir la atención de sociólogos y psicólogos, una isla en el archipiélago de la psicología popular o de la sociología de la música popular, subsumido en la marginal sociología del rock, y quizás a ello se deba la inmensa producción de biografías con inagotable anecdotario y mucho material gráfico, todo muy interesante y muy bien editado, pero, sobre todo, muy complaciente, pues ahí no se cuestiona nada, no se analiza nada.

Lo mismo sucede con los omnipresentes productos audiovisuales; incluso uno de los mejores, titulado The unseen Beatles, producido por la BBC, se limita a descubrir y a describir, no a explicar, el lado más dramático de la beatlemanía, como un fenómeno de auténtica naturaleza improbable. Debería de importar poco la afiliación académica de cada uno: frente a un fenómeno improbable, todo experto debería de sentirse obligado a justificar las superficiales descripciones o las simplistas atribuciones.

Desde estas premisas, este artículo pretende hacer algo nada popular hoy en día: reconocer que nuestra enfermedad cultural, su inercia y pasividad, está determinada por una nostalgia decadente que evitamos analizar con rigor y seriedad; y no me refiero a la nostalgia por la beatlemanía, ni a la certeza de no poder disfrutar ya nunca más de nuevas canciones de Lennon y McCartney, sino al auténtico fenómeno improbable que deberíamos de analizar: el hecho de que, en la actualidad, otros cuatro encantadores muchachos de clase obrera representaran un ejemplo, de magnitud antes impensable, de la trágica destrucción de la verdadera cultura popular, precisamente la obrera, pervertida por la mercantilización de sus cualidades. El modo de producción capitalista no generó la beatlemanía susceptible de mitomanía, facilitó su difusión y alcance improbables, desvalorizando, con ello, la naturalidad y espontaneidad de la creatividad de la única clase social que no es propietaria ni de los medios de producción, ni del producto final, desvalorizado, finalmente, por la acción mercantilista de expropiación y explotación culturales.

Sólo se puede evitar la complacencia en el pasado mítico preguntando por qué un determinado fenómeno ha entrado en la categoría de lo histórico, legendario, irrepetible y, lo más importante, revolucionario; preguntando qué sentido tiene su vigencia virtual debida a sus consecuencias reales, cinco décadas después de su aparición.

En definitiva, lo que aquí se pretende es abrir un análisis sobre la transformación de una cultura popular, determinada por las desigualdades sociales del modelo de producción capitalista, en una mercancía de idolatría carente de función social, algo comparable, siguiendo al irreverente realismo de una famosa declaración de John Lennon, a la situación actual de nuestras religiones monoteístas, las místicas y las ideológicas, cómplices, desde la oposición, complacencia o indiferencia codificadas y toleradas por el poder, de la aculturación y homologación capitalistas.

Al mítico vagabundo pobre y feliz que creó e interpretó Charles Chaplin, lo mató el cine sonoro, pagando así un elevado precio por la libertad del discurso, precisamente en unos años en los que Europa creaba el suyo más infame, el fascismo. ¿Quién mató a los Beatles?: una nueva clase de fascismo que nos ha contagiado su enfermedad, su vampirismo, su decadente ausencia de vitalidad, de ilusión y esperanza, no por el futuro, sino por el presente, la única y auténtica propiedad que nos pertenece a todos y a cada uno en igualdad de condiciones.

El capitalismo nos ha robado algo más valioso que el futuro o el pasado, nos ha robado el presente. Nuestro yesterday ya no es el que compuso Sir Paul McCartney, de hecho, ni siquiera llegamos a la categoría del nowhere man de nuestro John Lennon asesinado. La beatlemanía murió de la mano de sus propios responsables, y murió dos veces, primero, con la firme decisión de no dar más conciertos, y finalmente, porque no fueron capaces de escribir una canción titulada Don’t let it be.

Por lo que pudo haber sido, por lo que debería de haber sido, podríamos intentar escribirla nosotros. No seamos como los que se siguen complaciendo articulando el fenómeno Beatles con el nacimiento histórico de la cultura juvenil, dado que así demostraremos hasta qué punto seguimos ignorando conscientemente la perversidad del modo de producción capitalista. Pensemos en ellos, en su modo cultural de ser originales, realizando el esfuerzo de comprender por qué llegaron a ser los responsables de una irrevocable e irreversible renuncia cultural.

 

Working class heroes?

 

Es un dato incuestionable que el cuarteto original de Liverpool pertenecía a la clase trabajadora, pero los Beatles no. Los primeros viajaron, de hecho, emigraron, a Alemania, ataviados de cuero negro, tupés y brillantina, porque el rock’n’roll los había conquistado y porque necesitaban trabajo. Los segundos, después de ser rechazados por la Decca Records, firmaron su contrato con la mucho más prestigiosa EMI, empresa de entretenimiento muy instructiva con maestros de la talla de George Martin o Brian Epstein. Es un dato incuestionable que estos dos gentlemen no pertenecían a la clase social antes mencionada. Productor el primero, manager el segundo, ambos pertenecían a la única clase social que tiene la convicción de que la función social de la cultura es únicamente ser rentable, asegurándose con ello de que ni siquiera el arte, las religiones, las ilusiones, los sueños, la libertad y la felicidad, escapen a las implacables leyes del mercado, las auténticas leyes de nuestra tan celebrada segunda naturaleza.

Estos dos sujetos mediocres pero perspicaces no planificaron la beatlemanía, tan sólo esperaban la propiedad de una parcela en el firmamento de la popularidad, entre las de las otras estrellas. El histérico fanatismo lo provocaron cuatro obedientes y diligentes trabajadores que aún no habían perdido el descaro de la vitalidad obrera, cuatro de ésos que ya entonces no tenían nada que perder. Ellos querían rendir tributo al rock’n’roll, versionando a Chuck Berry, Carl Perkins o Little Richard, además de ofrecer sus propias canciones, su artesanía; pero, por encima de todo, querían ser felices gustando a los demás, lo mismo que seguramente quería el mecánico o el hijo del panadero. Ellos no pertenecían a la única clase social que sólo exige respeto, consideración a su mediocre dignidad personal. El beatlemaniático prototípico era y sigue siendo hijo y heredero de esa mediocridad.

Desde el mismísimo instante en el que EMI se apropió de John, Paul, George y Ringo, se inició la disociación, la neurosis. Por un lado, ya no podían ser un grupo más de Liverpool, pues la diversión se había transformado en profesionalidad, con la satisfacción y la felicidad del trabajo colectivo, convivencial, bien hecho. Por otro lado, si eran los Beatles de la beatlemanía, entonces ellos mismos se ofrecían voluntarios para ocupar el borde del precipicio, el que puede contemplarse desde la cima.

Ni ellos ni sus mediocres protectores lograron controlar la responsabilidad de representar un valor cultural inédito, no por su naturaleza, sino por su magnitud. Ninguno de ellos eligió la pretensión de dominar el mundo a través de la música, como mucho, el que más se aproximaba a la histeria de los fans, Paul, esperaba, con o sin los Beatles, dominar el mundo del espectáculo, que su vida y su trabajo coincidieran en un mismo punto de reconocimiento y gratificación; de ahí que fueran John y George los primeros en quemarse, en renunciar a las giras, excluyéndose y marginándose en los estudios de producción, lejos del espectáculo de masas, autocontemplándose desde la condición evasiva, no comprometida, del artista moderno; y de ahí que fuera idea de Paul, poco antes de la separación, el patético concierto en la azotea de Apple Records, la empresa discográfica que, al final de su carrera, ellos mismos crearon, su mayor fracaso desde la perspectiva empresarial.

Para nosotros, obligados diletantes en el vastísimo campo de la semiótica popular, una mirada superficial a la corporeidad de nuestros ídolos, nos basta para deprimirnos y lamentar una suerte de implacable destino. Los cambios de imagen, especialmente a partir de 1966 y del álbum Revolver, no estaban únicamente vinculados con el abuso de las drogas, marihuana, hachís y ácido, con la psicodelia o el movimiento hippy, sino, sobre todo, con un precipitado envejecimiento. Hay suficiente material gráfico y audiovisual para comprobarlo.

Por ejemplo, los Beatles cantando la cara A del single que relegaba a la cara B la magnífica I am the warlus de Lennon, la simpática tontería de Hello Goodbye de McCartney, con la romántica y decadente vestimenta del Sgt. Pepper’s, insertando el fotograma en el que aparecen disfrazados con sus trajes de los inicios, diciéndonos adiós, imagen tan ridícula como patética, la de una precipitada madurez, por haber sido realmente retrasada en la apariencia de una libertad tasada exclusivamente según criterios de rentabilidad económica. Entre esas caras acartonadas y las de sus inicios no parecen haber pasado tan sólo cinco años, sino más de una generación. De hecho, esos cuatro encantadores muchachos de clase trabajadora habían enfermado por la pérdida de su identidad cultural. El mundo al que dirigían sus canciones ya no era el de un estadio deportivo con niños, adolescentes, jóvenes y adultos de todos los colores, ni el de un club nocturno de auténtico y radical existencialismo, tampoco el de una fábrica eficiente y disciplinada o el de una aldea global de paz y amor, sino el de un campo de concentración en el que la banda entretiene a los condenados a quienes se les ha robado el control, la autonomía de su destino.

No fueron working class heroes, no fueron mártires de ninguna causa noble y revolucionaria, fueron simplemente víctimas. A los héroes se les honra con la memoria, a las víctimas con la compasión y la nostalgia, es decir, con el conformismo.

 

Here, there and everywhere

 

Digamos lo que todo buen lector bien informado ya sabe: los Beatles cautivaron y enamoraron a millones de personas; primero, lógicamente, en el mundo angloparlante, luego en el resto, si bien no actuaron en Cuba, lamentando el haberlo hecho en Japón y, sobre todo, en las Filipinas. Quemaron sus discos en el entonces llamado cinturón bíblico de los EE.UU., recibieron amenazas de muerte del Ku Klux Klan, después de que Lennon, conversando con una amiga y periodista inglesa en la intimidad, afirmara que su popularidad era mayor que la de Jesuschrist, y que acaso desapareciera antes el cristianismo que el rock’n’roll, situando acertadamente en un mismo nivel la mitomanía religiosa y la musical, ambas claramente susceptibles de mercantilización, de consumo indiscriminado, conformista y autocomplaciente, pervirtiendo sus respectivas identidades culturales originales de naturaleza popular, incompatibles con el cálculo racionalista de la filosofía utilitarista empresarial, de su indefinida acumulación de capital sin otra función social que la conservación del poder y la manipulación.

Entonces, si seguimos enamorados de ellos, también los odiamos desde esta decadente nostalgia, desde esta evitación del reconocimiento de su verdadera carga simbólica, imposible de ajustar en los parámetros de una ejemplar y modélica aventura de emancipación y de éxito, ni siquiera en los de un drama que podría haberse evitado, sino en los de una tragedia sin héroes ni nobleza. En la prodigiosa década de los 60 no se manifestó una auténtica, esperada y necesaria cultura juvenil de los hijos y nietos de las dos primeras guerras globales, una cultura que asimilara la insoportable comprensión del nazismo y del fascismo, sino una forma deshumanizada de entretenimiento, de distracción y adoctrinamiento, abocados al consumismo y hedonismo necesarios para cancelar toda posible alternativa revolucionaria.

Aquí, allí y en cualquier parte, nos dicen, no pasa un segundo sin que alguien reproduzca alguna canción de nuestros entrañables músicos, anclados aún en un pasado mixtificado, en el que el único fenómeno global aún presente no es divertido, irreverente y apasionado, sino totalitario. Ninguna de las actuales estrellas del pop se permitiría la sorprendente e ingenua proximidad que los primeros Beatles deseaban con su público, pues ya saben de la posible condición criminal del fanático, capaz de asesinar la insoportable irrealidad de la mitomanía musical popular, en un entorno social que lo premia y lo castiga en su patológica dependencia, en su incapacidad de recuperar lo perdido, inocencia, ignorancia e ingenuidad, y de descubrir lo nuevo, siempre improbable y de apariencia revolucionaria. Aquí, allí y en cualquier parte, el capitalismo y sus contingentes leyes de mercado se han apropiado de la diversidad cultural y social identitaria, dejándonos en la inercia de la criminalidad, la indiferencia, el fundamentalismo o el conformismo de obediente y mecánica desobediencia.

¿Qué necesitamos para salir de este estado permanente de expropiados culturales? ¿Cómo evitar la renuncia sin convertirnos de víctimas en verdugos? ¿Sólo necesitamos peace and love? ¿Unos nuevos Beatles?

En 1975, John Lennon renunciaba a su carrera profesional como solista, y poco después de volver, cinco años más tarde, un fanático lo asesinaba. En aquel año de su renuncia, asesinaban a Pasolini, dejándonos como testamento oficial una película atroz sobre el nuevo fascismo, el de la mercantilización de los cuerpos, ya inofensiva, ya asimilada e integrada, si se la compara con la diversa escatología que circula por la red. El testamento beatle, su último álbum editado, Let it be, fue designado literalmente por Lennon como el resultado y depuración de una auténtica mierda, la totalidad magmática de las sesiones de estudio soportada por otro productor, un fantasma superviviente del rock’n’roll de los años 50, Phil Spector. Como todo lector bien informado sabe, el auténtico testamento fue el álbum Abbey Road, el de la portada de la disciplinada fila sobre el paso de zebra, con un Paul descalzo, alimentando la absurda leyenda de su muerte y posterior substitución, como una pieza más de una imparable máquina de producción y destrucción. Precisamente Paul, el único beatle que había aprendido a adaptarse, a ser poca cosa más que una máscara. Sin embargo, en esa fila, ya estaban todos muertos. The End.

9/2011

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