Vic: nueva etapa de la xenofobia institucional

Albert Recio Andreu

Durante una semana, la ciudad de Vic ha estado en el centro del debate político nacional. La decisión del consistorio de bloquear el empadronamiento de nuevos inmigrantes ha vuelto a poner sobre el tapete el problema de la política migratoria. Precisamente en el momento en el que la información estadística indica una drástica reducción de nuevas entradas de inmigrantes. De un flujo de entrada que languidece cuando resulta evidente que cesan las oportunidades de empleo. Y que muestra que la gente viene en masa cuando tienen expectativas reales de empleo.

Lo que ha centrado el debate ha sido fundamentalmente una cuestión de política local. Según esta versión, los partidos que rigen el Ayuntamiento de Vic (Convergència i Unió, Partit dels Socialistes de Catalunya y Esquerra Republicana de Catalunya) estarían cada vez más presionados por el partido ultra ‘Plataforma per Catalunya’ (con 4 concejales) y habrían llevado a cabo la clásica maniobra defensiva que conduce a integrar las políticas de extrema derecha en los programas de los partidos de centro. Y esto es sin duda parte de la verdad. Vic ha sido siempre un núcleo de conservadurismo social. La novela de Miquel Llor “Laura a la ciutat dels sants” (1931) mostraba el reaccionarismo de sus clases dominantes (El autor escribió una segunda parte en 1947 “El somriure del Sants” que toda la crítica consideró una revisión forzada de la anterior para eludir la represión franquista que padeció por su pasado republicano). Este conservadurismo social ha continuado presente y forma el poso sobre el que araña votos Plataforma per Catalunya, con propuestas e ideas que coinciden con las ideas de una parte de los electores de alguno de los partidos presentes en el Gobierno municipal. No es casualidad que Plataforma per Catalunya haya conseguido implantarse en algunas ciudades medias de la Catalunya extra-metropolitana en la que la xenofobia frente al de fuera y las ideas conservadoras tienen una fuerte base social.

Hay otras cuestiones que no han salido a la luz y que a mi entender explican también la cuestión. Para entender por qué en Vic se produce tal concentración de inmigrantes hay que analizar su base económica. La geografía de la inmigración es, al mismo tiempo, una geografía económica. Todos los “estallidos de xenofobia” han tendido a producirse en áreas de elevada concentración de inmigrantes, y éstas han estado asociadas a la preponderancia de una determinada actividad económica, como resultó patente en el caso del Ejido (una economía y una crisis social que guarda enormes paralelismos con la reciente de Rosarno, en Calabria). Una pista que también está presente en Vic. Si la ciudad fue uno de los núcleos de atracción de inmigración, inicialmente magrebí y posteriormente africana, ello se debe al predominio de la industria cárnica en su floreciente economía.

En todo el mundo la industria cárnica se caracteriza por el predominio de bajos salarios y duras condiciones de trabajo: posiciones forzadas que generan accidentes y lesiones, sangre y vísceras, frío y, a menudo, trabajo nocturno para satisfacer las particulares lógicas horarias de los mercados. En muchos países, por ejemplo en los U.S.A, el sector es propicio a emplear inmigración reciente. Gente dispuesta a trabajar duro y a cobrar poco. La concentración de inmigrantes es frecuente en las zonas cárnicas. Y Vic es uno de los grandes centros cárnicos del país. También de una extensa red de granjas porcinas que han generado uno de los mayores problemas de contaminación de las aguas de Catalunya. Y la industria cárnica no ha dudado en desarrollar su propio ejército de reserva para garantizar el control de esta mano de obra barata. Por esto, cuando los inmigrantes marroquíes ya estaban asentados, muchas empresas locales aprovecharon la peste porcina para despedir gente y contratar posteriormente nuevas oleadas de inmigrantes. Hace unos cinco años estaba realizando una investigación en otras ciudades de la comarca y la preocupación de los técnicos locales era qué hacer con los desempleados marroquíes residentes en su localidad (donde la vivienda era más barata) que habían sido sustituidos por nuevos migrantes. Y es que industrias como la cárnica o la agricultura intensiva han basado parte de su actividad en la producción de un excedente persistente de mano de obra, de un ejército de reserva local que evita presiones en demanda de más salarios y mejores condiciones de empleo. Seguramente ahora el ejército de parados está ya suficientemente nutrido para que no resulte atractivo atraer a más personas. Y, en este contexto, se temen los efectos de una concentración “excesiva” de gente sin empleo que demande servicios sociales.

También es posible, y esto debe entenderse como una hipótesis interptretativa no probada, que esté produciéndose otro fenómeno: el del reagupamiento de inmigrantes provocado por la crisis económica. Mientras la economía ha generado empleo, los inmigrantes se han movido detrás del mismo. Viviendo en precario allí donde pueden. Cuando el empleo se acaba y llegan los muy malos tiempos, lo único que queda es el recurso a la solidaridad familiar, grupal, etc. Y es evidente que estos lazos solidarios son mucho más fuertes entre los recién llegados que entre la población autóctona. Y es posible que algunos sectores acudan a buscar solidaridad allí donde tienen paisanos que los pueden acoger. En Vic, la presencia de inmigrantes, especialmente marroquíes, es antigua y consolidada. Bien podría ser que persistiera un flujo de gente que busca refugio allí donde tiene lazos. En este caso, la acusación de pisos-patera trataría simplemente de impedir lo que no es más que la aplicación de una solidaridad primaria. La presión que, quizá de buena fe, perciben las autoridades de Vic no es mas que otro reflejo de los efectos de un sistema económico que ha basado su crecimiento en la atracción de una masa de mano de obra sin desarrollar políticas sociales, de vivienda y bienestar adecuadas para hacer frente a las demandas generadas por este plus de población ni dotarse de buenos mecanismos de respuesta frente a los fallos del mercado.

Hay que combatir la xenofobia en sus propios términos. Por una vez, la respuesta del Gobierno ha sido rápida y precisa. Pero esta barrera puede resultar una defensa débil sin una política de largo alcance. No sólo en el plano ideológico de lucha contra la xenofobia y el racismo, sino, especialmente, en el plano de las políticas económicas y sociales, luchando por empleos decentes y políticas de vivienda y servicios públicos suficientes. Vic es solo un atisbo de los costes sociales que genera el modelo económico que resiste a ser transformado.

2/2010

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