El esfuerzo y la clase social

José Manuel Barreal San Martín

El nunca acabado debate educativo en sus diversas manifestaciones, parece centrarse actualmente, yo diría que sesgadamente, en el tema del fracaso escolar y de la falta de preparación del actual colectivo de alumnos y alumnas en lo que se refiere al nivel académico, sin obviar otros factores no menos importantes. Sirve, lo comentado, a sectores conservadores para dar una batalla cuyos ejes fundamentales son la falta de disciplina y de esfuerzo. De la falta del segundo,  acusan sobre todo a las clases menos favorecidas. Gentes de izquierda, tanto del profesorado como en la “izquierda oficialmente reconocida” asumen como suyo el mismo argumento. Situándose en posiciones sobre la enseñanza que no desmerecen a la de hace veinte años. Por cierto reivindicada últimamente por el PP como panacea de salvación del alumnado “fracasado”.

Para ahuyentar especulaciones, aclaro que no seré yo quien niegue el esfuerzo y la disciplina en cualquier aspecto de la vida de una persona (tiempos oscuros estos en que tenemos que defender lo evidente). Y menos tildaré de reaccionarios y “no de izquierdas” a quienes defiendan una enseñanza rigurosa y disciplinada. Estoy totalmente a su lado, y por una vez coincido con el Ministro de Educación don Ángel Gabilondo. No obstante habrá que definir y aclarar qué se entiende por tal. Dicho esto, a renglón seguido diré que argumentar que las clases más desfavorecidas tienen que hacer un mayor esfuerzo y autodisciplinarse para acortar las diferencias sociales y económicas, es cuando menos muy cuestionable. Quienes sostienen tal opinión entienden que con esas premisas llegarán (las clases desfavorecidas) a superar el fracaso escolar y salir adelante. Vale. Sin embargo, no está demostrado y nada induce a pensar que los sujetos más desfavorecidos no hagan el esfuerzo pertinente con disciplina, sudor y lágrimas. Pero sí argumentado, porque la sociología crítica de la educación sí nos dice que el sentido de lo escolar está en función del contexto sociocultural de origen, y ese sentido es fundamental como motor del esfuerzo. Lo que ocurre, pese a quien pese, es que el fracaso escolar está presente en unos segmentos sociales más que en otros, aún con el aditamento del esfuerzo. Y es que los quebraderos de cabeza que el fracaso escolar propicia, con razón, en el profesorado (en unos más que en otros), y en las familias y en la administración educativa no nace, como viene a sugerírsenos, de la inexistencia de disciplina o de falta de esfuerzo sino que bebe, antes bien, de la presencia de dramáticas desigualdades económicas y sociales que de partida no “concede” igualdad de oportunidades. Como argumenta un buen amigo maestro y en activo: “Tengo niños en clase cuyo esfuerzo principal consiste en hacerse a sí mismos llevadera la vida que les ha tocado vivir, y ante eso… el esfuerzo académico que debe exigir una buena escuela pública se resquebraja y me obliga a tantos matices que no ha lugar el discurso firme construido desde la seguridad de estar en lo cierto… siendo la precariedad en muchas situaciones socio-afectivas más determinante en la configuración de “malos” escolares que las desigualdades económicas y culturales…”

Admitiendo lo anterior y que la igualdad de oportunidades está marcada en mayor o menor medida por la desigualdad social de origen, el peligro que entraña afirmar, sin más, que para  acortar las diferencias sociales o económicas es necesario un mayor esfuerzo por parte de los más desfavorecidos, es admitir que “cada palo aguante su vela”. Es decir, el ABC del elitismo educativo. Sobre que el esfuerzo lo tiene que poner cada cual, siendo una verdad incuestionable, tal vez habría que preguntarse: ¿sólo el alumnado? ¿Y el profesor, no debería de motivar el esfuerzo y el afecto por el saber? Me vienen a la memoria unas  páginas memorables de Daniel Pennac en su libro “Mal de escuela”, sobre “el zoquete” y “el fracasado” que él era y cómo tres profesores de los muchos que tuvo lo “rescataron” compartiendo con los alumnos además de su saber  el propio deseo de saber. Y qué distintos eran de la mayoría que reducían a los alumnos a una masa común y sin consistencia. Parecía, dice, como si, año tras año, “se dirigieran a un público cada vez menos digno de sus enseñanzas”. Pues eso.

7/2009

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