La marca de los derechos humanos

Antonio Madrid

Se ha celebrado estos días el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Los actos de conmemoración provocan una reacción contradictoria. Entre los sentimientos que hacen aflorar los festejos está el de la vergüenza.

Por una parte, la Declaración contiene una aspiración irrenunciable, por otra parte, la realidad cotidiana muestra dramáticamente la distancia existente entre esta Declaración y las condiciones de vida de cientos de millones de personas: hambre, guerra, violaciones, abusos, destrucción del medio ambiente, discriminación, servidumbres, torturas, desamparo, arbitrariedades, persecuciones, pérdida de garantías jurídicas y exclusión. Como decía una mujer magrebí, nos morimos con los derechos puestos, no nos sirven. La gente es torturada, abandonada a su suerte, excluida… pese a la aspiración y aceptación formal por parte de los Estados de la Declaración de los Derechos Humanos. Los Derechos Humanos son una gran aspiración, pero también son al mismo tiempo el recuerdo de una enorme frustración, de una tremenda injusticia.

Si esto fuera todo, se podría decir que con los Derechos Humanos pasa lo mismo que con las grandes ideas como la igualdad o la libertad, nunca se alcanzan suficientemente, son ideas complejas que marcan el rumbo pero que se hallan insuficientemente realizadas. Sin embargo hay algo más: la utilización publicitaria, mentirosa y autocomplaciente del discurso de los Derechos Humanos. Los Derechos Humanos convertidos en marca. 

La mejor tradición de los Derechos Humanos, protagonizada por los hombres y las mujeres, así como sus organizaciones, que luchan en serio por hacerlos efectivos, concurre con otra tradición: la de quienes rebajan continuamente las aspiraciones contenidas en la Declaración Universal allanando el camino a la vulneración sistemática de los Derechos Humanos. Los primeros dignifican la aspiración contenida en la Declaración Universal, los segundos la manosean.

El discurso de los Derechos Humanos ha perdido fuerza en la medida en que crece su utilización hipócrita por parte de aquellos que crean y sostienen las condiciones necesarias para que se vulneren continuadamente los Derechos Humanos. Frente a este uso hay que reclamar la capacidad crítica y propositiva de la Declaración, en el bien entendido de que ésta no ha de cumplir una función complaciente sino transformadora.

El incremento de la xenofobia entre los jóvenes y no tan jóvenes visto como un reflejo de una sociedad crecientemente excluyente plantea un interrogante a la pedagogía de los Derechos Humanos. Frente a la creencia tan extendida y tan poco exigente consistente en creer que la prédica de los valores equivale a su asunción, hay que recordar que los valores, como las ideas centrales, se asumen en la medida en que son dichas-practicadas por una sociedad, de otra forma se convierten en discursos no practicados. No por decir que hay que ser solidarios las personas serán solidarias, no por aderezar todos los platos con pizcas de Derechos Humanos se conseguirá que éstos sean respetados. Es necesario, pero no es suficiente. Los discursos ―y las celebraciones― no se ajustan a los hechos.

La celebración de este 60 aniversario coincide en el tiempo con la publicación de la Directiva de la vergüenza. El pasado 24 de diciembre se publicó en el Diario oficial de la Unión Europea la Directiva 2008/115/CE del Parlamento Europeo y del Consejo relativa a normas y procedimientos comunes en los Estados miembros para el retorno de los nacionales de terceros países en situación irregular. Entre otras cosas establece que una persona en situación irregular podrá ser internada ―en un centro de internamiento o en la cárcel― durante 6 meses ampliables a 12 meses (arts. 15.5 y 15.6). 

Esta Directiva ha sido llamada con razón la Directiva de la vergüenza. Supone un paso más en la criminalización del inmigrante. Nos aleja aún más de los mejores ideales contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Habrá quien sin faltarle razón verá en todo esto una muestra más de la hipocresía de las sociedades occidentales.

 

 

1/2009

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