Cuaderno de crisis / 3

Albert Recio Andreu

Paro masivo

I

La publicación de la Encuesta de Población Activa (E.P.A.) del cuarto trimestre de 2008 da una cuenta bastante detallada de la magnitud del descalabro. En un año el paro ha aumentado en un millón doscientas ochenta mil personas. Mientras hace un año los analistas económicos consideraban a los casi dos millones de parados una cuestión menor, paro estacional (por ejemplo de los fijos discontinuos) o friccional (de la gente que esta a la espera de nuevo empleo), una cifra que se había ido reduciendo con el tiempo, el aumento tan colosal en un año no puede esconder la tragedia. 

De acuerdo con la misma encuesta este crecimiento tan brutal del paro se ha producido por una doble vía: la destrucción de 620.000 puestos de trabajo y la imposibilidad de colocar a otras 640.000 personas que han iniciado la búsqueda de empleo. La destrucción de empleo ha tenido lugar fundamentalmente en la construcción (490.000), la industria (300.000) y la agricultura (aunque en este sector la caída del empleo refleja simplemente la jubilación de pequeños agricultores). En bastantes subsectores de servicios también se han producido pérdidas netas de empleo (en el comercio, las inmobiliarias, los servicios técnicos y el sector financiero), otros han dejado de crearlos (hostelería, servicios auxiliares a las empresas) y sólo unos pocos (administración pública, educación y sanidad y servicios sociales) han generado puestos de trabajo (unos 250000) que palian un poco la cifra global. Una vez más se pone de manifiesto que si bien la crisis es global, golpea de forma diferente a personas situadas en segmentos distintos del mercado laboral, lo que obliga a pensar que “no todos somos víctimas de la crisis” en igual medida. La caída del empleo es aún más acusada si se toman los datos de afiliación a la Seguridad Social (caída de 800.000 cotizantes en un año), pero hay que tomar las cifras con cautela puesto que no son estrictamente comparables. 

Si analizamos quienes, de los nuevos entrantes no han conseguido encontrar empleo, observamos que los nuevos activos son más mujeres (507.000) que hombres (153.000). Un dato significativo es el de la edad. Los jóvenes han reducido su entrada en el mercado laboral. Los nuevos buscadores de empleo son activos. Aproximadamente un 40% son de nacionalidad española y el 60% extranjera (un tercio de europeos, un tercio de latinoamericanos y un tercio del resto del mundo). Entre los distintos orígenes nacionales se advierten diferencias. En el caso de la población nativa todo el crecimiento se debe a las mujeres (de hecho 81.000 hombres se han retirado del mercado). También entre la inmigración comunitaria hay más mujeres que hombres entre los nuevos entrantes, mientras que la relación se reinvierte en el resto.  

Todas estas cifras pueden parecer tediosas pero nos sirven para entender la complejidad del fenómeno. Como siempre ha ocurrido, un fenómeno global ―la crisis de acumulación― golpea de forma muy diversa en la estructura social. Desde el punto de vista de la destrucción de empleo parece evidente que la clase obrera manual masculina está siendo más golpeada que la femenina. Y que las clases medias asalariadas y, especialmente los empleados públicos están más protegidos del vendaval. Desde el punto de vista de los que nunca han encontrado empleo, la llegada de más mujeres al mercado de trabajo puede deberse a razones diversas ―búsqueda de independencia económica, realización profesional, etc.― pero bien pudiera ser que estuviera inducida por las mayores dificultades económicas del núcleo familiar o la mera pérdida de empleo del cónyuge. En el caso de los extranjeros es en parte reflejo de la historia anterior, la inercia de pensar que en el estado español se siguen creando empleos, el impacto de los procesos de reagrupamiento familiar, etc. 

Hay por tanto mujeres que retienen el empleo mejor que los hombres, pero hay también mujeres que encuentran enormes dificultades para encontrarlo. Hay parados españoles y extranjeros. Hay historias muy diferentes dentro de una misma tragedia global. 

Conocer las diferencias no explica el principal. El paro masivo no es el producto de características individuales como demasiadas veces intenta hacernos creer el enfoque económico dominante (tantos estudios econométricos que analizan las características personales de los parados, tan pocos que analicen las empresas, ninguno que estudie los comportamientos empresariales). Este es el resultado del funcionamiento normal y anormal del capitalismo. Pero conocer las diferencias es útil para entender los procesos sociales, la diversidad de experiencias personales sobre los que una izquierda de verdad debería tejer solidaridades, demandas sociales y propuestas de acción. Desterrando análisis groseros que sirven para el panfleto pero que paralizan una acción política que debe realizarse en un contexto complejo, en el que los condicionantes de clase, educación, género, nacionalidad, experiencia laboral interaccionan para generar oportunidades, percepciones, respuestas diferentes. Construir una alternativa global exige reconstruir una historia común a partir de esta diversidad de experiencias.

II

El paro masivo ha obligado, por fin a reconocer la crisis. Los que hace pocos meses cantaban del éxito de las políticas neoliberales, del dinamismo de la economía de mercado hoy aparecen como agoreros del desastre, como pilotos desnortados. Y esto vale tanto para el gobierno Zapatero, como para toda su leal o desleal oposición, como para los jerarcas de las grandes instituciones mundiales que se limitan a anunciar la catástrofe sin ofrecer más medidas que las mismas de siempre, o sea más desregulaciones del mercado laboral, más recortes de derechos sociales.  

Los únicos que de momento aparecen con las ideas claras son los grupos de interés sectoriales que simplemente reclaman políticas de estímulo para seguir con las mismas. Cuando se habla de la rigidez laboral y se acusa a los sindicatos de negarse a flexibilizar el mercado de trabajo, debemos recordarles la rigidez del capital: de estas promotoras de pisos invendibles que piden más ayudas para seguir depredando el espacio, de estos constructores de automóviles contaminantes que piden ayudas para seguir en las mismas, de estas empresas energéticas que promueven el alargamiento de centrales nucleares obsoletas. Si rigidez es negarse al cambio, la verdadera rigidez del sistema se encuentra en la incapacidad de transformar un aparato productivo inadecuado en uno que se adapte en características y tamaño a las necesidades sociales básicas. Pero cuando la crisis del empleo es tan intensa, y los dramas sociales proliferan, es cuando estos nodos de rigidez social tienen mayor poder de convicción, de presentar sus intereses privados como objetivos deseables para la colectividad. 

Si la izquierda se limita a regocijarse de los males del capitalismo, la risa puede transformarse pronto en llanto. Y esto vale tanto para la izquierda tradicional, autosatisfecha con el fracaso del neoliberalismo pero sin propuestas alternativas claras, como para una izquierda verde que confunde el cierre coyuntural de las plantas automovilísticas con una posible mejora ambiental y es incapaz de ofrecer propuestas de salida a las víctimas de la crisis. Ante una crisis social hacen falta ideas alternativas. Como las que tenía la izquierda radical europea en la Primera Guerra Mundial, o como la que significó el keynesianismo frente a la crisis del 1929. Ideas por las que luchar, por las que abrir espacios de reflexión y movilización. 

Tenemos la oportunidad de reconvertir un enorme drama social en un avance. Pero hay que empezar ya a pensar en alternativas y no sólo en denuncias, porque la crisis del empleo es un drama a corto plazo y no podemos dejar pudrir una situación. De la podredumbre nace el populismo. 

Sugiero que hay un terreno en el que plantear las propuestas. El de construir una propuesta en base a integrar la salida a las diferentes crisis ―la del empleo, la ecológica, la del cuidado― promoviendo una política económica orientada a la reorganización productiva hacia la sostenibilidad. Una política que tiene potencialidades de generación de empleo, que permite la reorientación de procesos productivos y trayectorias laborales diversas, que puede ilusionar a la mejor producción técnico-intelectual y que da satisfacción a necesidades básicas como las generadas en el campo del cuidado. Y que permite reinvertir la hegemonía del capital en beneficio de lo público y lo colectivo. Pero una propuesta que requiere elaboración y que conduce a una confrontación directa con los intereses dominantes. Pero que puede generar, al menos, un espacio cultural, político y técnico que abra una posibilidad de salir del marasmo neoliberal.

2/2009

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