Maestros y discípulos de torturadores que enseñan a sus maestros

Antonio Madrid

Hay historias desgraciadas que se convierten en trágicas ironías. Como se sabe, Gillo Pontecorvo dirigió La batalla de Argel. Con esta película ganó el León de Oro en el Festival de Venecia en 1966. En esta película-documental, Pontecorvo relató de forma excepcional la guerra de independencia de los insurgentes argelinos contra el Estado francés. Desde su aparición no ha perdido actualidad. Sigue reflejando la brutalidad del ejército y de las fuerzas de seguridad, la impunidad de su actuación y también las estrategias de los insurgentes.

Sin embargo, en ocasiones las obras se rebelan contra sus autores, mostrando que pueden adquirir vida propia. A veces sólo les falta hacer un corte de mangas. Pontecorvo no podía imaginarse que su obra acabaría siendo un manual para torturadores. Los maestros norteamericanos de los años 60 y 70 utilizaron esta película para adiestrar a sus discípulos en las técnicas de lucha contra la guerrilla. Ya se sabe, una imagen vale más que mil palabras.

Esta es la primera parte de esta breve historia que tiene tres episodios. La segunda parte tiene que ver con un coronel francés: Roger Trinquier. Eqbal Ahmad, un escritor y periodista pacifista paquistaní que se encontraba en Argelia a principios de los años 60, recuerda que el personaje del coronel Mathieu (quien haya visto la película no lo olvidará) se corresponde precisamente con el coronel Roger Trinquier (“The Making of The Battle of Algiers”, en The selected writings, Columbia University Press, 2006). Pues bien, el coronel Trinquier, que tuvo una  vida militar de lo más inquieta e inquietante, publicó en 1961 un texto que se convertiría en un clásico en la lucha contra los movimientos insurgentes. En La guerre moderne (La Table Ronde), Trinquier expone cómo hacer la guerra cuando el enemigo actúa en forma de comandos, se embosca en las calles y se mezcla con la población civil o utiliza los atentados como instrumento de lucha. En su texto, defiende y recomienda el uso del terror y de la tortura. Justificación: si ellos lo hacen, por qué no lo vamos a hacer nosotros… y de forma aumentada.

El texto fue traducido rápidamente al inglés por la editorial Praeger, que en aquellos años estaba ligada a los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, según cuentan Armand y Michéle Mattelart en Los medios de comunicación en tiempos de crisis (Siglo XXI editores, 20038). Después se tradujo al español y se extendió por las Américas. La escena final es cruel: La batalla de Argel y La guerre moderne, aunque con propósitos distintos por parte de sus autores, fueron utilizados como material educativo en las escuelas de torturadores que se prodigaron en Estados Unidos y en América Latina. Allí se formaron especialistas en contrainsurgencia, unidades de información, torturadores que expandieron sus estrategias allí donde los maestros y sus discípulos fueron llamados a poner orden: Vietnam, Argentina, Chile…

El tercer episodio de esta historia nos sitúa en la actualidad. Tras casi medio siglo, las técnicas de tortura de las que hablaba Trinquier y que fijó en blanco y negro Pontecorvo han sido actualizadas y practicadas también en Argelia. Ya no por los servicios de contrainsurgencia franceses, sino por los propios servicios argelinos. Según distintas fuentes, en las dos últimas décadas 200.000 personas han muerto en Argelia en los conflictos políticos que se han sucedido
(http://www.amnesty.org/es/library/asset/MDE28/017/2007/en/989d4a01-d367-11dd-a329-2f46302a8cc6/mde280172007fr.pdf).
La tortura, las ejecuciones extrajudiciales y las desapariciones forzadas vienen practicándose impunemente mientras la violencia se enrosca en su madriguera. El Departamento de Información y Seguridad, que es un órgano de la inteligencia militar argelina, ha sido acusado repetidas veces de vulnerar los derechos de los detenidos: violaciones, simulaciones de ahogamiento, destrucción psicológica, desapariciones… Esta violencia se suma a la protagonizada por los grupos armados que ejercen violencia sobre la población. Como Trinquier recomendaba: si ellos lo hacen, hagámoslo nosotros… en una escalada que no tiene fin, salvo la aniquilación del enemigo.

Los maestros de torturadores se han convertido con el tiempo en aprendices de sus propios discípulos. En una evolución macabra, los retoños han mejorado la deshumanización de sus mentores. Las justificaciones no han variado sustancialmente: hay que derrotar al enemigo a cualquier precio. Sea éste disidente, insurgente, infiel o terrorista. Si se evita caer en la pantalla de las denominaciones, lo que se mantiene es el aprendizaje de la violencia como instrumento político, la anulación de la dignidad humana y con ella la anulación de la dignidad propia.

Esta breve historia tiene un añadido: Modern Warfare (2007). No se trata de un libro, ni de un film. Es un videojuego en el que hay que cumplir la misión: vencer al enemigo, matarlo… y “pasárselo de puta madre”, según me informan. Y añade mi fuente: “ya estaba harto de matar nazis”. Hay juegos que contribuyen a banalizar el mal y a tragarse las injusticias sin mayor problema.

10/2009

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