La inadmisible normalización de una tragedia cotidiana

Antonio Madrid

Tal vez el interrogante político primordial sea: ¿cómo vivimos y cómo queremos vivir? Lo mismo vale para el morir. Pues bien, si esta pregunta acerca de la vida de las personas tiene sentido político habrá que recordar lo siguiente una vez más. En cifras aproximadas, cada año en la Unión Europea mueren más de cuarenta mil personas y un millón setecientas mil sufren heridas. El llamado "accidente de circulación" es la principal causa de muerte entre los 14 y los 25 años. Éste era la décima causa de muerte en 1998 en todo el mundo. Se piensa que en 2020 será la tercera causa de muerte e incapacidad. Una de cada tres personas sufrirá daños por este motivo a lo largo de su vida. Durante el siglo XX murieron aproximadamente treinta millones de personas (entre automovilistas y peatones) y varios cientos de millones sufrieron heridas... Y se podría seguir enumerando datos igualmente terribles.

Una vez expuesto uno de los aspectos de la utilización de los automóviles, hay que preguntarse cómo es posible la repetición diaria de esta tragedia. La respuesta inmediata es que se trata de accidentes, nadie los quiere pero ocurren. Si se admite esta contestación ya no hay preocupación política que valga, puesto que se estaría asumiendo que estas muertes y padecimientos son inevitables, formarían parte de la cuota de azar que sigue presente en nuestras vidas. La palabra "accidente" aplicada a los siniestros en la circulación de vehículos a motor es una manifestación de la naturalización de estos padecimientos. "Accidente" es una palabra aceptable que enmascara en este caso una terrible fuente de padecimientos.

¿Pero qué encubre la expresión "accidente de circulación"? Sin duda, los excesos y locuras de muchos conductores, pero hay mucho más. Se maquillan los poderosos intereses de los fabricantes de automóviles y de las compañías petroleras, la falta de inversión pública y uno de los peores aspectos del consumismo: la destrucción de otros y de uno mismo.

Si tiene sentido preguntar acerca de cómo vivimos (y morimos) y cómo queremos vivir (y morir) y esta pregunta se extiende al resto de personas con las que se comparte calle y carretera, habrá que tomar conciencia de la normalidad con la que vivimos los desastres del coche. La cultura del automóvil tiene sus raíces en las formas de vida, en los hábitos, en los deseos, en las necesidades y en la mercancía consumida. Sin este ejercicio de toma de conciencia no es posible reconocerse en una condición de servidumbre voluntaria, por más que este estado sea tan terrible que pueda conducir a la autodestrucción. No se trata de caer en perspectivas apocalípticas, por más que la situación es trágica, ni de optar por todo o nada, sino de recuperar la inquietud y la voluntad política de incidir en cómo vivimos y cómo morimos.

7/2003

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