Tras las elecciones municipales y autonómicas

Albert Recio Andreu

Los balances electorales suelen ser aburridos y poco esclarecedores, excepto cuando reflejan un viraje radical en la situación de voto. No es éste el caso de los últimos comicios, donde los cambios son más de matiz, aunque en algún aspecto reflejan tendencias de fondo que ya eran en parte perceptibles en acometidas anteriores. No espere por tanto el lector grandes descubrimientos. Más bien la nota responde al compromiso de nuestra publicación mensual de dar cuenta de la actualidad más reciente. Y como la cosa resultaba aburrida nuestro coordinador no ha hecho sino echar mano del primer insensato que ha comentado que efectivamente debíamos sacar la nota.

I

Mirando los grandes números hay un hecho bastante claro: las principales oscilaciones en los comicios se producen menos por trasvases de votos entre los bloques políticos y más por fluctuaciones en el nivel de participación. Y este es sobre todo un problema para la izquierda, que tiene un electorado más volátil y menos disciplinado que el de la derecha. La cacareada victoria del PP se ha producido sólo con un aumento de 39.000 votos, un crecimiento que hubiera sido intrascendente si el PSOE no hubiera perdido 241.000 y las coaliciones relacionadas con Izquierda Unida otros 200.000. A la vista que este voto no ha ido a otras formaciones a su izquierda, parece evidente que, una vez más la abstención ha sido, fundamentalmente, de izquierdas.

Hay tres cuestiones básicas, todas ellas preocupantes, que a mi entender explican esta situación. En primer lugar la ausencia de aparatos políticos bien relacionados con movimientos sociales e instituciones que caracteriza a las fuerzas de izquierda. En muchos casos las únicas vías de relación con su electorado se encuentran en las políticas clientelares que se promueven desde las instituciones que controlan, un medio de promoción que se vuelve en contra cuando se produce algún deslizamiento electoral (vale la pena recordar que no hace muchos años Murcia y Valencia eran dos áreas donde el PSOE ganaba con facilidad). La derecha en cambio goza de una amplia red de brazos que le permiten conectar con sus bases y marcarles líneas de actuación. Es evidente que hay una desproporción manifiesta de medios económicos. Pero resulta palpable que la única posibilidad de hacerles frente es construir un tejido social que hoy es muy frágil y al que habría que promover y reforzar. Y sin duda algo puede hacer al respecto la izquierda institucional si no quiere, también ella, perecer con la necrosis que hoy afecta a muchas de las organizaciones sociales que movilizan, orientan, alientan a esa población sufriente que suele votar izquierda.

En segundo lugar está la dificultad de generar un discurso movilizador como el que promueve la derecha apelando a ideas irracionales (el quebrantamiento de la unidad de España, la cesión al chantaje terrorista, la invasión de los inmigrantes…). En gran parte ello es debido a la dificultad de compatibilizar un discurso socialmente aceptable con la experiencia cotidiana de la gestión económica neoliberal. Hay mucho de desconcierto intelectual en todo ello, pero también de limitaciones objetivas que van más allá de las querencias de los propios líderes de izquierda. La hegemonía neoliberal se fundamenta en una sólida combinación de instituciones económicas internacionales, grandes poderes multinacionales y una ideología tecno-científica (con mucho de ideología) que ha sido mamada por la mayor parte de expertos y asesores con los que se topa cualquier político en activo. Con ser ese un obstáculo importante no es el único. La diversidad de cuestiones que debe articular cualquier proyecto de izquierda hace difícil generar un discurso simple que no deje descontentos a una parte de la “clientela”. Se trata en este caso de una dificultad que a menudo explota en el interior de los mismos partidos y movimientos sociales y está en la base de muchas de las disputas cainitas que a menudo paralizan cualquier entusiasmo social. Frecuentemente el resultado de esas dificultades y la incapacidad de hacerles frente se traducen en falta de credibilidad. Esto es especialmente importante para IU-ICV, abocada a pactar con el PSOE y sus políticas neoliberales, de gestionar la política del día a día, y sin embargo necesitada de buscar sus votos en los sectores más activos de la izquierda. Es por ejemplo algo que puede haber afectado al voto de ICV en Catalunya, donde su buena labor en determinados campos —especialmente la promoción de servicios sociales— ha quedado ensombrecida por diversas intervenciones impresentables de los Mossos de Escuadra (malos tratos en comisaría, uso de punzones antimanifestantes...) que actúan bajo el paraguas de la Consellería de Interior presidida por Joan Saura.

En tercer lugar está el propio comportamiento social del electorado y los activistas de izquierda. La derecha juega siempre con una clara conciencia de sus intereses sociales y con una tendencia a la obediencia a sus líderes que resultan muy útiles para fines electorales. Una parte del “pasotismo” del electorado de izquierdas tiene que ver con la ausencia de cultura política y social que afecta a amplios sectores de la clase obrera. Una incultura fomentada ampliamente por los medios de desculturización de masas, y combinada con las propias condiciones materiales de la vida social y con la pervivencia de culturas e instituciones que promueven la sumisión. Cualquier honesto activista sindical o vecinal puede contar mil y una historias del desconocimiento de derechos que tienen sus representados. Parte de esta incultura se traduce en desprecio de la política, pese a que ésta ha sido casi la única vía que en los últimos años ha posibilitado a la población obtener alguna mejora sustancial en sus condiciones de vida (en su entorno urbano, en la extensión de servicios públicos, etc.). Y a esa base social desapegada de la política se suma una larga tradición de fraccionalismo e intransigencia en los sectores sociales activos. Incapaces a menudo de mediar en sus conflictos, de llevar a cabo un verdadero diálogo y encontrar soluciones de compromiso. En el largo proceso de rupturas de las organizaciones políticas de izquierda pueden encontrarse muchos ejemplos de este tipo. Pero también los activistas sociales manifiestan esta misma tendencia al encastillamiento y la divergencia. El desencanto político de izquierdas tiene mucho que ver con el burocratismo y el apoltronamiento de los profesionales, con su incapacidad para generar buenas conexiones y sinergias con los activistas sociales. Y, asimismo, con la poca disposición de esos activistas a reconocer que también en el espacio institucional se juegan algunas bazas. Sin duda, una gran parte de la responsabilidad recae en las grandes organizaciones —en especial en IU-ICV-EUiA—, en su incapacidad para generar unas relaciones fluidas con los movimientos que se mueven fuera de su entorno. Pero estos esfuerzos deberían contar con una reflexión en el “otro lado”, en una maduración en los movimientos sociales que estimo imprescindible para alcanzar algún desarrollo en las complejas sociedades del capitalismo maduro (quizás putrefacto). Tal vez sea pedir demasiado a una izquierda que vive en el desconcierto, en el desamparo y en la derrota casi permanente, pero me parece la única vía para que las cosas cambien. La de combinar movimientos sociales con alguna intervención en la esfera institucional.

II

Los resultados electorales también apuntan al buen estado de forma del nacionalismo y el regionalismo. No me refiero sólo al éxito de Nafarroa Bai o al mantenimiento de PNV y CiU (aunque en lo municipal se han convertido casi exclusivamente en un partido rural), sino también a la tendencia al fraccionamiento del mapa electoral en un espacio donde la hegemonía de cada partido se asienta en un espacio territorial bien definido. En cierto sentido esta evolución recuerda la italiana, donde las diferentes fracciones de la derecha son hegemónicas en el Norte y el Sur, mientras que el centro —entre Genova y Nápoles— es territorio de la izquierda. Aquí el espacio es aún más fraccionado pues a la existencia de potentes fuerzas nacionalistas en las nacionalidades históricas se suma el reforzamiento de partidos regionalistas en otras comunidades (Cantabria, Rioja, Aragón) o provincias (especialmente en León). El mismo PSOE aparece como un partido central en Andalucía, Catalunya, Extremadura. Y uno tiene la tentación de apuntar que ese mismo nacionalismo explica parte de la consolidación del PP en Madrid y en la Comunidad Valenciana. En este último caso parece fuera de duda que la derecha nutre su hegemonía de la explotación del anticatalanismo (reforzado por la polémica sobre el Plan Hidrológico) como elemento constitutivo del valencianismo blavero. La explotación de las diferencias entre comunidades resulta al fin y al cabo un elemento movilizador. De ello se desprenden a mi modo de ver dos consecuencias. La primera es que el discurso nacional español que ha tratado de desarrollar una parte del PSOE ni funciona en algunos territorios ni sirve para neutralizar al PP, que se presenta como el verdadero defensor de lo español (aunque ello le cueste muchos votos en muchas partes). La segunda, que el discurso cosmopolita, internacionalista, no puede perder de vista la importancia de ese sentimiento regional o nacional y por tanto debe cabalgar sobre un territorio espinoso. Sin duda una reelaboración federalista podría ayudar en este sentido. Pero la primera premisa es la de reconocer la importancia y complejidad de la cuestión.

III

No se pueden tampoco despreciar los errores políticos propios. En el caso de Madrid este hecho es especialmente importante, por cuanto en los últimos años PSOE e IU parecen haber rivalizado en batallas internas y en promoción de personas poco presentables, que han ayudado también a la desmovilización del electorado.

De hecho la izquierda madrileña aún no ha conseguido cerrar el fiasco del affaire Tamayo de hace cuatro años. Incluso en una encuesta publicada hace pocos días, el PSOE salía más asociado a la corrupción que el PP, a pesar de que toda la evidencia indica que hay una mayor tendencia a la corrupción municipal a medida que se avanza hacia la derecha en el espectro político. El nuevo caso de Ciempozuelos (o el cercano de Seseña) ha tenido más repercusión pública que la larga sucesión de casos que han afectado a las comunidades de Valencia y Murcia. Posiblemente, allí donde la corrupción está más desarrollada ésta trasciende menos al conjunto de la sociedad. Ya se sabe que las mafias siempre se saben proteger con redes clientelares y la promoción de la cultura del dinero antes que nada.

La izquierda ha fallado tanto en presentar unas propuestas claras al electorado como en saber manejar sus disputas internas. Dos viejos problemas que hace tiempo no se saben resolver. También por el mérito del PP (y de muchos medios de comunicación) al marcar un terreno de debate pantanoso que ha obligado al PSOE a ir siempre a la defensiva y que ha puesto en evidencia el poco calado y convicción en defender un proyecto diferente.

El resultado es una campaña que además de producir los resultados ya comentados no ha servido para abrir un debate social sobre los temas que verdaderamente deberían discutirse en unos comicios locales: como afrontar los graves problemas que existen en los planos de las desigualdades sociales, la crisis ambiental, el desarrollo de una verdadera política de cuidados, las políticas cultural y educativa. Así como temas tan centrales en los últimos años como el de la vivienda, la gestión de los servicios públicos y la corrupción (o en su caso la influencia de los grandes grupos privados), los tres vértices del triángulo de la actual gestión municipal. Hacer política debería ser eso, discutir de proyectos con electores responsables. En lugar de ello todo el espacio está monopolizado por la propaganda y el marketing electoral que acaban por confundir a los políticos con los vendedores de coches.

IV

Y a pesar de todo, los resultados no han sido catastróficos. El PP ha obtenido una pírrica ventaja de votos respecto al PSOE (ha perdido si consideramos el conjunto de votos de la izquierda) y ve reducida su influencia territorial. El mapa de comunidades y grandes ciudades es un poco menos azul que antes del 27 J, lo que indica que esta derecha está lejos de obtener la hegemonía política que dice tener.

Vistas las noticias que a uno le llegaban de nuevas crisis en Izquierda Unida, el leve retroceso electoral suena casi a milagro. Muestra más bien que a pesar de los numerosos desencantos existe una base de población que quiere seguir defendiendo un espacio a la izquierda. Por más que éste sea un espacio en sí mismo poco organizado, en el que coexisten aspiraciones a veces contradictorias y que cuenta con unos líderes que a menudo no están a la altura. Ya va siendo hora de que alguien empiece a trabajar en serio para que lo que ahora es sólo una “izquierda en sí” se vaya convirtiendo en una “izquierda para sí”, esto es, en un proyecto de socialismo verde violeta realmente transformador.

6/2007

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