La buena periodista

José A. Estévez Araújo

El día 21 de octubre de 2005 el New York Times publicó un anuncio pagado titulado “Gracias Judith Miller”. El texto estaba suscrito entre otros por Felipe González (expresidente del gobierno español), Jesús de Polanco y Juan Luis Cebrián (Presidente y Consejero Delegado de PRISA, la empresa propietaria del diario El País). En él se glosaban las convicciones y el valor de esa mujer y se la elogiaba por haber puesto un freno a la corrupción. Se la presentaba, en definitiva, como un espejo de virtudes y un modelo a seguir.

Pero ¿quién era (o es) la tal Judith Miller que suscitó tales elogios en tan insignes personajes? Pues bien, Judith Miller (como recientemente nos han recordado los medios de comunicación) era en esa época periodista del propio New York Times. Saltó a la fama por haber pasado 85 días en la cárcel tras haberse negado a declarar quién le había filtrado la información de que Valerie Plame era una agente encubierta de la CIA. Eso es lo que pareció admirable a González, Polanco y Cebrián. Sin embargo, su jefe y sus compañeros no pensaban lo mismo: el director del The New York Times, Bill Kellery, escribió en esos mismos días una carta a los miembros de la redacción, diciendo que Miller había estado engañando al periódico en relación con el Caso Plame y una colega publicó un artículo sobre ella titulado “Mujer de destrucción masiva”.

El trasfondo del asunto ha vuelto a las páginas de los periódicos estos días a causa de Lewis Lobby —más conocido como Scooter por esa extraña manía que tienen los estadounidenses de poner apodos a sus políticos como si fueran toreros—. Scooter, ex jefe de gabinete del vicepresidente norteamericano Cheney, fue declarado culpable el 6 de marzo de mentir y obstruir la labor de la justicia en el Caso Plame.

El trasfondo de este caso es el siguiente: como se recordará Joseph Wilson, diplomático y marido de Valerie Plame, recibió en febrero de 2002 un encargo de la CIA para investigar si Irak intentaba comprar uranio a Níger. Tras realizar un estudio sobre el terreno, Wilson elaboró un informe diciendo que no había ninguna prueba de que tal operación hubiera existido. Sin embargo, en sus discursos pre-bélicos, tanto Bush como Cheney mantuvieron la acusación. Ello llevó a Wilson a publicar un artículo el 6 de julio de 2003 en el New York Times dando cuenta del resultado de su investigación y acusando implícitamente a Bush de estar mintiendo a la opinión pública para justificar la invasión de Irak.

Cuando a Cheney se le mostró el periódico con la noticia, parece que reaccionó al más puro estilo de capo mafioso escribiendo al margen: "¿Le mandó su mujer con gastos pagados?” Esa anotación pudo ser suficiente para que Scooter entendiese que había que castigar a Wilson: a) revelando la condición de agente secreta de la CIA de Valerie Plame -lo que arruinaría su carrera de espía, poniéndola en peligro a ella y a su familia- y b) lanzando la sospecha de que Miss Plame había incurrido en un caso de nepotismo al enviar a su marido al Níger.

Judith Miller, a la que González, Polanco y Cebrián dan las gracias tan encarecidamente en el anuncio pagado en el NYT, fue una de las periodistas a las que se seleccionó para “filtrar” esa información. Cuando fue interrogada por las autoridades que investigaban el caso (revelar el nombre de un agente secreto es un delito federal) se negó a revelar su fuente y por eso fue a la cárcel.

     Ese es, pues, el modelo de periodista que parece gustar a estos personajes: alguien que no abre la boca cuando se trata de ocultar los actos delictivos de los gobernantes y que colabora cuando hay que castigar a un “traidor” que los desvela. Judith Miller es la “buena periodista”. El tipo de periodista que realmente resulta del agrado del poder.



5/2007

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