Andrzej Munk

La pasajera (1963)

Nostro Films, Barcelona, 2007

Cállate. No digas nada. Se te ve venir: “¡Joder con los de mientras.tanto.e! Ahora en vez de recomendar películas enteras, te recomiendan solamente trozos”. Pues sí: ¡a que negarlo! Porque Munk murió mientras rodada la parte central de su película, en Auschwitz, y la dejó literalmente a trozos. Sus colaboradores le dieron un manto de humanismo socialista, pero eso cuadra poco —por no decir nada, vamos— con lo que está rodado en cinemascope. Los trozos que quedan son más bien un pedazo de cine de la crueldad; así, sin más. Eso sí, con la delicadeza de apartar lo más indigno hacia los márgenes de la pantalla. O séase, mostrando el horror cotidiano, aunque como cosa sin importancia para los que viven diariamente en él. La pasajera es también la historia de las contradicciones de un alma malvada (que no saca mucho de lo que hace, para mal de muchos). Trata de una guardiana y una presa en el campo de concentración, en que la nazi pretende ser el ama, pero, ¡mira tú por donde!, la presa se niega a ser su esclava. La guardiana pretende hacer valer su poder mortífero para someterla, mientras la otra trabaja subrepticiamente para que se conozca el horror y el sufrimiento. Munk no sabía muy bien qué final darle, fijo. Lo que queda, es un mal sueño, una pesadilla (entre otras cosas, porque no acaba). Pero también es una de las mejores películas sobre los campos de exterminio y sobre la insania represora y el heroísmo cotidiano. Sus imágenes de Auschwitz indudablemente tienen un sabor a lo verdadero, y han sido repetidamente usadas con ese fin. En DVD han achicado la pantalla (a 9x16): una lástima, la verdad sea dicha, porque la majestuosidad del cinemascope es la que perturba los sentidos, tan lejos está esta historia de todas las demás historias que se cuentan.

La Puri (Oficina Soviética para el Cine)

2/2008

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